June 14, 2008

Manual de Campo

Primero hay que obtener aprobación del Comité Universitario sobre Actividades que Involucran Sujetos Humanos, que sancionará si el proyecto observa las normas de ética y se apega a las leyes federales y universitarias para la protección de los derechos de las personas. Una vez que se contacta al informante, darle a firmar la hoja de Consentimiento Informado, donde se le garantiza que la investigación no involucra riesgos y que en todo momento se protegerá su confidencialidad mediante el uso de un pseudónimo. Eso respecto a los formalismos. Para las entrevistas, empieza uno por diseñar el cuestionario. Claro que, para entonces, debe uno saber qué es lo que está buscando: cláusulas relativas. Escribe entonces varias preguntas, calculando que por lo general un juego de 50 oraciones toma aproximadamente una hora. Hay que agregar en este caso particular las pausas que añade tener que calmar al hijo de dos años de la informante cuando reclama atención a gritos. Preparar la grabadora, para lo cual ya fueron descargados los archivos de la sesión anterior y transcritos los cuestionarios correspondientes. Ahora sí, probando probando. Empieza la sesión: "Cómo dices 'Juan vio al señor que aventó la piedra'?", etc. Escribir las respuestas cuidadosamente, agregar ciertas variaciones al vuelo, preguntar por juicios de gramaticalidad.

Al término de la sesión, puntualmente pagar el precio acordado por el valioso tiempo de la informante. Pasa la señora de las obleas. Tronando obleas nos quedamos platicando en la banca de la plaza, en una sobremesa callejera. Entonces ella me cuenta porqué no pudo dormir: el papá del niño, después de dos años de ausencia, anoche le mandó un mensaje. Un machito sin trabajo que tiene más de cinco hijos regados de Puácuaro a Morelia. Ella todavía lo quiere, me dice, y se le entrecorta la voz y se le mojan los ojos. Aunque no se lo digo, le agradezco la confianza de que me cuente parte su historia. Lo retribuyo contándole mi historia de amor más triste, pero tengo que exagerarla porque junto a la de ella, la mía suena a chiste de Pepito. Y termino con frases de aliento, de las que tanto odiaba oir cuando mis amigos o mi familia no sabían qué otra cosa decirme: "vas a encontrar a alguien más que sí valga la pena, ya verás". Le pongo mil ejemplos de historias con presente feliz. Ya sé que no me cree. Yo tampoco me las creo. Cuando nos acabamos las obleas nos despedimos y le deseo que esté mejor, por no saber qué otra cosa le podría decir.

El día que la conocí, no pensé que en algún momento y sin darnos cuenta cruzaríamos la borrosa línea que separa lo estrictamente profesional de lo meramente humano. Ni en el manual de campo ni en el código de ética vienen las instrucciones sobre qué hacer si el corazón se arruga como hoja de papel cuando llegan momentos como este.

June 13, 2008

Paciencia

Esta entradita tiene dedicatoria: es para Larisa, como todas las de este blog, pero más explícitamente


Éramos siete, y estábamos desperdigadas por todo el campo. Una le hablaba a los caballos, la otra veía fijamente el arroyito, la mano metida en el agua cristalina. La de más allá hablaba sola. Por allá junto a una roca quedó el frasquito con miel y los pocos pajaritos que no nos comimos. Yo veía atentamente las figuras el el caparazón de un insecto. La otra se cepillaba el pelo, cantando, y otra más caminaba despacito y observaba el paisaje, sonriente, con las manos entrelazadas en la espalda, como si el campo abierto de Tepoztlán fuera una sala de el Louvre. Y una de las siete simplemente no estaba.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que notáramos su falta. Cada quien estaba prestando atención a lo suyo, pero con lo poco que nos quedaba de cordura sabíamos que una desaparición era un mal sino. Así que dejamos nuestros respectivos quehaceres y nos dedicamos a buscarla: en el arroyo, tras los árboles. En la base de un árbol econtramos sus zapatos. Y luego su voz nos llamó desde la altura "¿No quieren venir a mi casita?". Volteamos a la copa del árbol y sentada en una rama altísima nos esperaba la muy flaca, moviendo las piernas en péndulos alternados, como hacen los niños cuando les cuelgan los pies de la silla. Su casita se veía frondosa y fresca, así que ahí vamos, intentando trepar el tronco musgoso. No podíamos subir más de medio metro: resbalábamos con la gracia de los borrachos que suben el palo encebado en las ferias de pueblo. "Quítense los zapatos", nos aconsejó a gritos. Nos sacamos las botitas, los tenis o lo que fuera, pero fue inútil, seguíamos resbalando con el cuerpo untado al tronco húmedo. Después de que todas lo intentamos varias veces y fracasamos, me convencí de que María Luisa sólo pudo haber subido a esa rama volando.

Ya unos años antes se nos había perdido una noche en Zipolite, cuando la buscamos recorriendo la playa de punta a punta varias veces y preguntando por ella en cada fogata, en cada campamento. Nuestra inusual capacidad de buscarla tanto tiempo sin cansarnos me hizo valorar la potencia de la cocaína. A la mañana siguiente ahí estaba de vuelta, como si nada hubiera pasado. Le pedimos nomás que para la otra que se quisiera desaparecer nos avisara y se hizo la ofendida.

Una vez pasamos la noche juntas otra vez las siete, pero esa vez aunque ella estaba allí no la vimos ni nos hizo reír ni nada. Cosa extraña, esa noche llorábamos a ratos, como en efecto dominó, porque bastaba que una empezara para que se les salieran las lágrimas a las demás. Luego hablábamos de otra cosa o incluso hablábamos de ella como si no pudiera oirnos. Otro día fuimos a la fiesta de su hija pero ella no estuvo. Yo no dejé de sentir que en cualquier momento saldría con las gelatinas o con más tostadas para el pozole ese tan bueno que hace su abuela. Que como en otras ocasiones, sólo era cuestión de paciencia. Ya unas semanas antes me había llamado Sergio una noche para decirme que María Luisa se había perdido, esta vez en serio y para siempre en el fondo de un barranco. Pero yo por supuesto sigo sin creerle.

Historias prestadas

La historia de mi abuelo me recuerda mucho a otra que no me atrevo a contar en detalle porque no es mía. Mi amiga Elena, que es de Ayutla, Oaxaca, creció con sus abuelitos. Cuando vino al DF sintió mucho su falta, así que se inscribió al programa "Adopta un abuelo", en el que la gente se comide a pasar los domingos en un asilo haciéndole compañía a algún viejito solitario. Durante un par de meses estuvo yendo cada semana a platicar con uno de los ancianos, a escucharlo y leerle cuentos. Un domingo llegó Elena a ver a su abuelo adoptivo pero ya no lo encontró. (Dice mi papá que eso es la muerte: llegar a visitar a tu amigo y no encontrarlo). En la puerta del asilo se dió Elena la media vuelta, con sus libros en una bolsa de plástico, los ojos húmedos y la tristeza atragantada como una bolita dura en la tráquea. Así me lo contó ella: "Sentí mucho coraje por haberme hecho de un dolor que pude haber evitado. Yo de mi parte no vuelvo a tener otro abuelo".

June 12, 2008

Memorias de un álbum sin recuerdos

La primera oportunidad llegó el día de la primavera, cuando podíamos escoger ir disfrazadas de bailarinas o de princesas. Por supuesto, no lo tuve que pensar dos veces: bailarina. Mi mamá entonces me hizo el vestidito, me compró las zapatillas. Y después de ese día, los miércoles por la tarde, cuando llegaban las amigas de mi mamá a tomar el café, yo me ponía el vestido y sacaba alguno de mis discos de una colección de música clásica que venía con la enciclopedia para niños que me había comprado mi papá en Aurrerá. Ponía a Tchaikovsky o Schubert o lo que fuera y me ponía a bailar para mi público conformado por tres o cuatro maestras de secundaria que lo que más querían era chismear entre ellas pero que por amabilidad soportaban y aplaudían mi espectáculo improvisado. Siempre, al terminar, una de las amigas, Amelia, le decía a mi mamá: "Deberías llevarla a tomar clases a Bellas Artes". La respuesta de mi mamá, cada miércoles era "Sí, la voy a llevar mañana mismo". Pero ese jueves nunca llegó.

Un día el vestido ya no me quedaba y tampoco me quedaban ganas de hacer el ridículo enfrente de nadie y nunca más volví a bailar ni la música que ponían en las kermeses de la escuela, que es la que llamamos hoy "música de los ochenta". En ese tiempo era simplemente música y cada vez que empezaba a sonar a mí me temblaban las piernas y corría a esconderme, o me iba con algún pretexto a hacer otra cosa. Cada vez que en las fiestas me obligaban a bailar me daban terribles crisis de angustia, y tan escandalosas, que quien se había atrevido a jalarme de mi silla me volvía a poner en mi lugar, espantado como quien se sacude un insecto ponzoñoso.

Algunas veces me he preguntado cómo hubiera sido mi vida si hubiera aprendido danza clásica desde pequeña. No sé si sería mejor o peor. Probablemente ni siquiera sería muy diferente. No veo por ejemplo que mi vida sea menos afortunada que las de mis amigas a las que sí llevaron a tomar clases al INBA. Pero anoche, entre la mudanza -porque nos estamos cambiando de casa- encontró mi hermana un álbum. Tiene la portada roja y dice "Ballet". Está dedicado para mí, es un regalo de Lulú. Se lo regalaron a mis papás cuando era yo muy niña, con la intención de que pusieran en él las fotos de mis presentaciones, ensayos, clases, pequeños recitales. Debería tener las fotos con el tutú amarillo, las del infaltable leotardo negro, el salto fuera de foco, algunas de magníficos arabescos, todas para este momento ya descoloridas. Ahí deberían estar las fotos de mi presentación en el auditorio del Seguro Social de Cuernavaca, donde debí haber bailado para mi mamá un diez de mayo en que ella no pudo ir. Pero en lugar de eso, el álbum está vacío, irremediablemente vacío. Las bolsitas de celofán sobre el plástico blanco no guardan nada más que el lamento de haber dejado pasar el tiempo sin llenarlas. Hay una foto mía de cuando tenía un año y las orejas enormes, y eso es todo. Algunos recortes que después metió mi hermana con fotos de ella y de su hijo. El hecho de que mis padres hayan ocultado ese álbum en blanco por tanto tiempo me hace sentir traicionada. Me lleno de una rabia roja como la pasta del álbum inútil, y quiero llorar porque puedo imaginarme claramente las fotos que no están, que nunca se tomaron, que nunca pudieron ser tomadas porque los momentos que les corresponden no existieron, porque no hubo tutú amarillo, ni saltos, ni arabescos, ni barra, ni recital ni nada. Quiero llorar de pura tristeza porque de tanto decir "mañana" ese día nunca llegó.

June 11, 2008

Mi abuelo

Esa vez nos llevaron a México por la misma carretera por la que una vez mi hermano nos había llevado a Reino Aventura. Sólo que este viaje no era de placer: mi abuelo estaba hospitalizado.

Mi abuelo tenía una hija que era enfermera en el hospital militar, así que ahí lo internaron. Yo nunca antes lo había visto, porque después de que se separó de mi abuela se fue a vivir a Hermosillo y tuvo otra familia. Las únicas veces que había oído hablar de él era cuando mi abuela sacaba a relucir sus rencores de más de treinta años de antiguo. Mi mamá raramente lo mencionaba.

Hacía frío en México, como le llamamos los guayabos a la Ciudad de México. Yo tenía un suéter blanco que me servía para poca cosa. Como en el hospital no podían entrar niños tuve que esperar afuera. Ya estaba yo acostumbrada a los accesos limitadísimos y la discriminación constante que implica ser niño. Mi mamá y mi tía estaban en el cuarto con él. A mí mientras me cuidó alguien, pero no recuerdo quién.

Cuando salieron mi mamá y mi tía, después de siete horas (no sé realmente cuánto tiempo pasó, he perdido muchos detalles, y de niño es uno malo para calcular el tiempo), mi mamá vino con una idea genial. "¿Quieres conocer a tu abuelito?" Ps, la verdad me daba igual, pero haría cualquier cosa con tal de desaburrirme. Entonces me contó su plan maestro: "Te metes por este pasillo, ahorita que no hay enfermeras, doblas en la pared a la derecha y entras por..." Insisto en que no recuerdo los detalles. Yo sólo sé que seguí las instrucciones.

Así llegué subrepticiamente y con el corazón latiéndome muy fuerte –del miedo, no de la emoción- al cuarto de mi abuelo: una cámara de hospital dividida con cortinas plegadas y donde tenía como vecino de cama a otro viejito al que no le puse mucha atención. Me quedé parada frente a él y mi abuelo me sonrió y me llamó con la mano. Tenía una expresión tan dulce que se me olvidó el miedo a las enfermeras y el hecho de haber entrado de autocontrabando. Le dije, como parte de las instrucciones que me había dado mi mamá: "Hola abuelito, soy Violeta". Él me vió desde el fondo de sus lentes de pasta y me preguntó si era yo la hija de Gloria. No importó que yo lo negara, que no supiera quién es Gloria, mi abuelito siguió hablando de gente que yo no conocía. Me presentó muy orgulloso con su vecino catatónico como "Margarita", y yo ya no quise contradecirlo. Al fin y al cabo ya sabía yo que los viejitos son necios y dicen incoherencias, porque así había sido mi bisabuela también. Así que yo nadamás contestaba preguntas simples y cuando no entendía asentía y nomás. En un momento que recuerdo prístinamente, mi abuelo saca del cajón de su mesita de luz un manojo de paletas Charms y yo escojo una de naranja. Me cayó bien el viejo, pero después de un ratito me despedí porque no tenía ganas de quedarme y ya quería ver a mi mamá. Los niños no están mucho tiempo a gusto con desconocidos, y después de todo, no porque fuera mi abuelo dejaba de ser un desconocido.

Salí como pude otra vez por el laberinto blanco y a la entrada del pasillo como a la salida de un túnel metafísico me esperaba la silueta aureolada de mi tía Julia. "¿Viste a tu abuelito?" Y les enseñé la paleta. Algo mencionaron sobre diabetes, que no entendí. Unos días después supimos que mi abuelo se recuperó, salió del hospital y se regresó a Hermosillo. No tuvimos contacto con él durante mucho tiempo.

Unos cuatro o cinco años después, mi mamá recibió la mala noticia por teléfono. Ese día estaba seria, pensativa. No lloró ni una lágrima, pero me confesó que estaba triste. Yo no entendía porqué habría de estar tan triste si finalmente nunca había vivido con él y a decir de mi abuela, mi abuelo había tenido más defectos que virtudes. "No deja de ser mi papá", dijo categórica. Yo no sabía cómo consolar a mi mamá, porque aunque no veía que llorara -condición sinequanon del sufrimiento para un niño-, sí entendía lo que es querer uno a su padre. En un intento de empatía, quise mencionar los recuerdos bonitos que tenía de mi abuelo. Eran pocos -qué tanto podría quedar de esos diez minutos- pero vaya, inolvidables: la paletita de naranja, su sonrisa, su pelo blanco, blanco, en lo poco que le quedaba de cabellera. Sus lentes de pasta muy gruesos, muy negros: "¿Lentes? Mi papá nunca usó lentes. Si de algo siempre presumió fue de su vista".

De nada me valió discutir. Ella lo conocía mejor que yo y sabía de lo que hablaba: su papá no sólo tenía vista veinte-veinte, sino que nunca perdió la razón ni la memoria, y calvo tampoco era. Yo de cualquier manera me aferré al recuerdo de la persona equivocada y decidí nunca olvidar la imagen del viejo de las Charms. Después de todo, no porque fuera un desconocido dejaba de ser mi abuelo.

June 10, 2008

Temporada de hongos

Dice Enrique que hay dos temporadas de lluvias: una donde llueve fuerte una vez al día y otra donde llueve quedito sin parar durante semanas. A él le gusta más la primera, y yo coincido. Pero hoy estamos en la segunda.

No está mal, tampoco. Me recuerda cuando mi hermano Virgilio nos llevaba de paseo al campo. Una vez nos enseñó una cascada por Mil Cumbres, que se llamaba, o él llamaba, "El Abanico". Había que bajar una ladera empinada para llegar, resbalándonos entre el lodo rojizo, chapoteando en arroyitos, siguiendo el rumor del agua que se oía cada vez más cercano. A Virgilio se le ocurrió organizar un concurso de "a ver quién encuentra el hongo más grande". Y es que había hongos de todos colores y tamaños. Por supuesto, el concurso lo ganó él con un hongo que medía como cuarenta centímetros de alto. Nunca he visto uno más grande.

De regreso en la carretera un niño chapeado con una cubeta azul nos ofreció unos hongos amarillos y otros rojos, del color de sus mejillas. Mi abuela, que era una experta en esas criaturas de la sierra -los hongos, no los niños-, determinó que era imperdonable no comprarlos, pues se trataba de los míticos "pata de gallo" y guisados hacían un platillo de dioses. Tenían forma de coral y color de esponja.

Tenía razón mi abuela. Los pata de gallo los guisaron dos señoras que tenían una cocina de leña y se la pasaban peleando. Nosotros las veíamos discutir mientras esperábamos la comida y tomábamos café de olla al calor de su fogoncito. Hacía frío, teníamos los pantalones y las botitas enlodados. Desde la ventana veíamos la niebla envolviendo las montañas. Era uno de esos días en que no paraba de llover.

June 09, 2008

Blog de campo

Me levanto a las siete. Me doy un baño muy caliente. Me salgo a la plaza en el día nubladito, los adoquines están mojados. Los empedrados brillan. Me pido un café con leche mientras leo mi libro sobre frases nominales, al mismo tiempo que escucho la conversación de la mesa de al lado con el oído izquierdo porque en el derecho tengo un audífono de mi ipod verde de una sola canción. La canción es "Sleep to dream her" y me exaspera la banda de policía que toca los honores a la bandera porque no me deja ni escuchar la conversación ni oír la música, ni leer mi libro.

Así empieza el día en Pátzcuaro. Luego, regresar al hotel, comer una frutita, preparar cuestionarios, transcribir grabaciones y de nuevo tomo la combi y viajo una hora y media para ver a Micaela que es una santa y a su hijo Irépani que es un demonio poseído por un demonio todavía peor. Pero mi tolerancia a los niños se ha incrementado con la edad, y hasta me cae bien el escuincle. Lo dejo que aviente mi grabadora y todo. Micaela es la mejor informante que pude haber encontrado, nadie entiende mejor una pregunta, nadie es más clara en sus juicios.

En la combi de regreso escucho durante otra hora la misma canción. A las siete y algo salgo al mercado a comer una cosa. Un platillo nuevo cada día. Ayer fue tamal de carne, anteayer pozole batido y hoy uchepos con crema. Para el que no sabe qué son los uchepos, doña Toñita, que los vende, tiene una explicación en un cartel en su carrito. Pero hay que venir a Pátzcuaro a leerlo. El atole ha sido de guayaba y de tamarindo.

Hoy caminé de regreso al hotel y el sabor de los uchepos todavía me hacía sonreír. La noche era de un azul intenso con farolitos. El aire mojadito pero ligero. El frío más amable que he conocido. Yo como nací en un país católico, cuando soy así de feliz me siento culpable.

June 08, 2008

Todos los días cumplo años

Todos los días cumplo años, años de algo: del día en que perdí mi primer diente, del día en que me dejaron plantada en el cine Las Palmas, el día que me fumé mi primer cigarro en el estadio Centenario, el día en que me fumé el segundo seis años después y así sucesivamente. Hoy bien puede ser el aniversario de la primera vez que probé el helado de mamey. O de un hecho menos trascendente: mi primer embarazo.

Antes guardaba en una caja el boleto del autobús a Tepoztlán de aquella vez que fui con Pablo a visitar a Valentín, el ticket de Sanborns del día que me tomé un café con Fernando y luego vimos los ecualiptos sacudirse con el viento desde la terraza, la envoltura de la cocada que me regaló mi amigo secreto en diciembre de 1989... Un día los tiré todos porque eran tantos fetiches que no recordaba con qué motivo los había guardado. En cuanto fueron muchos dejaron de tener sentido, porque cada día no puede ser especial. Mi mamá tiene una caja parecida, pero con fotos, porque las imágenes se aferran más a la memoria que los simples papelitos. Una vez encontré una en blanco y negro de una niña en pantalones de mezclilla que no sabía que de grande iba a ser alcohólica. Iba de la mano de su papá caminando en una gruta. Decía "Recuerdo de Cacahuamilpa". Es del 8 de junio de 1984. Pero yo no recuerdo nada.

May 07, 2008

La mosca de las siete

En Cuernavaca no se puede dormir pasadas las siete de la mañana porque hay una mosca puntualita (que no sé si varía con la ocasión), que empieza a zumbarle a uno las alas cerca de la cara y no descansa hasta lograr su cometido: que después de varios intentos inútiles de cubrirse entero con las sábanas, salte uno, enojado, resignado y refunfuñando, a empezar el día a la fuerza y de mal humor. Cómo odio a esa mosca. Encabeza mi lista de razones para no volver.

Pero eso porque en Manhattan no había nada parecido. Hasta que empezó la primavera. Y con ella, empezaron a cantar los pajaritos bien temprano. Aquí quiero aclarar que yo soy persona del alba e hija del lechero, que no suelo dormir después de que despunta el sol, pero en los últimos meses causas ajenas a mi voluntad me han mantenido en la cama más tiempo del que yo quisiera. Empiezo a pensar que una de esas causas ajenas a mi voluntad es justamente el canto de uno de esos pajaritos. Es indescriptible, es el canto más deprimente que pueda emitir un ser vivo. Junto a su silbido, el ruido del camión de la basura suena a algarabía de carnaval y los quejidos de las palomas causan gracia. El de este pájaro es un canto agudo, descendiente, largo, repetitivo, angustioso, capaz de sacar de la cama a cualquiera con ganas de no oirlo más, o si uno se deja, capaz de hacerlo permanecer en cama durante semanas pensando que no hay razón para levantarse. Es el pájaro que podría haber vuelto loco a Ulises. Es un canto que da miedo de tan triste.

May 06, 2008

Nuevo tratado de la tristeza y los líquidos

Estos días tengo el ego líquido, desparramado. Me cuesta trabajo contenerlo, ponerlo en su lugar, definirle los límites. Creo que esos límites son la clave y la etimología de la palabra "estar contento". Finalmente uno está contento cuando está contenido, que es decir lo mismo porque los dos son participios de 'contener'. Y uno está contenido cuando se contiene, cuando no vive más allá de sí mismo, ni en el deseo ni en la nostalgia, ni vive la vida de los otros ni se mete donde no lo llaman. Pero yo no puedo, me rindo. Yo no sé por ejemplo, dónde empiezo yo y dónde termina Isala. A veces estoy en mi casa y tengo frío sólo de pensar en el frío de la calle, porque no sé bien si estoy afuera o estoy adentro. El otro día leí en algún lugar que la empatía es una bendición y una maldición al mismo tiempo.

Esta ciudad es una ciudad tristísima. Y el mundo es un lugar tristísimo mientras contenga una ciudad así. Esta ciudad es una mancha en el corazón, y no desaparece aunque me vaya. Yo me voy, y aquí se queda Isala. Yo me voy, pero me quedo.

April 30, 2008

con la lengua color miguelito

Hoy es el día que comemos sobras de la piñata de nuestros sobrinos (o hijos, según sea el caso), vemos qué hacemos con el betún que embarraron por todos lados y tenemos además la obligación de aguantarles sus leperadas porque si mal no recuerdo, hoy es el día de la mocosa y del mocoso, de la chamaca y del chamaco, del que todos tenemos dentro y de los que todos padecemos fuera. No todos somos niños, ni todos quisiéramos serlo, la verdad. Ya lo había sentenciado mi papá en aquella sabia máxima: "El peor enemigo del hombre es el niño".

Mañana en cambio es el día del adulto, porque uno deja de ser niño cuando empieza a vivir de su trabajo. Y puede ser que hasta nos importe.

Y si algún día tuvo nombre, ya lo debe haber olvidado

No podría decir que es mi vecina, porque no tiene casa, es más bien como si la vida la tuviera de rehén en algún lugar en este barrio: en la puerta del supercito, en la entrada del cajero automático.

No sé a dónde se mete cuando llueve. Casi siempre está sentada en un cajón, con las piernas envueltas en una cobija y dibujando. O leyendo. Es joven.

La veo con la curiosidad y el morbo que nos despiertan los vagabundos: repulsión y compasión, una cierta envidia (ESO es mandar el mundo a la mierda, no las mentadas de madre sin destinatario que yo profiero cada día), miedo e incluso una cierta atracción física, porque es guapa.

Es lo más parecido a la muerte que yo conozca. Me la recuerda mucho, porque aunque yo nunca me he muerto, cuando la veo y cuando pienso en mi propia muerte siento la misma tristeza.

Quisiera tomarle fotos o acariciarla o traerla a mi casa y hacerla mi amiga, o escucharla hablar, aunque no sé siquiera si tenga voz. Creo que me atrae por inalcanzable, porque vive en un pozo profundo, profundo.

El otro día me volteó a ver por primera vez. Y me clavó la mirada insistentemente. Yo me agarré de la mano de Alejandro porque sentía que me guiñaba la muerte. Y yo quería guiñarla también.

Hoy la ví en la mañana muy temprano en una esquina donde nunca la había encontrado antes, despertando entre cobijas y el aliento tibio de un hombre igual de abandonado y sucio que ella. Era una escena conmovedora y violenta. Conmovedora porque pareciera que nuestra propia naturaleza nos lleva a buscar la compañía de alguien igual de solitario. Violenta porque la violencia es lo contrario de la voluntad y yo estoy segura de que ella no tiene voluntad de nada. El hombre la tocaba pero ella estaba viendo hacia el vacío con los ojos vidriosos y perdidos. Me movió de ternura y celos.

Me gusta porque es un espantajo, un pedazo de estopa sucia, un bulto entre cartones, una pérdida de tiempo, una espera permanente, es el estado más puro de la vida urbana, despojado de todo, excepto su absoluta, su flagrante, su brutal humanidad.

April 26, 2008

Porqué la UNAM no es "Top"

Ayer pensé, y no pensé cuando escribí el post sobre MWU, que una diferencia muy grande entre MWU y, por ejemplo, la UNAM, es que la UNAM está a años luz de entrar en la lista de las "Top 10 del mundo": Top 10 en índice de suicidios...

April 24, 2008

"I never thought that you'd lose that light in your eyes"

Últimamente viajo mucho. Salgo poco de mi casa, pero viajo y viajo. El otro día bajé unas canciones de Division Bell y ahi vas de vuelta a visitar 1994, mis primeros días en la ENAH, mi amiga Esther, mi primera compañía en el chilango, chaparrita, chiapaneca y gran amiga, a quien vi por última vez en un puente peatonal y me dejó con el saludo en la boca porque no se acordaba de mí. En el lugar a donde volví estaba el lagartijero de la ENAH en primavera en primer plano. Mi vida en el 94 es un lugar extrañísimo: viajo de aventón todos los días, de México a Cuernavaca, paseo por el mercado de Sonora yo sola y mi alma, sigo una estricta dieta vegetariana, y defiendo pasionalmente la ideología del renacimiento mexica. Quizá el lugar más distante del mundo es aquel donde están las cosas que algún día hicimos y que ahora ni presos de la más fiera demencia volveríamos a hacer.

"Volver a los diecisiete después de vivir un siglo", así de poderoso es oír un disco viejo. Aunque Pink Floyd no tenga nada que ver con Violeta Parra.

April 17, 2008

El Académico Rey y el Rey del Barrio

Ayer hablábamos con Alex de la importancia de estudiar en MWU, que es, siglas más, siglas menos, la universidad donde estudio. "No es lo mismo que estudiar en NTU o en PYU (como sea que se llamen otras universidades)", dice él, porque "MWU es Top Five in the country" (Top Five de qué?, me pregunto yo, quién hace esos ratings?). "Porque en MWU está Geoffrey Stunt y Petra Fraasen" continúa él (nombres más, nombres menos: como nunca en este blog, todos los nombres han sido cambiados), "que son famosísimos, en cambio, quién, a ver quién enseña en PYU o en NTU?"

Tiene razón. Me quedo pensando. Sin duda MWU es una de las cinco universidades más importantes del país (de "este país", como le llaman los gringos a su país). Y no se diga de la Costa Este. Innegablemente es la universidad más importante del-ba-rrio. "Y eso en México sabes a quién le importa?", le pregunto. "A nadie", le contesto. Allá nadie sabe quién es Petra Fraasen y Geoffrey Stunt y Hugh G. Dick y quien sea que los haya parido. Hijos de vecino, son, como somos todos. El rey del barrio indudablemente depende del barrio en el que uno esté.

Porque usted lo pidió

Dado que mi público, que es Larisa, lo reclama, y que yo me debo a mi público, que es Larisa, hoy decidí salir del modo de ahorro de energía para escribir más un post. La verdad es que no había tenido mucho que escribir porque estos días la vida, la que se vive, está en retirada. En su lugar me dejó una lista de tareas que hacer cada día, a cuál más fastidiosa.

La hora excitante es la hora de dormir. Eso sí me gusta: embarcarme en mi cama mullidita y entrar en tregua hasta el día siguiente. Durante esas ocho o nueve horas de calma, pasan por mi ventana caballos con jinetes que flotan en el aire, Faba me habla por teléfono, me agarro a besos a mi colega Mike, y nado en un laguito sucio. Lucero y Maribel me visitan. Maribel usa un abriguito color púrpura con plumas que me hace reír mucho. Y las fotos son siempre pequeños videitos, se mueven.

Luego el día despunta, amanezco con una sonrisa en la boca que se desdibuja no bien despierto y me doy cuenta de que ahí está la realidad otra vez, con su "to-do list" sin tachar, la vida que se sobrevive.

"No hay luz al final del túnel", le digo. Y cínica me responde: "Pues no veas el túnel. Mira para otro lado".

April 10, 2008

Playlist de una sola canción


Me enamoré por primera vez a los catorce años y a partir de entonces cada cuatro o cinco meses de una persona diferente, la mayoría de las cuales jamás se han dado por enteradas. Una vez me enamoré de una bióloga que me dio aventón y a la que nunca logré siquiera verle la cara (iba yo sentada en el asiento de atrás), pero me quedé obsesionada con su chamarra de cuero desteñida y su lucidísimo sentido del humor. No sé cómo, pero até cabos, hice conexiones y conseguí su teléfono. Cuando una voz de mujer sin acento argentino contestó del otro lado de la línea, usé el gastado recurso de los cobardes y colgué. Nunca más volví a saber de ella.

Me he enamorado tantas veces que no recuerdo los nombres ni las causas en la mayoría de las ocasiones. Me he enamorado en persona, por internet, por tele y hasta por teléfono. Una vez me enamoré de un policía antinarcóticos. Otra vez me enamoré de un payaso con todo y maquillaje.

Cuando estaba chica escuchábamos música en discos de vinil y en algún momento la aguja empezaba a saltar y seguía dando vueltas por el mismo surco indefinidamente hasta que alguien se animaba a moverla de lugar. Pasaba a menudo con las canciones que escuchábamos más, que era la parte del disco más propensa a rayarse. Para mí que eso es el enamoramiento: un patrón de pensamiento obsesivo, un darle vuelta y vuelta a la misma idea, a la imagen parcial y unidimensional que tenemos de alguien. (Por supuesto no estoy hablando del amor, sino del mero enamoramiento. Del amor no tengo ninguna opinión, ni lo vivo tan a menudo).

La obsesión asociada al enamoramiento va en consonancia con mi afán de ponerle soundtrack a cada historia que me invento. Cada persona de mi lista de amores posibles e imposibles lleva asociada una única canción que oigo una y otra y otra vez durante un cierto tiempo. Creo que me desenamoro el día que la canción llega a hartarme de tanto que la he escuchado. Podría hacer una lista de las más sonadas en mi ipod, que van desde Leonard Cohen hasta Franco de Vita (si eso se acepta como los dos extremos de un posible rango), pero no tengo la suficiente cara dura para afrontar algo tan digno de cábula. Lo que sí es que la semana pasada estuvo sonando quinientas veces Romeo and Juliet de Dire Straits. Esta semana alguien me hizo favor de darle un golpecito a la aguja y ahora tengo el ipod en shuffle.

April 04, 2008

Buenos Días Tokio; Buenas Noches, Mimí


Mi hermano tiene dos días aquí. Mañana nos vamos a ver para desayunar. Estamos quedando de acuerdo por teléfono y le digo "Bueno, entonces mañana llego a tu hotel a las ocho".
-"A las ocho, o sea a las seis?" me dice.
-"Como que a las seis? No, a las ocho, o sea a las ocho" le digo yo.
-"Por eso, a las seis hora de Cuernavaca".
En ese momento me vienen a la mente los relojes de los aeropuertos y los centros de negocios, cada uno con su correspondiente letrero: Tokio, New York, London, Cuernavaca.
-"Pues qué no has cambiado tu reloj?" le pregunto.
-"No, yo no cambio ni madres, nos vemos a las seis acá. Click" cuelga.
El caso es que mañana tengo que estar ya no sé si a las seis en midtown o a las ocho en Los Arcos, posiblemente para ir a desayunar -o bien a cenar, dependiendo de la hora.

A todo esto, Mimí es una cuñada que tenía un novio reportero. El título de la entrada es un extracto de la vida real "como lo vio usted en tv", según me cuenta mi sobrino.

April 03, 2008

Time management: 8 consejos para alargar el tiempo

Todos sabemos que el tiempo es relativo. No sabemos porqué, ni sabemos qué es el tiempo, pero sabemos que es relativo, que depende. Tampoco sabemos de qué depende.

Para aquellos que creen y se repiten mantras como que están cortos de tiempo, que la vida es breve, que el tiempo se va como agua, que el tiempo no alcanza y que time is money, aquí van algunos consejos efectivos para que el tiempo se alargue. Garantizado que cada minuto multiplicará hasta diez veces su duración:

a) Poner agua a hervir y mirar atentamente la olla en espera del momento de ebullición. La versión más efectiva es mirar fijamente la mucca y destaparla intermitentemente para ver si ya sale el café.
b) Formarse en la fila para comprar el boleto del autobús que está por salir. Este es especialmente interesante porque inversamente al tiempo que le toma al pasajero de adelante comprar su boleto, el tiempo que falta para que salga el autobús corre increíblemente rápido.
c) Entrar a sacar dinero del cajero automático cuando se tienen ganas de orinar.
d) Subirse en una caminadora durante cuarenta minutos y fijar la vista en el cronómetro. (Pensándolo bien, ni siquiera es necesario ver el cronómetro).
e) Pedir aventón.
f) Esperar solo en una mesa a que nuestro único acompañante regrese del baño, o termine su conversación en el celular.
g) Gastarse todo el dinero de la quincena los primeros días de la quincena.
h) Quedarse de ver, en dos meses, en otro país, con alguien a quien tenga uno muchas ganas de ver.

La inmortalidad por un minuto

Ayer recibí un correo de un amigo mío, que antes de ser mi amigo fue mi alumno en la ENAH, y al mismo tiempo, pero otros días, mi compañero de clase, y por pocas cuadras mi vecino en Coyoacán y compañero de pesero los miércoles a las dos. Usualmente también esos días compartíamos la mesa a la hora de la comida. Luego desapareció y cuando reapareció yo ya me había largado del barrio.

Después de mucho tiempo de no verlo, recibir su correo ayer me llenó de gusto. En pocas palabras, decía algo así como "...estaba pensando en Borges y en la Lógica, y me acordé de tí, y casualmente en ese momento Rasheny me habla para decirme que estaba leyendo algo tuyo...".

Me latió el corazón fuertísimo. Dos colegas leyendo algo que yo había escrito. Me imaginé inmediatamente que el artículo de Elementos de Polaridad Negativa que escribí con el Txuss y que por supuesto nunca pubicamos, finalmente había alcanzado su merecida fama. O sería que ya la armé como el primer hit de las búsquedas de "subjuntivo español" en google? Creo que hasta imaginé mi nombre en la sección de Ciencia de la Jornada. Volé. Pero el mail continuaba: "...en tu blog y hasta ví unas fotos..."

Mi ego momentáneamente inflado bajó a la tierra de golpe. Claro, el blog. Ja. Ya decía yo que la fama académica no llega sola. Y hasta creo que me sonrojé un poco. La sensación de globo reventado fue suplantada suavemente por otra mucho más dulce: son hermosos los reencuentros, es lindo tener noticias buenas aunque no sean noticias: "todo es como las otras noches que ya he vivido: lucecitas, perros, marihuana, lingüística, barba... sentado con la guitarra..". Y es mucho, mucho más importante pasar de vez en cuando por la mente de un amigo que estar permanentemente citado en el artículo de un desconocido. Me acordé de Porchia: "porque estar acompañado no es estar con alguien, sino estar en alguien"...