September 28, 2008

kumbia queers


La primera vez que las vi me enamoré de Pilar. Lalo me había dicho que íbamos a oir un grupo de argentinas que mezclaban "rock con música popular", valga la redundancia. Y aunque en términos generales la descripción era correcta, nunca me imaginé que el "rock" era punk rock y la "música popular" era cumbia villera, Madonna, Nancy Sinatra y más rock, Black Sabath, The Cure y todo lo que un niño ochentero puede revivir a los treinta con emoción. Y ritmo tropical.

Me enamoré porque habían puesto a bailar a mis amigos (ahí estaba Camilo saltando como en 1994, la Toks, que no podía faltar, Jimmy con su inseparable chela en la mano, tambaleándose con ritmo). Me encantaron porque los micrófonos no servían y ellas sin embargo se lanzaron a tocar, con la grandiosidad con la que Izthak Perlman tocó con tres cuerdas en el Lincoln Center, de Nueva York, según cuenta la leyenda, bajo el motto "el artista hace lo que puede con lo que le queda". Ni más ni menos hicieron las Kumbia Queers en el Pit de Cuernavaca. Después los micrófonos funcionaron y lo celebraron como si se hubieran ganado la lotería. Me gustan porque son el mejor contraejemplo a la visión imperante "sólo hay una manera de hacer bien las cosas". Son lo opuesto de quienes juzgan que cada cosa pertenece a un solo género (musical o social). Son lo contrario del orden, y aun así super organizadas. Son la muestra de que la creatividad impera sobre la tan alabada "productividad". Son lo contrario del trabajo de nueve a cinco, y sin embargo super chambeadoras, son el reverso de todo.

Hacía calor, largaron las playeras al carajo, enseñaron los brasieres, tocaron y se desgajaron de alegría en el escenario, yo volví a tener dieciocho años durante esas horas y en el centro de todo, brillante con su guitarra roja tapizada de estickers estaba Pilar, queer poderosísima y sin duda la más atractiva que he visto. No le pude quitar los ojos de encima en toda la noche.

Al final de ese primer concierto, envalentonada con las chelas que se tomó Jimmy (porque yo no tomo), me acerqué a Pilar sorteando las marejadas de fans que se arremolinaban alrededor de ella pidiendo autógrafos. En realidad eran sólo tres, pero los nervios del momento me hacían sentirla inalcanzable. Desde entonces me dediqué a conseguir su disco, a ver sus fotos, a pescar el próximo concierto al que pudiera ir, a tragarme los nervios y la pena y pararme enfrente ella al final o antes del concierto y decirle "yo soy la que te mandó un correo / dió su teléfono / abrazó en el pasagüero / sonrió en el alicia / ama la remera que tiene y que tú estampaste/ cantó todas tus rolas hoy". Pilar siempre va a contestar, amable y confundida "che, siii... recuerdo, vos me mandaste un correo / sos de Cuernavaca, cierto?". Miente. No se acuerda, pero no me lo quiere decir. Y por eso me gusta más.

Ayer las Kumbia Queers cerraron su gira en Nueva York. Yo, como le dije alguna vez a Pilar en el primer correo que le mandé, estaba ahí bailando en primera fila. Mientras estaba cantando y riéndome y saltando, pensaba: son muy buenas, pero ojalá que nunca se hagan famosísimas porque lo que las hace grandes es saber que al terminar el concierto se van a estar fumando un cigarro o tomando una chela en la banqueta, o atendiendo su puesto de discos y playeras, y uno se va con la certeza de que el próximo año, en un forito pequeño como El Pit o el Fontana, va a tener durante unas horas dieciocho años otra vez. O mejor aún: va a tener los años que tenga y va a saltar y bailar pensando que la vida es de colores con print de leopardo y cuero negro y que el mundo es más bello por el revés que al derecho.

Foto: pagina12.com.ar

September 27, 2008

la generación que no viajó


Andrea me estaba una vez platicando sobre cómo sus abuelos, Ricardo e Isabel, habían sido de las pocas personas de su generación que habían viajado a Europa, y no se diga a Medio Oriente. Hay que tomar en cuenta que todavía entonces el océano se cruzaba preferentemente en barco y no en avión. Seguramente este comentario era una nota al pie en algo mucho más interesante que me estaba contando, pero es una de esas cosas que dice Andrea que recuerdo con frecuencia.

Mi querido amigo Nico, del que hace años no tengo no tengo noticia, es un antropólogo clásico de los que ya no quedan. Vive oficialmente en Buenos Aires y regularmente en Maputo, Mozambique. Como el Coloso de Rodas, tiene un pie en cada continente, y a veces me lo imagino haciendo esfuerzos por cruzar las piernas porque siempre quiso llevar Buenos Aires a África y traer a Africa a Sudamérica. Al menos así era hasta la última vez que lo vi. En alguna de sus cartas escritas a mano (porque Nico mandaba cartas escritas a mano, era un clásico, les digo) me decía: "Nuestra generación se va a definir como la generación que viajó. Y nuestros nietos dirán: '¡Esos viejos sí que vivieron la Historia!'". En efecto. Yo no hubiera conocido a Nico si no hubiera sido porque en mi generación, a diferencia de la de los abuelos de Andrea, viajar era mucho más común y accesible que antes.

Cuando era joven me gustaba viajar para conocer gente. Ahora conozco gente sin viajar. A veces coincide el viaje más o menos largo de alguien con mi paso más o menos permanente por algún lugar. Me pregunto cuál será la definición de la siguiente generación con respecto a su movilidad espacial. Mi apuesta es que los viajes poco a poco serán cosa del pasado. Desde que nos prestaron el Aleph de Borges, para ver el mundo no hace falta dejar el sillón. Y si a eso se agregan todas las medidas, esas sí, terroristas, de las aerolíneas que se esfuerzan por hacer de los vuelos un viacrucis, probablemente la próxima generación no será muy diferente de aquella en la que Isabel y Ricardo eran una excepción.

September 24, 2008

sesiones de orientación vocacional

Por fin hay un asiento libre. Aprovecho que estoy sentada para leer un artículo en el corto trayecto que me queda. Lo saco de la bolsa: este no es, este es el vocabulario de Quechua. Este es, ahora sí: "The binding theory". Y a leer: "Una DRS está incrustada en en un modelo µ ssi para toda función de interpretación ƒ que asigne a cada expresión de L..." Siento un golpecito en el hombro. El pasajero de al lado mío tiene una pregunta:
-Excuse me, is that linguistics?.
-Sí señor, es lingüística. Cómo supo? -respondo yo.
-Oy, recuerdo haber tomado esa materia en la universidad. Es dificilísimo. Qué estudias , la maestría?.
Se me llena la boca con las siguientes tres sílabas:
-Pi-eich-di.
Como si dijeran algo.

Y regreso a mi artículo y a mi ipod: mbsnm µ∫†≠∫¥s... Pero el vecino me da otro toquecito en el hombro:
-Mi amigo estudió el doctorado en Lingüística y Ciencia Cognitiva en Rutgers.
-Ah, mire usté..
-Siete años, le llevó terminar.
-Pues qué rápido -pienso en voz baja.
-Pues es en promedio lo que le toma a todo el mundo -digo en voz alta.
-Y usted qué hace?
-Soy abogado
-Ahh
Y la respuesta me invita a sumir los ojos de nuevo en mi lectura: mbsnsmm ∫∑ßpq....

-Oiga, le puedo preguntar algo?
Como siempre que oigo esas palabras, hago cruces y pido un deseo: "Por favor Dios mío, que sepa yo la respuesta". Pero no tengo suerte:
-Todo eso -dice mientras agita la mano suavemente sobre mi artículo, -a quién le importa?

Si tuviera el don de la franqueza, diría: "La verdad, señor, quiénsabe. Lo mismo me pregunto yo todas las mañanas mientras tomo clase, todas las tardes mientras trabajo y todas las noches cuando regreso a mi casa con la sensación de que he perdido el día. Y cada vez entiendo menos qué es lo que hacemos cuando hacemos esto, y a quién le puede importar que mbsnsmm ∫∑ßpq". Si hubiera sido cínica, hubiera dicho: "A casi nadie, pero dígame usted, eso de hacer leyes, a quién le importa como no sea a los pocos cuantos que pagan para que se las hagan a su medida y conveniencia?".

Pero como no soy cínica ni franca, di mi respuesta estándar para los necios que piensan que el suyo sí es un trabajo productivo:
-A nadie le importa, realmente. Pero nos divertimos. (Risas fingidas).

Es la mejor respuesta para cortar de tajo una conversación improductiva sobre la productividad de nuestra ocupación. También es una respuesta falsa. Yo, al menos, no me divierto sabiendo que mbsnsmm ∫∑ßpq ssi µ∫†≠¢œ∫¥©. Y como al resto de los mortales, tampoco me importa.

September 10, 2008

A esta ciudad le falta una capa de pintura.

September 04, 2008

bucólica del metro

No hay lugar más inmundo que las ciudades. Lo que es como decir, no hay lugar más inmundo que el mundo -sobre todo para la gente llamada "de mundo", que se define por la incapacidad de vivir en cualquier ambiente que no sea decididamente urbano.

En esa planta alta del infierno que llaman estación de metro, la suciedad se vive con resignación. Se agarra uno fuertemente del tubo resbaloso de grasa humana, o se sienta en las bancas tapizadas con manchas negras de chicles masticados, rodeado de óxido y orines. Cierra los ojos ante las corrientes de aire caliente que sopla por los túneles como el aliento de una bestia inorgánica. Salen de las paredes, de las escaleras y de los elevadores, olores tan nauseabundos e intensos que el olfato no los puede creer. Y se acostumbra. Y después de un titubeo muy breve, me siento en el suelo a leer mi libro y esperar, con la piel pegajosa de un sudor que ya no sé si es mío. Sólo suspiro y me revuelco sin moverme en toda la suciedad que viene a mí, que me envuelve como el cochambre a las ollas en el trastero.

August 24, 2008

corazón de hule espuma, poroso...

Últimamente ando con una esponja mojada en el pecho, un artefacto ligero y pesado a la vez. De cuando en cuando, la realidad me exprime con su manita fría el corazón y se me mojan los ojos un poquito. Un hilo de agua helada me hace cosquillas en el vientre. Entonces me queda una ligereza incómoda, una ausencia porosa y seca, como si me faltara una costilla o un pulmón o algo. Al cabo de un rato de olvidar, o de recordar lo que debiera haber olvidado, se vuelve a humedecer la esponja, me llena todos los rincones del pecho; llega otra vez la mano, vuelve a exprimir...

la luz es de quien la paga

Introducción
Cuenta el saber popular que la época de Santa Anna era tan cruel que la gente tenía que pagar impuestos por la luz natural que entraba por sus ventanas. Más ventanas, más tenían que pagar. No es de extrañarse, porque Santa Anna encabeza la lista de hechos más excéntricos y surreales de la historia mexicana, desde ayudarle a Adams a inventar la goma de mascar hasta enterrar su pierna gangrenada con honores militares (sólo hacia el final del siglo veinte otros gobernantes lograron ponerse a la par de las extravagancias del caudillo inmortal de Zempoala, con hechos memorables como "La calavera del encanto": el cráneo que fue encontrado con ayuda de información directa de ultratumba provista por una agente secreta del más allá conocida como La Paca).



Parte primera y última
Pero estoy aquí para hablar de las ventanas. Me estoy mudando. Y me siento en tiempos de Santa Anna, en un país donde nunca gobernó Santa Anna (al menos no en esta mitad de arriba). En esta ciudad la renta se incrementa dependiendo de la cantidad de luz natural que entra al cuchitril. "Cuarto para persona sola, 2x4 metros, a 20 min. del metro, con ventilación pero sin ventanas: 750 (dólares, obvio)". Cada ventana aumenta 100 dólares a la renta; cada cuadra menos de distancia al metro, otros 100. ¿Lo quiere más grande? Es posible, pero sólo a dos horas de la ciudad, sin contar el tiempo de espera del metro.

El núcleo social ya no es la familia, sino una comunidad conformada por tres a cinco personas elegidas arbitrariamente sólo en razón de sus ingresos e historial crediticio, en un sistema conocido como "Rumeimato" (del inglés "room-mate" que es como se conoce a cada uno de los individuos que viven en esa simbiosis posmoderna donde se comparten espacios que antes se consideraban privados, como la propia casa). Me asusta darme cuenta de que no es broma lo que leí un día: "Todo neoyorquino ha considerado alguna vez rentar un departamento donde la tina de baño está en la cocina".

Epílogo
Encontré un departamento precioso en Sunset Park. Por precioso quiero decir: en un barrio latino, a dos cuadras de un parque con horizonte. Con varios locales de comida grasulienta en cada esquina. En un edificio viejo sobrepoblado de cucarachas. Con tres ventanas, de las que me cobran sólo una, las demás son gratis. Tiene entrada privada, lo que implica que cada vez que quiero ir al baño o la cocina he de cruzar el pasillo externo en pijama, decir "hola" a los vecinos y abrir los tres seguros de la puerta principal marcando el paso para no orinarme encima. Un roommate me cayó bien y por eso lo elegí. Al otro roommate ni siquiera lo conozco. En resumen, no sé con quién voy a vivir, pero ya tengo las llaves, ya dí el depósito, y por tres ventanas no puedo dejar de pensar que $620 es una ganga.

(Imagen: Ella Yang "Brooklyn Window" http://www.ellayangstudio.com/archive.htm)

todos los días es día de muertos



La diferencia entre los pueblos de Michoacán y los demás pueblos y ciudades que conozco es que en los primeros el cementerio está en el centro del pueblo. En el resto de los lugares está en las afueras, acaso devorado por la mancha urbana que crece a su alrededor, pero siempre conserva el cementerio su rasgo de orilla. La otra diferencia es que en los pueblos de Michoacán los panteones siempre tienen flores. Algunas más o menos recientes, pero las más viejas no tienen más de un año. En Michoacán los muertos están en el centro de lo que pasa diario: se los ve de ida o de regreso de la escuela, el día de mercado, el domingo de misa. Yo cuando me muera me quiero ir a vivir ahí.








(Imagen: Mike Quinn http://www.texasento.net/reunion.htm)

July 28, 2008

etología del soltero

Odia las vacaciones y el tiempo libre. Sobre todo porque no tiene con quién compartirlo. Dormir es una actividad social, piensa, así que duerme poco, sólo lo necesario. No le gusta la playa porque no soporta la inmensidad. Siempre se le ve en lugares donde hay gente, o no se le ve del todo. Disimula su soltería leyendo en público. Inventa historias sobre las razones de su última ruptura porque le avergüenza decir que simplemente no tolera estar tanto tiempo con la misma persona. Come de pie, quiere acabar rápido con el trámite de alimentarse porque comer en una mesa es también algo que se tiene que hacer acompañado. Le llama "comida casera" a la comida de fonda, porque no tiene casa ni para quién cocinar. Cuando le preguntan por su estado civil, el soltero marca el recuadro correspondiente y sonríe para sus adentros con un orgullito silencioso que nadie sabría comprender. Trabaja los domingos. Irremediablemente a las cinco de la tarde lo asalta un dolor en un estómago imaginario, una especie de tristeza o de miedo, no sabe bien de qué.

Uno pensaría que el soltero le hace honor a su nombre y está siempre solo, pero eso es falso. También pareciera que no tiene quien lo quiera, o que no quiere querer a nadie, pero eso casi nunca es verdad. El verdadero problema del soltero es que siempre quisiera ser un extraño. Está constantemente enamorado, sólo que de diferentes personas cada tanto, a veces de varias al mismo tiempo. No tiene pareja porque tener una implica renunciar a su deporte favorito: convertirse cada tres o cuatro meses en alguien nuevo para alguien más.

de profesión, extraño.

(Esta es una respuesta a una entradita de Larisa)

Yo viajo con maletas de rueditas. Odio las mochilas, los backpackeros, los hostales pulguientos. No concibo los viajes por el puro placer de vacacionar, ese es un lujo de la gente con pareja. Los solteros no encontramos tanto gusto en estar tirados en una hamaca sin nadie, o en sentarnos a ver el mar acompañados de nuestra propia sombra. No, si voy a algún lado, por favor, que no sea de vacaciones.

Me gusta el término "sedentario múltiple" de Larisa porque yo tampoco soy viajera: me baño diario y hablo con poca gente, me cepillo el pelo, jamás uso sandalias con calcetines. Tampoco soy turista porque por principio no voy a ningún lugar donde no tenga nada que hacer, y considero de terrible gusto regatear. Me gusta el transporte público, me gusta escuchar las conversaciones en las combis. La verdad tampoco me gusta moverme demasiado. Me gusta ir muchas veces al mismo lugar. Si pudiera elegir de nuevo una carrera, sería la persona de afuera que viene seguido al pueblo pero no habla con nadie. Saluda a todos pero nadie sabe quién es. Y ya ha estado alrededor suficiente tiempo para que la gente empiece a preguntarse. Entonces surgen las explicaciones: que si viene de Morelia a vender jafra, que si anda buscando marido, que es una prima lejana de los Ascencio o que seguro la mandaron de algún programa de gobierno. A mí nadamás me gusta sentarme a leer en la plaza, acariciar a los perros callejeros o darme unas vueltas por el panteón para que la gente que no tiene nada mejor que hacer se entretenga inventando algo.

July 27, 2008

antropología fractal


I
Elena me explicó en un café de Tlalpan los orígenes de la geometría fractal. Todo empieza con la pregunta de Mandelbrot sobre cuánto mide la costa de Inglaterra. ¿Y cuánto mide la costa de Inglaterra cuando es recorrida a pie por un humano? ¿Cuánto mide la costa de Inglaterra si en lugar de un humano la recorre una bacteria? ¿Cuánto mide, pues, la costa de Inglaterra?
Lo que me interesa no es el desarrollo posterior de la geometría fractal (de la que pueden leer más en este blog buenísimo que me recomendó Elena), sino cómo hace una analogía perfecta con la manera como conocemos lo humano.

II
Este es judío. A este otro lo educaron en una escuela católica. Aquella es bisexual. Yo me di cuenta de que era hispana el día que me vieron de lejos. Tenía que tachar un cuadro que decía "raza" y había varias opciones: afroamericano, asiático, caucásico, hispano. Me causa curiosidad que la raza en este caso se defina por el idioma materno. Cuando camino por la calle soy hispana y cuando entro a mi casa, donde no me espera nadie, tengo la misma cara pero ya no soy minoría. Me espera una lista de quehaceres como la de cualquier persona y voy tachándolos uno por uno mientras me como un pan con miel.


III
Lo desconcertante de la pregunta de Mandelbrot es que parece que todo fuera cierto. La costa de Inglaterra mide lo que mide desde el satélite, pero también mide la distancia que marcan los pasos de un humano y también lo que mide el recorrido casi infinito de una bacteria por los recovecos de cada piedra de la orilla. Todas las medidas son correctas, la longitud depende de la escala de medición.

Todo lo que ven en nosotros es lo que somos, y también somos como nos ven de cerca. Somos lo que tachamos en el cuadrito, por ofensiva que suene la simplificación: negro, blanco, café o amarillo. También somos lo que dice el pasaporte. Somos el idioma que hablamos, pero también las leperadas que decimos, las palabras que inventamos, el olor a sudor y el de ropa lavadita, el aliento a cebolla y a hierbabuena fresquita, el amigo buena onda y el patán que nunca llama por teléfono. La misma persona nos dice un día "nunca había conocido a nadie como tú", y tres meses después sólo recuerda de nosotros que "pinches viejas todas son iguales". Y en los dos momentos tiene razón.

Somos el hijo consentido, la oveja negra de la familia y uno cualquiera de entre varios hermanos. Somos iguales que el resto de los fumadores, si fumamos, e igual de intolerantes que los exfumadores si dejamos de fumar. Somos indistinguibles en la multitud o irremplazables en la intimidad. Nuestro tamaño depende de quien nos ve: la taquillera del metro, el auditor de Hacienda, el primo que nunca nos visita, los amigos de los jueves, o alguna de las poquísimas personas que son capaces de recorrernos en pasitos menudos de bacteria.

June 14, 2008

Manual de Campo

Primero hay que obtener aprobación del Comité Universitario sobre Actividades que Involucran Sujetos Humanos, que sancionará si el proyecto observa las normas de ética y se apega a las leyes federales y universitarias para la protección de los derechos de las personas. Una vez que se contacta al informante, darle a firmar la hoja de Consentimiento Informado, donde se le garantiza que la investigación no involucra riesgos y que en todo momento se protegerá su confidencialidad mediante el uso de un pseudónimo. Eso respecto a los formalismos. Para las entrevistas, empieza uno por diseñar el cuestionario. Claro que, para entonces, debe uno saber qué es lo que está buscando: cláusulas relativas. Escribe entonces varias preguntas, calculando que por lo general un juego de 50 oraciones toma aproximadamente una hora. Hay que agregar en este caso particular las pausas que añade tener que calmar al hijo de dos años de la informante cuando reclama atención a gritos. Preparar la grabadora, para lo cual ya fueron descargados los archivos de la sesión anterior y transcritos los cuestionarios correspondientes. Ahora sí, probando probando. Empieza la sesión: "Cómo dices 'Juan vio al señor que aventó la piedra'?", etc. Escribir las respuestas cuidadosamente, agregar ciertas variaciones al vuelo, preguntar por juicios de gramaticalidad.

Al término de la sesión, puntualmente pagar el precio acordado por el valioso tiempo de la informante. Pasa la señora de las obleas. Tronando obleas nos quedamos platicando en la banca de la plaza, en una sobremesa callejera. Entonces ella me cuenta porqué no pudo dormir: el papá del niño, después de dos años de ausencia, anoche le mandó un mensaje. Un machito sin trabajo que tiene más de cinco hijos regados de Puácuaro a Morelia. Ella todavía lo quiere, me dice, y se le entrecorta la voz y se le mojan los ojos. Aunque no se lo digo, le agradezco la confianza de que me cuente parte su historia. Lo retribuyo contándole mi historia de amor más triste, pero tengo que exagerarla porque junto a la de ella, la mía suena a chiste de Pepito. Y termino con frases de aliento, de las que tanto odiaba oir cuando mis amigos o mi familia no sabían qué otra cosa decirme: "vas a encontrar a alguien más que sí valga la pena, ya verás". Le pongo mil ejemplos de historias con presente feliz. Ya sé que no me cree. Yo tampoco me las creo. Cuando nos acabamos las obleas nos despedimos y le deseo que esté mejor, por no saber qué otra cosa le podría decir.

El día que la conocí, no pensé que en algún momento y sin darnos cuenta cruzaríamos la borrosa línea que separa lo estrictamente profesional de lo meramente humano. Ni en el manual de campo ni en el código de ética vienen las instrucciones sobre qué hacer si el corazón se arruga como hoja de papel cuando llegan momentos como este.

June 13, 2008

Paciencia

Esta entradita tiene dedicatoria: es para Larisa, como todas las de este blog, pero más explícitamente


Éramos siete, y estábamos desperdigadas por todo el campo. Una le hablaba a los caballos, la otra veía fijamente el arroyito, la mano metida en el agua cristalina. La de más allá hablaba sola. Por allá junto a una roca quedó el frasquito con miel y los pocos pajaritos que no nos comimos. Yo veía atentamente las figuras el el caparazón de un insecto. La otra se cepillaba el pelo, cantando, y otra más caminaba despacito y observaba el paisaje, sonriente, con las manos entrelazadas en la espalda, como si el campo abierto de Tepoztlán fuera una sala de el Louvre. Y una de las siete simplemente no estaba.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que notáramos su falta. Cada quien estaba prestando atención a lo suyo, pero con lo poco que nos quedaba de cordura sabíamos que una desaparición era un mal sino. Así que dejamos nuestros respectivos quehaceres y nos dedicamos a buscarla: en el arroyo, tras los árboles. En la base de un árbol econtramos sus zapatos. Y luego su voz nos llamó desde la altura "¿No quieren venir a mi casita?". Volteamos a la copa del árbol y sentada en una rama altísima nos esperaba la muy flaca, moviendo las piernas en péndulos alternados, como hacen los niños cuando les cuelgan los pies de la silla. Su casita se veía frondosa y fresca, así que ahí vamos, intentando trepar el tronco musgoso. No podíamos subir más de medio metro: resbalábamos con la gracia de los borrachos que suben el palo encebado en las ferias de pueblo. "Quítense los zapatos", nos aconsejó a gritos. Nos sacamos las botitas, los tenis o lo que fuera, pero fue inútil, seguíamos resbalando con el cuerpo untado al tronco húmedo. Después de que todas lo intentamos varias veces y fracasamos, me convencí de que María Luisa sólo pudo haber subido a esa rama volando.

Ya unos años antes se nos había perdido una noche en Zipolite, cuando la buscamos recorriendo la playa de punta a punta varias veces y preguntando por ella en cada fogata, en cada campamento. Nuestra inusual capacidad de buscarla tanto tiempo sin cansarnos me hizo valorar la potencia de la cocaína. A la mañana siguiente ahí estaba de vuelta, como si nada hubiera pasado. Le pedimos nomás que para la otra que se quisiera desaparecer nos avisara y se hizo la ofendida.

Una vez pasamos la noche juntas otra vez las siete, pero esa vez aunque ella estaba allí no la vimos ni nos hizo reír ni nada. Cosa extraña, esa noche llorábamos a ratos, como en efecto dominó, porque bastaba que una empezara para que se les salieran las lágrimas a las demás. Luego hablábamos de otra cosa o incluso hablábamos de ella como si no pudiera oirnos. Otro día fuimos a la fiesta de su hija pero ella no estuvo. Yo no dejé de sentir que en cualquier momento saldría con las gelatinas o con más tostadas para el pozole ese tan bueno que hace su abuela. Que como en otras ocasiones, sólo era cuestión de paciencia. Ya unas semanas antes me había llamado Sergio una noche para decirme que María Luisa se había perdido, esta vez en serio y para siempre en el fondo de un barranco. Pero yo por supuesto sigo sin creerle.

Historias prestadas

La historia de mi abuelo me recuerda mucho a otra que no me atrevo a contar en detalle porque no es mía. Mi amiga Elena, que es de Ayutla, Oaxaca, creció con sus abuelitos. Cuando vino al DF sintió mucho su falta, así que se inscribió al programa "Adopta un abuelo", en el que la gente se comide a pasar los domingos en un asilo haciéndole compañía a algún viejito solitario. Durante un par de meses estuvo yendo cada semana a platicar con uno de los ancianos, a escucharlo y leerle cuentos. Un domingo llegó Elena a ver a su abuelo adoptivo pero ya no lo encontró. (Dice mi papá que eso es la muerte: llegar a visitar a tu amigo y no encontrarlo). En la puerta del asilo se dió Elena la media vuelta, con sus libros en una bolsa de plástico, los ojos húmedos y la tristeza atragantada como una bolita dura en la tráquea. Así me lo contó ella: "Sentí mucho coraje por haberme hecho de un dolor que pude haber evitado. Yo de mi parte no vuelvo a tener otro abuelo".

June 12, 2008

Memorias de un álbum sin recuerdos

La primera oportunidad llegó el día de la primavera, cuando podíamos escoger ir disfrazadas de bailarinas o de princesas. Por supuesto, no lo tuve que pensar dos veces: bailarina. Mi mamá entonces me hizo el vestidito, me compró las zapatillas. Y después de ese día, los miércoles por la tarde, cuando llegaban las amigas de mi mamá a tomar el café, yo me ponía el vestido y sacaba alguno de mis discos de una colección de música clásica que venía con la enciclopedia para niños que me había comprado mi papá en Aurrerá. Ponía a Tchaikovsky o Schubert o lo que fuera y me ponía a bailar para mi público conformado por tres o cuatro maestras de secundaria que lo que más querían era chismear entre ellas pero que por amabilidad soportaban y aplaudían mi espectáculo improvisado. Siempre, al terminar, una de las amigas, Amelia, le decía a mi mamá: "Deberías llevarla a tomar clases a Bellas Artes". La respuesta de mi mamá, cada miércoles era "Sí, la voy a llevar mañana mismo". Pero ese jueves nunca llegó.

Un día el vestido ya no me quedaba y tampoco me quedaban ganas de hacer el ridículo enfrente de nadie y nunca más volví a bailar ni la música que ponían en las kermeses de la escuela, que es la que llamamos hoy "música de los ochenta". En ese tiempo era simplemente música y cada vez que empezaba a sonar a mí me temblaban las piernas y corría a esconderme, o me iba con algún pretexto a hacer otra cosa. Cada vez que en las fiestas me obligaban a bailar me daban terribles crisis de angustia, y tan escandalosas, que quien se había atrevido a jalarme de mi silla me volvía a poner en mi lugar, espantado como quien se sacude un insecto ponzoñoso.

Algunas veces me he preguntado cómo hubiera sido mi vida si hubiera aprendido danza clásica desde pequeña. No sé si sería mejor o peor. Probablemente ni siquiera sería muy diferente. No veo por ejemplo que mi vida sea menos afortunada que las de mis amigas a las que sí llevaron a tomar clases al INBA. Pero anoche, entre la mudanza -porque nos estamos cambiando de casa- encontró mi hermana un álbum. Tiene la portada roja y dice "Ballet". Está dedicado para mí, es un regalo de Lulú. Se lo regalaron a mis papás cuando era yo muy niña, con la intención de que pusieran en él las fotos de mis presentaciones, ensayos, clases, pequeños recitales. Debería tener las fotos con el tutú amarillo, las del infaltable leotardo negro, el salto fuera de foco, algunas de magníficos arabescos, todas para este momento ya descoloridas. Ahí deberían estar las fotos de mi presentación en el auditorio del Seguro Social de Cuernavaca, donde debí haber bailado para mi mamá un diez de mayo en que ella no pudo ir. Pero en lugar de eso, el álbum está vacío, irremediablemente vacío. Las bolsitas de celofán sobre el plástico blanco no guardan nada más que el lamento de haber dejado pasar el tiempo sin llenarlas. Hay una foto mía de cuando tenía un año y las orejas enormes, y eso es todo. Algunos recortes que después metió mi hermana con fotos de ella y de su hijo. El hecho de que mis padres hayan ocultado ese álbum en blanco por tanto tiempo me hace sentir traicionada. Me lleno de una rabia roja como la pasta del álbum inútil, y quiero llorar porque puedo imaginarme claramente las fotos que no están, que nunca se tomaron, que nunca pudieron ser tomadas porque los momentos que les corresponden no existieron, porque no hubo tutú amarillo, ni saltos, ni arabescos, ni barra, ni recital ni nada. Quiero llorar de pura tristeza porque de tanto decir "mañana" ese día nunca llegó.

June 11, 2008

Mi abuelo

Esa vez nos llevaron a México por la misma carretera por la que una vez mi hermano nos había llevado a Reino Aventura. Sólo que este viaje no era de placer: mi abuelo estaba hospitalizado.

Mi abuelo tenía una hija que era enfermera en el hospital militar, así que ahí lo internaron. Yo nunca antes lo había visto, porque después de que se separó de mi abuela se fue a vivir a Hermosillo y tuvo otra familia. Las únicas veces que había oído hablar de él era cuando mi abuela sacaba a relucir sus rencores de más de treinta años de antiguo. Mi mamá raramente lo mencionaba.

Hacía frío en México, como le llamamos los guayabos a la Ciudad de México. Yo tenía un suéter blanco que me servía para poca cosa. Como en el hospital no podían entrar niños tuve que esperar afuera. Ya estaba yo acostumbrada a los accesos limitadísimos y la discriminación constante que implica ser niño. Mi mamá y mi tía estaban en el cuarto con él. A mí mientras me cuidó alguien, pero no recuerdo quién.

Cuando salieron mi mamá y mi tía, después de siete horas (no sé realmente cuánto tiempo pasó, he perdido muchos detalles, y de niño es uno malo para calcular el tiempo), mi mamá vino con una idea genial. "¿Quieres conocer a tu abuelito?" Ps, la verdad me daba igual, pero haría cualquier cosa con tal de desaburrirme. Entonces me contó su plan maestro: "Te metes por este pasillo, ahorita que no hay enfermeras, doblas en la pared a la derecha y entras por..." Insisto en que no recuerdo los detalles. Yo sólo sé que seguí las instrucciones.

Así llegué subrepticiamente y con el corazón latiéndome muy fuerte –del miedo, no de la emoción- al cuarto de mi abuelo: una cámara de hospital dividida con cortinas plegadas y donde tenía como vecino de cama a otro viejito al que no le puse mucha atención. Me quedé parada frente a él y mi abuelo me sonrió y me llamó con la mano. Tenía una expresión tan dulce que se me olvidó el miedo a las enfermeras y el hecho de haber entrado de autocontrabando. Le dije, como parte de las instrucciones que me había dado mi mamá: "Hola abuelito, soy Violeta". Él me vió desde el fondo de sus lentes de pasta y me preguntó si era yo la hija de Gloria. No importó que yo lo negara, que no supiera quién es Gloria, mi abuelito siguió hablando de gente que yo no conocía. Me presentó muy orgulloso con su vecino catatónico como "Margarita", y yo ya no quise contradecirlo. Al fin y al cabo ya sabía yo que los viejitos son necios y dicen incoherencias, porque así había sido mi bisabuela también. Así que yo nadamás contestaba preguntas simples y cuando no entendía asentía y nomás. En un momento que recuerdo prístinamente, mi abuelo saca del cajón de su mesita de luz un manojo de paletas Charms y yo escojo una de naranja. Me cayó bien el viejo, pero después de un ratito me despedí porque no tenía ganas de quedarme y ya quería ver a mi mamá. Los niños no están mucho tiempo a gusto con desconocidos, y después de todo, no porque fuera mi abuelo dejaba de ser un desconocido.

Salí como pude otra vez por el laberinto blanco y a la entrada del pasillo como a la salida de un túnel metafísico me esperaba la silueta aureolada de mi tía Julia. "¿Viste a tu abuelito?" Y les enseñé la paleta. Algo mencionaron sobre diabetes, que no entendí. Unos días después supimos que mi abuelo se recuperó, salió del hospital y se regresó a Hermosillo. No tuvimos contacto con él durante mucho tiempo.

Unos cuatro o cinco años después, mi mamá recibió la mala noticia por teléfono. Ese día estaba seria, pensativa. No lloró ni una lágrima, pero me confesó que estaba triste. Yo no entendía porqué habría de estar tan triste si finalmente nunca había vivido con él y a decir de mi abuela, mi abuelo había tenido más defectos que virtudes. "No deja de ser mi papá", dijo categórica. Yo no sabía cómo consolar a mi mamá, porque aunque no veía que llorara -condición sinequanon del sufrimiento para un niño-, sí entendía lo que es querer uno a su padre. En un intento de empatía, quise mencionar los recuerdos bonitos que tenía de mi abuelo. Eran pocos -qué tanto podría quedar de esos diez minutos- pero vaya, inolvidables: la paletita de naranja, su sonrisa, su pelo blanco, blanco, en lo poco que le quedaba de cabellera. Sus lentes de pasta muy gruesos, muy negros: "¿Lentes? Mi papá nunca usó lentes. Si de algo siempre presumió fue de su vista".

De nada me valió discutir. Ella lo conocía mejor que yo y sabía de lo que hablaba: su papá no sólo tenía vista veinte-veinte, sino que nunca perdió la razón ni la memoria, y calvo tampoco era. Yo de cualquier manera me aferré al recuerdo de la persona equivocada y decidí nunca olvidar la imagen del viejo de las Charms. Después de todo, no porque fuera un desconocido dejaba de ser mi abuelo.

June 10, 2008

Temporada de hongos

Dice Enrique que hay dos temporadas de lluvias: una donde llueve fuerte una vez al día y otra donde llueve quedito sin parar durante semanas. A él le gusta más la primera, y yo coincido. Pero hoy estamos en la segunda.

No está mal, tampoco. Me recuerda cuando mi hermano Virgilio nos llevaba de paseo al campo. Una vez nos enseñó una cascada por Mil Cumbres, que se llamaba, o él llamaba, "El Abanico". Había que bajar una ladera empinada para llegar, resbalándonos entre el lodo rojizo, chapoteando en arroyitos, siguiendo el rumor del agua que se oía cada vez más cercano. A Virgilio se le ocurrió organizar un concurso de "a ver quién encuentra el hongo más grande". Y es que había hongos de todos colores y tamaños. Por supuesto, el concurso lo ganó él con un hongo que medía como cuarenta centímetros de alto. Nunca he visto uno más grande.

De regreso en la carretera un niño chapeado con una cubeta azul nos ofreció unos hongos amarillos y otros rojos, del color de sus mejillas. Mi abuela, que era una experta en esas criaturas de la sierra -los hongos, no los niños-, determinó que era imperdonable no comprarlos, pues se trataba de los míticos "pata de gallo" y guisados hacían un platillo de dioses. Tenían forma de coral y color de esponja.

Tenía razón mi abuela. Los pata de gallo los guisaron dos señoras que tenían una cocina de leña y se la pasaban peleando. Nosotros las veíamos discutir mientras esperábamos la comida y tomábamos café de olla al calor de su fogoncito. Hacía frío, teníamos los pantalones y las botitas enlodados. Desde la ventana veíamos la niebla envolviendo las montañas. Era uno de esos días en que no paraba de llover.

June 09, 2008

Blog de campo

Me levanto a las siete. Me doy un baño muy caliente. Me salgo a la plaza en el día nubladito, los adoquines están mojados. Los empedrados brillan. Me pido un café con leche mientras leo mi libro sobre frases nominales, al mismo tiempo que escucho la conversación de la mesa de al lado con el oído izquierdo porque en el derecho tengo un audífono de mi ipod verde de una sola canción. La canción es "Sleep to dream her" y me exaspera la banda de policía que toca los honores a la bandera porque no me deja ni escuchar la conversación ni oír la música, ni leer mi libro.

Así empieza el día en Pátzcuaro. Luego, regresar al hotel, comer una frutita, preparar cuestionarios, transcribir grabaciones y de nuevo tomo la combi y viajo una hora y media para ver a Micaela que es una santa y a su hijo Irépani que es un demonio poseído por un demonio todavía peor. Pero mi tolerancia a los niños se ha incrementado con la edad, y hasta me cae bien el escuincle. Lo dejo que aviente mi grabadora y todo. Micaela es la mejor informante que pude haber encontrado, nadie entiende mejor una pregunta, nadie es más clara en sus juicios.

En la combi de regreso escucho durante otra hora la misma canción. A las siete y algo salgo al mercado a comer una cosa. Un platillo nuevo cada día. Ayer fue tamal de carne, anteayer pozole batido y hoy uchepos con crema. Para el que no sabe qué son los uchepos, doña Toñita, que los vende, tiene una explicación en un cartel en su carrito. Pero hay que venir a Pátzcuaro a leerlo. El atole ha sido de guayaba y de tamarindo.

Hoy caminé de regreso al hotel y el sabor de los uchepos todavía me hacía sonreír. La noche era de un azul intenso con farolitos. El aire mojadito pero ligero. El frío más amable que he conocido. Yo como nací en un país católico, cuando soy así de feliz me siento culpable.

June 08, 2008

Todos los días cumplo años

Todos los días cumplo años, años de algo: del día en que perdí mi primer diente, del día en que me dejaron plantada en el cine Las Palmas, el día que me fumé mi primer cigarro en el estadio Centenario, el día en que me fumé el segundo seis años después y así sucesivamente. Hoy bien puede ser el aniversario de la primera vez que probé el helado de mamey. O de un hecho menos trascendente: mi primer embarazo.

Antes guardaba en una caja el boleto del autobús a Tepoztlán de aquella vez que fui con Pablo a visitar a Valentín, el ticket de Sanborns del día que me tomé un café con Fernando y luego vimos los ecualiptos sacudirse con el viento desde la terraza, la envoltura de la cocada que me regaló mi amigo secreto en diciembre de 1989... Un día los tiré todos porque eran tantos fetiches que no recordaba con qué motivo los había guardado. En cuanto fueron muchos dejaron de tener sentido, porque cada día no puede ser especial. Mi mamá tiene una caja parecida, pero con fotos, porque las imágenes se aferran más a la memoria que los simples papelitos. Una vez encontré una en blanco y negro de una niña en pantalones de mezclilla que no sabía que de grande iba a ser alcohólica. Iba de la mano de su papá caminando en una gruta. Decía "Recuerdo de Cacahuamilpa". Es del 8 de junio de 1984. Pero yo no recuerdo nada.

May 07, 2008

La mosca de las siete

En Cuernavaca no se puede dormir pasadas las siete de la mañana porque hay una mosca puntualita (que no sé si varía con la ocasión), que empieza a zumbarle a uno las alas cerca de la cara y no descansa hasta lograr su cometido: que después de varios intentos inútiles de cubrirse entero con las sábanas, salte uno, enojado, resignado y refunfuñando, a empezar el día a la fuerza y de mal humor. Cómo odio a esa mosca. Encabeza mi lista de razones para no volver.

Pero eso porque en Manhattan no había nada parecido. Hasta que empezó la primavera. Y con ella, empezaron a cantar los pajaritos bien temprano. Aquí quiero aclarar que yo soy persona del alba e hija del lechero, que no suelo dormir después de que despunta el sol, pero en los últimos meses causas ajenas a mi voluntad me han mantenido en la cama más tiempo del que yo quisiera. Empiezo a pensar que una de esas causas ajenas a mi voluntad es justamente el canto de uno de esos pajaritos. Es indescriptible, es el canto más deprimente que pueda emitir un ser vivo. Junto a su silbido, el ruido del camión de la basura suena a algarabía de carnaval y los quejidos de las palomas causan gracia. El de este pájaro es un canto agudo, descendiente, largo, repetitivo, angustioso, capaz de sacar de la cama a cualquiera con ganas de no oirlo más, o si uno se deja, capaz de hacerlo permanecer en cama durante semanas pensando que no hay razón para levantarse. Es el pájaro que podría haber vuelto loco a Ulises. Es un canto que da miedo de tan triste.