Estoy segura de que uno puede conocer la cultura en la que vive con sólo observar la relación de la gente con la comida. Y no solamente con respecto a lo que come o cuánto come (eso es lo más obvio y por lo tanto lo menos interesante), sino cómo lo come, en dónde, en cuánto tiempo y en compañía de quién.
En mi segunda noche en este país, salí a cenar con mi compañera italiana lo que nosotras llamábamos "comida étnica": una hamburguesa gigante con papas y tocino. Es una cena deliciosa, barata, grasosa, y con suficiente colesterol como para no volverla a hacer en los seis meses siguientes. Pero yo vengo del país de al lado, así que 1200 calorías y 80 gramos de grasa en un mismo plato no me espantan. Lo que me dio escalofríos, en cambio, fue lo que vi cuando miré con detenimiento el restaurante: toda la gente estaba cenando sola en la barra, y las pocas mesas que había tenían una sola silla. Una silla por mesa. Todavía conservo ese recuerdo como la primera señal de un sino terrible: el nuevo país me daba la bienvenida augurándome con esa imagen cinco años de comer sin compañía.(1)
---
-¿Cuál fue tu más grande "shock cultural" cuando viviste aquí?- le preguntamos a Jairo. Jairo es brasileño, estudió en Maryland, y aunque vino acá a hablarnos de sintaxis, nos dió por hablar primero de generalidades de la vida:
-El hecho de que la gente coma en cualquier lugar. Que coman en clase, en el metro, mientras caminan, en las juntas. Una vez estábamos en una junta con el decano y el decano sin más sacó su sandwich enorme y se puso a comer enfrente de nosotros. -Jairo dice que abría muy grandes los ojos pero aún así no podía creer lo que estaba viendo.
Yo no agrego nada, pero con eso me queda muy claro por qué "los latinos" cabemos en el mismo costal. Durante mis primeros meses aquí adopté una especie de resistencia gastronómica inconsciente, y me iba a mi casa puntual a las dos de la tarde para cocinar, muerta de hambre y con mucha prisa, porque sólo tenía una hora para hacerlo. Al segundo mes me aculturé y ya estaba comiendo de un recipiente de plástico frente a mi computadora. En el nuevo país no se necesita mesa para comer.
---
-En Brasil -dice Jairo- uno nunca come sin ofrecer de lo que está comiendo. Ni siquiera es que los demás vayan a aceptarlo. Es simplemente de muy mala educación comer solo frente a otras personas.
Me recuerda todas las veces que, habiéndome hecho a la idea de comer en la oficina, no podía dejar de ofrecer el contenido desabrido e impresentable de mi recipiente de plástico a cuanta gente estuviera alrededor mío. Obviamente, la mayoría me miraban con suspicacia y decían que no casi ofendidos. Uno que no sabía cómo reaccionar prefería decirme siempre que sí. Y aunque a mí misma me sorprendía un poco que alguien aceptara lo que yo ofrecía más por cortesía que por afán de multiplicar los panes y los peces, hasta la fecha me pone de buenas darle a Daniel manzanas, galletas, zanahorias, apio crudo, couscous con verduras. Es que nunca me acostumbré a la idea de que en el nuevo país la comida sea propiedad privada.
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Una vez fui a una fiesta donde cada quien llevaba un platillo de su país. Yo llevé una modesta aportación de molletes chiquitos. Los molletes, queridos argentinos, son bolillos, o sea pan francés (que no es como nuestro pan francés, queridos mexicanos) untado con frijoles -o sea porotos, argentinos- y gratinados con queso -o sea, pues, gratinados con queso. Como no tuve tiempo de hacer una salsa, llevé una lata de chiles chipotles La Morena, que como todo oaxaqueño sabe, son los mejores chiles chipotles de lata que hayan existido. A la mitad de la cena dos locales se involucraron en un concurso que consistía en comerse la mayor cantidad de chiles chipotles sin llorar. Un segundo concurso igualmente grotesco lo ganaba el que podía comer más tuinkis en menos tiempo. Me sentí un poco culpable de no encontrarle la gracia a lo que me parecieron los dos concursos más estúpidos del mundo. Creo que en ese momento no significaron nada, pero mucho tiempo después encajan muy naturalmente en el paisaje cultural que se ha ido revelando en los últimos tres años: en el nuevo país, incluso comer es competencia.
(1) Sólo porque por respeto a los lectores no me gusta hacer generalizaciones lingüísticas pseudo-científicas, pero me gusta pensar que no es casualidad que en el idioma de este país no haya una palabra para "compañero" -el que comparte el pan-, ni para "comensal" -el que comparte la mesa-.
Este no es un blog de ficción, pero sobre todo no es un blog de verdad. Todo lo narrado ha sido sujeto a exageración. Aunque a veces ni tanto.
April 22, 2009
Etnografía de la comida en un lugar sin comensales
April 13, 2009
Historias de dos completos desconocidos y un libro II
Taras
El Q es mi metro favorito porque cruza el río por el puente Manhattan, desde donde se ve, hacia el sur, el puente de Brooklyn y hacia el norte el de Williamsburg. Y porque es de los pocos lugares donde se ven carteles en chino al lado de carteles en ruso: pasa por Canal y va hasta Brighton Beach. Se suben y bajan chinos, rusos, antillanos, ucranianos, polacos. Hoy viaja adentro una multitud y estamos todos a cinco centímetros del otro.
A mí esta vez las peripecias del transporte público en fin de semana me tienen sin cuidado porque estoy conociendo en el libro que me dió Leonor la estación de tren de Sárszeg en una tarde de 1899, donde un par de ancianos van a despedir a su hija Alondra, esa pobre mujer feísima que nunca ha salido de su casa por más de un día. Pero se me están clavando unos ojos en el hombro. Es un hombre de más de cincuenta años, que no me deja de ver. Le devuelvo la mirada y me sigue viendo fijo. Nos estamos viendo descaradamente a los ojos sin que ninguno le quite la vista de encima al otro. Como no me dice nada, no me queda más que retarlo con mi más arisco "¿Qué me ves?". Y el hombre me sonríe con sus ojos acuosos y cansados a cambio de no tener respuesta.
Regreso a Alondra pero sé que me este hombre me quiere decir algo. Está viendo mi libro, porque es deporte nacional curiosear en el metro lo que leen las demás personas. Así que volteo a verlo de nuevo para que de una vez me diga lo que tenga que decir. Y lo aprovecha: -¿Eres polaca? -No. -¿De Lituania? -No. -¿Croacia? ¿Eslovaquia? ¿Rumania? -No. No. No. (¿Qué este señor estará ciego?) -¿En qué idioma está tu libro? se rinde. -En español, le contesto. Y por supuesto, se queda desconcertado. -El nombre es húngaro, pero el libro está traducido al español.
-I'm Ukrainian. I'm a truck driver- me dice con un acento espeso, consonántico, y con un orgullo que remarcaba en cada erre y remataba con la sonrisa amarilla y el gesto de darse palmaditas en el pecho, repitiendo: Truck driver. Big truck. Forty eight states. I drive all over the country.
- ... Llevo cinco años aquí (...) Mi hija estudia arquitectura en Ucrania, me viene a visitar en Julio (...) Tú debes ser rica, porque los mexicanos que yo conozco trabajan mucho, mucho (...) Sin mexicanos, la economía americana -hace la seña del dedo pulgar hacia abajo- (...) En Ucrania, la economía está muy mal, no hay trabajos (...) Si regreso, será en otros tres años al menos, cuando mis hijos acaben la universidad (...) Me llamo Taras. (...) My English not is perfect (...) Vivo en Brooklyn, pero viajo por todo el país, cuarenta y ocho estados, todos menos Hawai y Alaska (...)
La historia de Taras es una historia traída desde muy lejos sólo para ser tan familiar como la de tantos otros desconocidos. Me imagino su vida de soltero viejo en un cuarto sucio de Brighton Beach, el cuarto que arregla y pone bonito para las visitas de su hija en los veranos. Casi lo puedo ver cenando solo su comida fría, comprada en el cenadero mugriento de la esquina el día anterior. En ciertos aspectos todos los solteros somos iguales. Llegamos de noche a un lugar donde nadie nos espera. Y el día que alguien llega a visitarnos, cocinamos y compramos flores y ponemos lindo nuestro rincón sin nadie.
---
Será porque uno nunca espera demasiado, y porque en veinte minutos no hay tiempo para decepciones. Será porque se esfuman en un segundo y nunca duelen cuando se ausentan. Será por que son tan flagrantemente humanos, pero los desconocidos me despiertan un afecto inexplicable. Un cariño quizás morboso, pero a fin de cuentas desinteresado. Sin duda el afecto más grande que uno pueda llegar a tener.
El Q es mi metro favorito porque cruza el río por el puente Manhattan, desde donde se ve, hacia el sur, el puente de Brooklyn y hacia el norte el de Williamsburg. Y porque es de los pocos lugares donde se ven carteles en chino al lado de carteles en ruso: pasa por Canal y va hasta Brighton Beach. Se suben y bajan chinos, rusos, antillanos, ucranianos, polacos. Hoy viaja adentro una multitud y estamos todos a cinco centímetros del otro.
A mí esta vez las peripecias del transporte público en fin de semana me tienen sin cuidado porque estoy conociendo en el libro que me dió Leonor la estación de tren de Sárszeg en una tarde de 1899, donde un par de ancianos van a despedir a su hija Alondra, esa pobre mujer feísima que nunca ha salido de su casa por más de un día. Pero se me están clavando unos ojos en el hombro. Es un hombre de más de cincuenta años, que no me deja de ver. Le devuelvo la mirada y me sigue viendo fijo. Nos estamos viendo descaradamente a los ojos sin que ninguno le quite la vista de encima al otro. Como no me dice nada, no me queda más que retarlo con mi más arisco "¿Qué me ves?". Y el hombre me sonríe con sus ojos acuosos y cansados a cambio de no tener respuesta.
Regreso a Alondra pero sé que me este hombre me quiere decir algo. Está viendo mi libro, porque es deporte nacional curiosear en el metro lo que leen las demás personas. Así que volteo a verlo de nuevo para que de una vez me diga lo que tenga que decir. Y lo aprovecha: -¿Eres polaca? -No. -¿De Lituania? -No. -¿Croacia? ¿Eslovaquia? ¿Rumania? -No. No. No. (¿Qué este señor estará ciego?) -¿En qué idioma está tu libro? se rinde. -En español, le contesto. Y por supuesto, se queda desconcertado. -El nombre es húngaro, pero el libro está traducido al español.
-I'm Ukrainian. I'm a truck driver- me dice con un acento espeso, consonántico, y con un orgullo que remarcaba en cada erre y remataba con la sonrisa amarilla y el gesto de darse palmaditas en el pecho, repitiendo: Truck driver. Big truck. Forty eight states. I drive all over the country.
- ... Llevo cinco años aquí (...) Mi hija estudia arquitectura en Ucrania, me viene a visitar en Julio (...) Tú debes ser rica, porque los mexicanos que yo conozco trabajan mucho, mucho (...) Sin mexicanos, la economía americana -hace la seña del dedo pulgar hacia abajo- (...) En Ucrania, la economía está muy mal, no hay trabajos (...) Si regreso, será en otros tres años al menos, cuando mis hijos acaben la universidad (...) Me llamo Taras. (...) My English not is perfect (...) Vivo en Brooklyn, pero viajo por todo el país, cuarenta y ocho estados, todos menos Hawai y Alaska (...)
La historia de Taras es una historia traída desde muy lejos sólo para ser tan familiar como la de tantos otros desconocidos. Me imagino su vida de soltero viejo en un cuarto sucio de Brighton Beach, el cuarto que arregla y pone bonito para las visitas de su hija en los veranos. Casi lo puedo ver cenando solo su comida fría, comprada en el cenadero mugriento de la esquina el día anterior. En ciertos aspectos todos los solteros somos iguales. Llegamos de noche a un lugar donde nadie nos espera. Y el día que alguien llega a visitarnos, cocinamos y compramos flores y ponemos lindo nuestro rincón sin nadie.
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Será porque uno nunca espera demasiado, y porque en veinte minutos no hay tiempo para decepciones. Será porque se esfuman en un segundo y nunca duelen cuando se ausentan. Será por que son tan flagrantemente humanos, pero los desconocidos me despiertan un afecto inexplicable. Un cariño quizás morboso, pero a fin de cuentas desinteresado. Sin duda el afecto más grande que uno pueda llegar a tener.
April 11, 2009
Historias de dos completos desconocidos y un libro I
No sé cómo empezar. Voy a empezar en un avión. Pensando en volar. Viendo los aviones despegar y consumar en unos segundos el sueño que la humanidad acarició durante milenios. Volar es un milagro. Y pienso en la razón que tenía Larisa cuando dijo: "Sólo el proyecto de occidente tuvo la capacidad de hacer de volar algo tedioso". Me sudan las manos. Con los años, las alturas me dan cada vez más miedo. Pienso mucho en cómo sería mi muerte si sucede en este avión. Sólo espero que no sea dolorosa, pero ya me duele sólo de pensar en ella. Y aunque me va a dar mucho gusto no volver a ver a mi asesora, ya extraño al mundo y a mis amigos y pienso que no me quiero morir. Inmediatamente me da tristeza pensar que aunque no me muera este día de cualquier manera todos nos estamos muriendo. Creo que lo último que haría, llegado el caso de una catástrofe, sería abrazar a mi compañero de asiento. Lo más importante del último momento de la vida debe ser permanecer siendo humano. Algo así. No morir como cosa. Morir agarrado de algún cariño, aunque sea el de un desconocido -que es, ahora que lo pienso, el afecto más grande que uno pueda tener.
Leonor
Yo no suelo conocer gente interesante en los aviones, y en general me aburren las historias de vecinos de asiento. Pero Leonor estaba a punto de golpearme la cabeza al bajar su maleta del compartimiento ése de arriba y después de decir "perdón" me preguntó de dónde era. Así surgió nuestra intensa amistad de veinte minutos. Supe que tiene un hijo en Iowa, que el hijo tiene ventidós años y muchos problemas. Tanto así que ameritó el viaje de Leonor desde Ecuador -aunque ella en realidad es peruana- para venir a pasar un tiempo a acompañarlo. Leonor está casada con un yugoslavo y habla serbio. Le parece inaudito que alguien aprenda quechua en un salón de clases. Por eso le caí bien y cuando nos despedimos me regaló un libro.
Tengo que abrir este paréntesis para confesar que un tiempo odiaba que me regalaran libros. Incluso tuve que hacer la petición explícita a mis amigos de que, por favor, no me dieran ni un libro más, a mí, que me gustan tanto los discos piratas de Michael Jackson, los aretes de colores, los tés de sabores, y los libros prestados. Todos los libros del mundo deberían circular de mano en mano en cuanto acaben de ser leídos, o bien vivir en bibliotecas públicas. Por eso no me gustan los libros regalados: siento la obligación moral de guardarlos conmigo para siempre, y eso es algo que uno nunca debiera hacer, porque es una cosa horrible un libro con dueño. Bueno, el caso es que Leonor me regaló éste que estoy leyendo ahora. Y por primera vez en mucho tiempo me brillaron los ojos cuando ví lo que me estaba dando.
El autor es Dezso Kosztolányi y la novelita se llama Alondra. Soy una completa ignorante de la cultura húngara, y estoy segura de que el punto más alejado de mi corazón está en algún lugar de Europa del Este. Pero no bien me despedí de Leonor, me puse a leerlo. No sé si es grandioso, pero es muy bueno. Sobre todo porque trata de la muerte constante e inminente, esa en la que tanto pensaba yo mientras me entristecía con las manos llenas de sudor en el avión.
(sigue: Taras)
Leonor
Yo no suelo conocer gente interesante en los aviones, y en general me aburren las historias de vecinos de asiento. Pero Leonor estaba a punto de golpearme la cabeza al bajar su maleta del compartimiento ése de arriba y después de decir "perdón" me preguntó de dónde era. Así surgió nuestra intensa amistad de veinte minutos. Supe que tiene un hijo en Iowa, que el hijo tiene ventidós años y muchos problemas. Tanto así que ameritó el viaje de Leonor desde Ecuador -aunque ella en realidad es peruana- para venir a pasar un tiempo a acompañarlo. Leonor está casada con un yugoslavo y habla serbio. Le parece inaudito que alguien aprenda quechua en un salón de clases. Por eso le caí bien y cuando nos despedimos me regaló un libro.
Tengo que abrir este paréntesis para confesar que un tiempo odiaba que me regalaran libros. Incluso tuve que hacer la petición explícita a mis amigos de que, por favor, no me dieran ni un libro más, a mí, que me gustan tanto los discos piratas de Michael Jackson, los aretes de colores, los tés de sabores, y los libros prestados. Todos los libros del mundo deberían circular de mano en mano en cuanto acaben de ser leídos, o bien vivir en bibliotecas públicas. Por eso no me gustan los libros regalados: siento la obligación moral de guardarlos conmigo para siempre, y eso es algo que uno nunca debiera hacer, porque es una cosa horrible un libro con dueño. Bueno, el caso es que Leonor me regaló éste que estoy leyendo ahora. Y por primera vez en mucho tiempo me brillaron los ojos cuando ví lo que me estaba dando.
El autor es Dezso Kosztolányi y la novelita se llama Alondra. Soy una completa ignorante de la cultura húngara, y estoy segura de que el punto más alejado de mi corazón está en algún lugar de Europa del Este. Pero no bien me despedí de Leonor, me puse a leerlo. No sé si es grandioso, pero es muy bueno. Sobre todo porque trata de la muerte constante e inminente, esa en la que tanto pensaba yo mientras me entristecía con las manos llenas de sudor en el avión.
(sigue: Taras)
March 28, 2009
Postales breves de cuatro mundos IV
María
María se llama Meredith. Pero todos le decimos María, que es como se autonombró cuando llegó a México. La casa de María está en una isla antillana en Brooklyn, pero por dentro está en Cuernavaca. Al menos así me lo parece porque lo primero que vi cuando puse en el suelo mis maletas fue una hoja de contacto con fotos de Larisa y de Maria Luisa en la playa. Y porque hablamos sobre gente que conozco desde hace más de quince años, y recuperamos anécdotas olvidadas del Café Arte, de la plazuela, de los amigos viejos.
María en su hábitat se comporta como todo ser humano neoyorquino: con prisa en la mañana y con suavidad por la noche. Café y manzanilla con unas horas de separación. Si se sienta a descansar, es guayaba y alterna inglés con eslang mexicano en la misma oración. Este último detalle es importantísimo y no debe ser pasado por alto.
"Mi patria es mi idioma" es un lugar común que le han achacado a varios escritores -que Camus, que Pessoa, que Fernando Vallejo... A mí no me importa quién la haya dicho porque de cualquier manera no les creo: mi idioma tiene quinientos millones de hablantes y la patria me importa un carajo. Lo que sí sé es que mi casa es mi eslang, y esto todavía más cierto cuando estoy lejos de casa. Mi casa es el lugar donde dicen "chido", y donde dicen "no mames", "pinche terco" y donde dicen "Larisa", "Jimmy", "Camilo", que no sólo son gente, son también palabras que sólo pocos entendemos.
Lo increible de los seres humanos es que no importa cuánto tiempo pase, no los acaba uno de conocer. Le puedo apostar un peso a todos los zoólogos del mundo que ningún animal es tan complejo, tan cambiante, tan difícil de describir.
María se llama Meredith. Pero todos le decimos María, que es como se autonombró cuando llegó a México. La casa de María está en una isla antillana en Brooklyn, pero por dentro está en Cuernavaca. Al menos así me lo parece porque lo primero que vi cuando puse en el suelo mis maletas fue una hoja de contacto con fotos de Larisa y de Maria Luisa en la playa. Y porque hablamos sobre gente que conozco desde hace más de quince años, y recuperamos anécdotas olvidadas del Café Arte, de la plazuela, de los amigos viejos.
María en su hábitat se comporta como todo ser humano neoyorquino: con prisa en la mañana y con suavidad por la noche. Café y manzanilla con unas horas de separación. Si se sienta a descansar, es guayaba y alterna inglés con eslang mexicano en la misma oración. Este último detalle es importantísimo y no debe ser pasado por alto.
"Mi patria es mi idioma" es un lugar común que le han achacado a varios escritores -que Camus, que Pessoa, que Fernando Vallejo... A mí no me importa quién la haya dicho porque de cualquier manera no les creo: mi idioma tiene quinientos millones de hablantes y la patria me importa un carajo. Lo que sí sé es que mi casa es mi eslang, y esto todavía más cierto cuando estoy lejos de casa. Mi casa es el lugar donde dicen "chido", y donde dicen "no mames", "pinche terco" y donde dicen "Larisa", "Jimmy", "Camilo", que no sólo son gente, son también palabras que sólo pocos entendemos.
Lo increible de los seres humanos es que no importa cuánto tiempo pase, no los acaba uno de conocer. Le puedo apostar un peso a todos los zoólogos del mundo que ningún animal es tan complejo, tan cambiante, tan difícil de describir.
March 26, 2009
Postales breves de cuatro mundos III
Antonio
–Yo no me hallo aquí. Llevo tres años. Pero no me gusta.
–¿Y qué es lo que no te gusta?
–No sé. Pero no me gusta nadita. No me hallo.
Antonio trabajaba en la construcción. Un día la empresa quebró y se quedó en la calle. Y ahí estaba, parado en la banqueta, cuando pasó VanMan, que a través de la ventanilla de su camioneta le preguntó en inglés:
–¿Hablas inglés?
–Sí.
–¿Quieres trabajo? Antonio nomás movió la cabeza diciendo que sí.
–Súbete, le dijo entonces Frankie. Y desde la semana pasada anda con él en la camioneta de mudanzas.
En una de las veces que VanMan interrumpió la apología de Diamond para contestar el teléfono, Antonio me dijo: –Yo también tenía un perrito. Pero chiquito –lo dice haciendo la mano una cucharita invertida, bajándola hacia el suelo de la camioneta. –Un chihuahua. –¿Y qué le pasó? le pregunto yo. –Se lo regalé a una muchacha que me dijo “ay qué bonito perrito” y que le digo “llévatelo” le digo, y que se lo lleva.
–...
–Sí, yo ya en diciembre me regreso, aquí no me gusta. ¿Apoco a tí sí te gusta?
–Pues no mucho, tampoco.
–¿Y no te quieres regresar?
–Sí, Antonio. Todos los días quiero regresar.
–...
Ya terminamos de subir las cosas en la casa de María, que es donde vivo temporalmente ahora. Estamos a punto de despedirnos y yo de pagarle a Frankie en la banqueta. Antonio voltea a un lado y otro de la calle y estima en voz alta: “Hay mucho moreno”. En algunos lugares los latinos, o sea los morenos, se refieren a los negros como ‘morenos’. A los morenos no sé cómo nos dirán. En esa observación de Antonio entiendo su “no me hallo”: es la incomodidad de ser permanentemente extranjero, de no poder descansar de esa labor ingrata de ser ajeno. Vivir con una identidad impuesta desde fuera, por oposición, ser definido por lo que uno no es, que es una definición infinita. Pertenecer de golpe a una raza que uno no sabía ni que existía: Hispanic. Andar todo el día con la sensación de traer unos zapatos apretados, pero no en los pies, sino en otro lugar más abstracto. Porque, como me dijo Andrea alguna vez, con el respaldo de no sé cuántas experiencias: en este país ser mexicano no es neutral.
–Yo no me hallo aquí. Llevo tres años. Pero no me gusta.
–¿Y qué es lo que no te gusta?
–No sé. Pero no me gusta nadita. No me hallo.
Antonio trabajaba en la construcción. Un día la empresa quebró y se quedó en la calle. Y ahí estaba, parado en la banqueta, cuando pasó VanMan, que a través de la ventanilla de su camioneta le preguntó en inglés:
–¿Hablas inglés?
–Sí.
–¿Quieres trabajo? Antonio nomás movió la cabeza diciendo que sí.
–Súbete, le dijo entonces Frankie. Y desde la semana pasada anda con él en la camioneta de mudanzas.
En una de las veces que VanMan interrumpió la apología de Diamond para contestar el teléfono, Antonio me dijo: –Yo también tenía un perrito. Pero chiquito –lo dice haciendo la mano una cucharita invertida, bajándola hacia el suelo de la camioneta. –Un chihuahua. –¿Y qué le pasó? le pregunto yo. –Se lo regalé a una muchacha que me dijo “ay qué bonito perrito” y que le digo “llévatelo” le digo, y que se lo lleva.
–...
–Sí, yo ya en diciembre me regreso, aquí no me gusta. ¿Apoco a tí sí te gusta?
–Pues no mucho, tampoco.
–¿Y no te quieres regresar?
–Sí, Antonio. Todos los días quiero regresar.
–...
Ya terminamos de subir las cosas en la casa de María, que es donde vivo temporalmente ahora. Estamos a punto de despedirnos y yo de pagarle a Frankie en la banqueta. Antonio voltea a un lado y otro de la calle y estima en voz alta: “Hay mucho moreno”. En algunos lugares los latinos, o sea los morenos, se refieren a los negros como ‘morenos’. A los morenos no sé cómo nos dirán. En esa observación de Antonio entiendo su “no me hallo”: es la incomodidad de ser permanentemente extranjero, de no poder descansar de esa labor ingrata de ser ajeno. Vivir con una identidad impuesta desde fuera, por oposición, ser definido por lo que uno no es, que es una definición infinita. Pertenecer de golpe a una raza que uno no sabía ni que existía: Hispanic. Andar todo el día con la sensación de traer unos zapatos apretados, pero no en los pies, sino en otro lugar más abstracto. Porque, como me dijo Andrea alguna vez, con el respaldo de no sé cuántas experiencias: en este país ser mexicano no es neutral.
March 21, 2009
Postales breves de cuatro mundos II
Frankie
-Van Man (...) My name is Frankie and I will be there to pick you up at 10 in the morning.
Así me prometió una voz de hombre aguda y nasal en el teléfono y a las diez en punto ya estaba tocando la puerta. Ocho minutos más tarde ya estaban todas las cosas en la camioneta, gracias a la agilidad de Frankie y “su muchacho”: Anthony. Anthony se llama Antonio y es de Jalisco.
En el camino Frankie saca de la visera una foto de su perro, Diamond, que murió hace un año. Frankie me cuenta toda la historia del perro, desde cómo lo consiguió de cachorrito como un regalo para un ex-novio suyo que terminó enganchado en la cocaína (con un oscuro paréntesis de varios semáforos donde narraba la vida del ex-novio cuya familia pertenecía a un culto, y cuyo padre fue encarcelado, no por evasión de impuestos, sino por haber golpeado a un niño hasta matarlo), hasta los últimos días que vivió Diamond, ciego, artrítico e incontinente, y cómo el mismo Frankie terminó durmiendo en el suelo con tal de dormir junto a su amado perro que ya no podía subirse ni a una colchoneta de seis pulgadas de alto. Dice que lo más difícil sigue siendo llegar a su casa sin que lo reciba Diamond en la puerta. En el semáforo en alto besa la foto del pitbull ciego.
-A veces lloro todavía- me dijo, llorando. Frecuentemente interrumpía la plática para contestar el celular: -VanMan- y hacía una cita para mañana, para pasado mañana. Durante esas interrupciones Anthony, a mi lado derecho, me habla en español, me explica innecesariamente:
-Es que quería mucho a su perrito.
(sigue: Antonio)
-Van Man (...) My name is Frankie and I will be there to pick you up at 10 in the morning.
Así me prometió una voz de hombre aguda y nasal en el teléfono y a las diez en punto ya estaba tocando la puerta. Ocho minutos más tarde ya estaban todas las cosas en la camioneta, gracias a la agilidad de Frankie y “su muchacho”: Anthony. Anthony se llama Antonio y es de Jalisco.
En el camino Frankie saca de la visera una foto de su perro, Diamond, que murió hace un año. Frankie me cuenta toda la historia del perro, desde cómo lo consiguió de cachorrito como un regalo para un ex-novio suyo que terminó enganchado en la cocaína (con un oscuro paréntesis de varios semáforos donde narraba la vida del ex-novio cuya familia pertenecía a un culto, y cuyo padre fue encarcelado, no por evasión de impuestos, sino por haber golpeado a un niño hasta matarlo), hasta los últimos días que vivió Diamond, ciego, artrítico e incontinente, y cómo el mismo Frankie terminó durmiendo en el suelo con tal de dormir junto a su amado perro que ya no podía subirse ni a una colchoneta de seis pulgadas de alto. Dice que lo más difícil sigue siendo llegar a su casa sin que lo reciba Diamond en la puerta. En el semáforo en alto besa la foto del pitbull ciego.
-A veces lloro todavía- me dijo, llorando. Frecuentemente interrumpía la plática para contestar el celular: -VanMan- y hacía una cita para mañana, para pasado mañana. Durante esas interrupciones Anthony, a mi lado derecho, me habla en español, me explica innecesariamente:
-Es que quería mucho a su perrito.
(sigue: Antonio)
March 20, 2009
Postales breves de cuatro mundos I
Casi siempre digo que no me gustan las fiestas porque no me interesa conocer gente nueva. Pero es mentira. Hay a quienes no les gustan los zoológicos y no porque no les gusten los animales, sino precisamente por la razón contraria: porque los animales les gustan libres, en su hábitat, haciendo animaladas, y no encerrados caminando de un lado a otro sin saber qué hacer o no haciendo nada.
Yo odio las situaciones sociales diseñadas expresamente para que la gente “se conozca”: las fiestas, las autopresentaciones, las reuniones académicas, los bares. Las odio por fallidas, porque la gente no puede conocerse en un lugar donde todos están encerrados caminando de un lado a otro sin saber qué hacer o no haciendo nada. Es como ver a un tigre enjaulado pero con un trago en la mano. Cada vez que me invitan a una reunión donde va a haber personas que no conozco, rechazo la invitación como rechazaría una cacatúa un paseo por el apiario de Zacango. Nunca voy. Y no porque no me interese socializar. Lo que pasa es que a mí los humanos no me gustan en exhibiciones. Me gustan libres, en su hábitat, haciendo lo que hacen los humanos: trabajar o descansar, siendo lo que son.
Para no ir más lejos, esta semana conocí o reconocí a cuatro personas interesantísimas. Intrigantemente comunes y corrientes. Y de cada una quise escribir un pequeña postal de viaje.
Matar
El martes fue uno de los días más singulares de mi vida. Conocí a Aoua y Abou, una pareja de Senegal y su hijo de dos años, Matar (así se escribe, pero así no se pronuncia, por lo que su nombre suena bonito y no tiene nada que ver con el verbo español que parece que es). Los conocí comiendo pollo rostizado en una cena muy modesta en nuestra casa. Matar me habla en francés de bebé exclusivamente. Yo entiendo poco a los bebés, y a los que balbucean francés, menos aún. Desesperado ante mis recurrentes gestos y notentiendos, Matar decidió hablarme en español, con el corto vocabulario que pudo acumular en los pocos minutos de hablar conmigo: ‘Hola’. ‘Goyo’ -en seguida supo que hacer referencia al oso de peluche era un buen tema para romper el hielo. ‘Ba-bai’; ‘Tei-ker’. Lo último me lo dijo en inglés, cuando quiso dar por terminada la conversación que a puros holas sabía que no nos iba a llevar muy lejos. Matar y yo hicimos muy buenos amigos un día antes de que yo saliera de la casa con todas mis cosas. Nos reímos a carcajadas. Saltamos en el colchón. Nos entendimos bien a pesar de la escasez de vocabulario común. Nos abrazamos al despedirnos. Yo no debí haber ni cruzado la puerta del edificio cuando Matar seguro ya me había olvidado.
(sigue: Frankie)
Yo odio las situaciones sociales diseñadas expresamente para que la gente “se conozca”: las fiestas, las autopresentaciones, las reuniones académicas, los bares. Las odio por fallidas, porque la gente no puede conocerse en un lugar donde todos están encerrados caminando de un lado a otro sin saber qué hacer o no haciendo nada. Es como ver a un tigre enjaulado pero con un trago en la mano. Cada vez que me invitan a una reunión donde va a haber personas que no conozco, rechazo la invitación como rechazaría una cacatúa un paseo por el apiario de Zacango. Nunca voy. Y no porque no me interese socializar. Lo que pasa es que a mí los humanos no me gustan en exhibiciones. Me gustan libres, en su hábitat, haciendo lo que hacen los humanos: trabajar o descansar, siendo lo que son.
Para no ir más lejos, esta semana conocí o reconocí a cuatro personas interesantísimas. Intrigantemente comunes y corrientes. Y de cada una quise escribir un pequeña postal de viaje.
Matar
El martes fue uno de los días más singulares de mi vida. Conocí a Aoua y Abou, una pareja de Senegal y su hijo de dos años, Matar (así se escribe, pero así no se pronuncia, por lo que su nombre suena bonito y no tiene nada que ver con el verbo español que parece que es). Los conocí comiendo pollo rostizado en una cena muy modesta en nuestra casa. Matar me habla en francés de bebé exclusivamente. Yo entiendo poco a los bebés, y a los que balbucean francés, menos aún. Desesperado ante mis recurrentes gestos y notentiendos, Matar decidió hablarme en español, con el corto vocabulario que pudo acumular en los pocos minutos de hablar conmigo: ‘Hola’. ‘Goyo’ -en seguida supo que hacer referencia al oso de peluche era un buen tema para romper el hielo. ‘Ba-bai’; ‘Tei-ker’. Lo último me lo dijo en inglés, cuando quiso dar por terminada la conversación que a puros holas sabía que no nos iba a llevar muy lejos. Matar y yo hicimos muy buenos amigos un día antes de que yo saliera de la casa con todas mis cosas. Nos reímos a carcajadas. Saltamos en el colchón. Nos entendimos bien a pesar de la escasez de vocabulario común. Nos abrazamos al despedirnos. Yo no debí haber ni cruzado la puerta del edificio cuando Matar seguro ya me había olvidado.
(sigue: Frankie)
March 15, 2009
Nadie sabe lo que tiene hasta que lo empaca
El título es un dicho que le aprendí a Oscar. Viene al caso porque me estoy mudando. Esto no quiere decir que durante los últimos cinco días haya estado acarreando muebles y volando pianos de cola, porque no tengo nada de eso. 'Me estoy mudando' quiere decir: ya no vivo en un lugar y todavía no vivo en otro, pero tampoco vivo en la calle. También quiere decir que he pasado la última semana tomando decisiones importantísimas, por lo irreversibles: esta bufanda multiusos que me regaló mi tía, ¿se va o se queda? los zapatos carísimos que compré hace dos años y que usé sólo una vez porque demasiado tarde me dí cuenta de que parecían botitas de El Borceguí ¿los empaco una vez más o se van a la tienda de caridad donde por cierto compré estos guantes que jamás me puse porque ya comprados me dieron mucho asco? Cada objeto insignificante pasa por un escrutinio riguroso: el desodorante viejo, el cangurito de hule, los cinco juegos de costura para emergencias, la caja de curitas, el arete sin par, la esperanza de encontrar el par de ese arete.
Empacar no es sólo ahorrar espacio y tomar decisiones. Tomar decisiones en la mudanza es revivir el pasado y adivinar el futuro, imaginarse las necesidades más remotas por venir: ¿no será que algún día me lastime la pantorrilla jugando futbol y necesite desesperadamente esta pomada de árnica que estoy a punto de tirar? ¿qué tal si la hija que no tengo y que no sé si voy a tener, a los diesciséis años quiere usar mi ropa como yo usaba la que mi mamá conservó en un veliz desde 1974 hasta que yo me la acabé de tanto ponérmela? Empacar implica sopesar las falsas esperanzas y distinguirlas de las verdaderas: nunca se ha dado el caso de que, pasados los treinta, uno quepa en los pantalones que usó a los venticinco. Empacar es terminar por admitir que la mudanza tuvo lugar mucho antes, sin maletas de por medio y sin que nos diéramos cuenta, de modo que el que hace un par de años usaba nuestras cosas ya no es el mismo que el que ahora las está guardando en cajas.
El valor sentimental de las cosas (la brújula de mi abuela, la bolsita chiapaneca que me regaló mi hermano) se encuentra por fin con un estándar objetivo de medición: el espacio que ocupa y el esfuerzo de arrastrarlo cinco pisos abajo y cinco pisos arriba, sin elevador, junto a 85 kilos más de cosas estrictamente útiles, como ropa de cama, abrigos pesados de invierno, documentos de identidad. Cuando empaco me doy cuenta de lo mucho que me importan mis amigos y lo poco que me importan mis exnovios.
Quisiera tener un alma minimalista, pero nací con el corazón barroco y hasta churrigueresco. Si no fuera porque nunca lloro, diría que las mudanzas por muy poco me hacen llorar.
Empacar no es sólo ahorrar espacio y tomar decisiones. Tomar decisiones en la mudanza es revivir el pasado y adivinar el futuro, imaginarse las necesidades más remotas por venir: ¿no será que algún día me lastime la pantorrilla jugando futbol y necesite desesperadamente esta pomada de árnica que estoy a punto de tirar? ¿qué tal si la hija que no tengo y que no sé si voy a tener, a los diesciséis años quiere usar mi ropa como yo usaba la que mi mamá conservó en un veliz desde 1974 hasta que yo me la acabé de tanto ponérmela? Empacar implica sopesar las falsas esperanzas y distinguirlas de las verdaderas: nunca se ha dado el caso de que, pasados los treinta, uno quepa en los pantalones que usó a los venticinco. Empacar es terminar por admitir que la mudanza tuvo lugar mucho antes, sin maletas de por medio y sin que nos diéramos cuenta, de modo que el que hace un par de años usaba nuestras cosas ya no es el mismo que el que ahora las está guardando en cajas.
El valor sentimental de las cosas (la brújula de mi abuela, la bolsita chiapaneca que me regaló mi hermano) se encuentra por fin con un estándar objetivo de medición: el espacio que ocupa y el esfuerzo de arrastrarlo cinco pisos abajo y cinco pisos arriba, sin elevador, junto a 85 kilos más de cosas estrictamente útiles, como ropa de cama, abrigos pesados de invierno, documentos de identidad. Cuando empaco me doy cuenta de lo mucho que me importan mis amigos y lo poco que me importan mis exnovios.
Quisiera tener un alma minimalista, pero nací con el corazón barroco y hasta churrigueresco. Si no fuera porque nunca lloro, diría que las mudanzas por muy poco me hacen llorar.
February 21, 2009
Tones para los preguntones
Cuando alguien hace una pregunta, no hay nada más difícil que resistirse a contestarla. Un profesor decía que hay una fuerza inexplicable que nos obliga a contestar cuanta pregunta se nos ponga enfrente. Esa fuerza misteriosa la definió un filósofo en los setentas como "El Principio de Cooperación". A mí, por ejemplo, me cuesta trabajo incluso no contestar preguntas que no me dirigieron. Cuando tengo una respuesta, siento un impulso irrefrenable de meterme donde no me llaman.
Admiro mucho a la gente que contesta "no sé" cuando le preguntan algo. Yo no puedo: es sumamente poco cooperativo. Lo considero casi una agresión. Mi abuelita decía que en el DF uno distingue a un chilango porque son los que siempre se niegan a dar las direcciones:
-Disculpe, ¿el metro Garibaldi?
-Nosé.
Según ella, un provinciano contestaría:
-Hiiijole... (pausa) mmmm... (voltea para un lado y otro) nooo, la verdad, señorita, no soy de aquí. Pero mire: ¿ve ese puesto de periódicos? (señala puesto de periódicos en la lejanía). Ahí pregunte.
Error de provinciano. Los de los puestos de periódicos nunca contestan esas preguntas (según la teoría de mi abuelita, porque son chilangos, y por lo tanto, sólo pueden contestar "nosé", aunque mientan). Una vez vi un puesto de periódicos que de plano tenía un letrero: "No se dan direcciones".
La teoría de mi abuelita está mal. Lo que yo he encontrado en el DF es una obediencia al Principio de Cooperación que raya en lo insano, y que dejaría perplejo incluso al filósofo que se inventó el término. Ese exceso de cooperación es la razón detrás de tanto extraviado en la Ciudad de México. Aquí invito a los lectores a que experimenten con el siguiente practi-tip ociolingüístico:
Primer practi-tip ociolingüístico de hoy:
1. Andando por la calle, ponga cara de extraviado y preguntele al primer transeúnte:
-Disculpe, ¿el metro Tribunales?
2. Tomando en cuenta que en el DF no hay ninguna estación de metro que se llame "Tribunales", registre las reacciones de sus informantes. Mi hipótesis es la siguiente: El entrevistado sabe que el metro Tribunales no existe. Pero eso no es lo que le va a contestar. En cambio, le va a dar direcciones exactas para llegar a al lugar donde él cree que estaría el metro Tribunales si existiera.
3. Considere todas las variables demográficas que pueden incidir en la prolijidad de la respuesta: edad, sexo y preferencia sexual del entrevistado. Sexo y edad del entrevistador.
(Los lectores de otras ciudades, sobre todo de aquellas donde sí existe un Metro Tribunales, obviamente tienen que cambiar la pregunta. Por ejemplo, pregunten dónde queda el metro Balderas. Luego sigan los pasos 2. y 3.)
-----
El otro día Daniel me propuso un tema de investigación muy bueno, pero dadas las pocas posibilidades que tiene de recibir financiamiento institucional, decidí al menos convertirlo en tema de post. La pregunta es la siguiente: ¿Por qué en las preguntas que se contestan con sí o no, la gente agrega el sí o el no que espera como respuesta? A continuación cito los ejemplos de Cosío (2009 c.p.):
-¿Salsa, joven, siii? ¿verde, noo?
Un caso más drástico lo encontramos en el dialecto de Morelos, mi tierra natal. Ahi el "si" o "no" no es parte de la pregunta. Lo incluye el hablante, pero en tono afirmativo, es decir, como clara auto-respuesta. Por ejemplo, en una taquería en Morelos, la serie de preguntas de arriba se formularían como la serie de preguntas-respuestas de abajo (ojo, toda la línea es enunciada, sin pausas, por la misma persona):
-¿Salsa joven? Si. ¿Verde? No.
Y sin esperar respuesta alguna, le pone salsa roja a su taco del joven. No saben cuántas veces, ante la sentencia inapelable de "¿Verdura?Sí" me he tenido que comer mis tacos con cebolla.
A cualquiera que no sea natural de Morelos esta actitud le exaspera, sobre todo acompañada como va con la entonación característica de mi tierra que es ni más ni menos como la del Portugués Brasileño de Favela, pero sin una palabra de portugués. (Debo esta observación al gran humanista y viajero Cisco Jiménez, para quien el "sotaque" morelense fue de gran ayuda en su estancia en Saõ Paulo, donde lo reconocieron inmediatamente como uno de los suyos aunque hablara todo el tiempo en español).
----
Daniel (otra vez c.p.) se muestra intrigado por otro "sí" muy diferente que se antepone en las preguntas: "¿Sí me pasas la salsa, por favor?" y que en este caso no alude a la respuesta, sino que implica, a decir de Daniel, que ya hicieron la pregunta antes, con lo que (lo cito): "el "sí" se vuelve una especie de insistencia, quita toda la amabilidad".
No puedo evitar acordarme de una de mis vecinas teñidas de rubio en la unidad de Infonavit La Cantera (para los fóraneos, imagínense una unidad habitacional de interés social habitada por clasemedieros venidos a menos pero aspirando a más):
-Niño, ¿sí te pido de favosh que no patines aquí posh favosh?
(Cara anonadada del niño al que no dejan patinar en un espacio público)
-¿Por qué no?
-Porque lo digo yo, ¿sí? de favosh.
La hipótesis es, pues, que el "sí" en las preguntas es descortés. Yo digo que sí. Y que no. Por ejemplo, en Morelia, o al menos en el habla de mi cuñada y toda su familia, -que suma aproximadamente las 3/4 partes de la ciudad-, la manera normal de pedir algo es empezar la pregunta con "sí". Así que en casa de mi cuñada me dicen: "Violetita, sí me pasas una tortillita, por favorcito?" Al principio a mí también me parecía que me había perdido la primera vez que me habían hecho la pregunta, pero después entendí que es sólo la forma de hablar de ahí.
Más misterios: si el "sí" implica insistencia, qué es lo que implica el "no" en "¿No me pasas la salsita, por favor?" No tengo una respuesta, pero mientras tanto, podemos poner a trabajar nuestro:
Segundo Practi-tip ociolingüístico del día de hoy
Empiece todas sus preguntas con "sí", en cualquier contexto y en cualquier lugar. Esté atento a las reacciones reprobatorias:
En la escuela:
-Oiga Miss Conchita, ¿sí repite lo que acaba de decir, por favor?
En la Iglesia:
-Buenas Padre Eulogio, ¿sí me toma la confesión por favor?
Si la "r" final es sibilante, puntos extras. O sea, pronúnciela casi como "sh", como le hacía mi vecina:
El estudiante a su asesor:
-Doctor Moreno, ¿sí me da una carta de recomendación para el CONACYT, posh favosh?
En una conferencia de neurofísicos:
-Disculpe, Profesosh von Heusingskrasten: ¿sí proyecta de nuevo la plantilla 17, posh favosh?
Si tiene más preguntas sobre cómo implementar estos practi-tips ociolingüísticos, si tiene una respuesta a la pregunta ¿Por qué diablos contestamos todas las preguntas que nos hacen?, o si tiene preguntas y quiere poner a prueba mi capacidad de no contestarlas, ¿sí le pido de favor que use los tablas de comentarios a continuación, posh favosh?. Y gracias por venir.
Admiro mucho a la gente que contesta "no sé" cuando le preguntan algo. Yo no puedo: es sumamente poco cooperativo. Lo considero casi una agresión. Mi abuelita decía que en el DF uno distingue a un chilango porque son los que siempre se niegan a dar las direcciones:
-Disculpe, ¿el metro Garibaldi?
-Nosé.
Según ella, un provinciano contestaría:
-Hiiijole... (pausa) mmmm... (voltea para un lado y otro) nooo, la verdad, señorita, no soy de aquí. Pero mire: ¿ve ese puesto de periódicos? (señala puesto de periódicos en la lejanía). Ahí pregunte.
Error de provinciano. Los de los puestos de periódicos nunca contestan esas preguntas (según la teoría de mi abuelita, porque son chilangos, y por lo tanto, sólo pueden contestar "nosé", aunque mientan). Una vez vi un puesto de periódicos que de plano tenía un letrero: "No se dan direcciones".
La teoría de mi abuelita está mal. Lo que yo he encontrado en el DF es una obediencia al Principio de Cooperación que raya en lo insano, y que dejaría perplejo incluso al filósofo que se inventó el término. Ese exceso de cooperación es la razón detrás de tanto extraviado en la Ciudad de México. Aquí invito a los lectores a que experimenten con el siguiente practi-tip ociolingüístico:
Primer practi-tip ociolingüístico de hoy:
1. Andando por la calle, ponga cara de extraviado y preguntele al primer transeúnte:
-Disculpe, ¿el metro Tribunales?
2. Tomando en cuenta que en el DF no hay ninguna estación de metro que se llame "Tribunales", registre las reacciones de sus informantes. Mi hipótesis es la siguiente: El entrevistado sabe que el metro Tribunales no existe. Pero eso no es lo que le va a contestar. En cambio, le va a dar direcciones exactas para llegar a al lugar donde él cree que estaría el metro Tribunales si existiera.
3. Considere todas las variables demográficas que pueden incidir en la prolijidad de la respuesta: edad, sexo y preferencia sexual del entrevistado. Sexo y edad del entrevistador.
(Los lectores de otras ciudades, sobre todo de aquellas donde sí existe un Metro Tribunales, obviamente tienen que cambiar la pregunta. Por ejemplo, pregunten dónde queda el metro Balderas. Luego sigan los pasos 2. y 3.)
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El otro día Daniel me propuso un tema de investigación muy bueno, pero dadas las pocas posibilidades que tiene de recibir financiamiento institucional, decidí al menos convertirlo en tema de post. La pregunta es la siguiente: ¿Por qué en las preguntas que se contestan con sí o no, la gente agrega el sí o el no que espera como respuesta? A continuación cito los ejemplos de Cosío (2009 c.p.):
-¿Salsa, joven, siii? ¿verde, noo?
Un caso más drástico lo encontramos en el dialecto de Morelos, mi tierra natal. Ahi el "si" o "no" no es parte de la pregunta. Lo incluye el hablante, pero en tono afirmativo, es decir, como clara auto-respuesta. Por ejemplo, en una taquería en Morelos, la serie de preguntas de arriba se formularían como la serie de preguntas-respuestas de abajo (ojo, toda la línea es enunciada, sin pausas, por la misma persona):
-¿Salsa joven? Si. ¿Verde? No.
Y sin esperar respuesta alguna, le pone salsa roja a su taco del joven. No saben cuántas veces, ante la sentencia inapelable de "¿Verdura?Sí" me he tenido que comer mis tacos con cebolla.
A cualquiera que no sea natural de Morelos esta actitud le exaspera, sobre todo acompañada como va con la entonación característica de mi tierra que es ni más ni menos como la del Portugués Brasileño de Favela, pero sin una palabra de portugués. (Debo esta observación al gran humanista y viajero Cisco Jiménez, para quien el "sotaque" morelense fue de gran ayuda en su estancia en Saõ Paulo, donde lo reconocieron inmediatamente como uno de los suyos aunque hablara todo el tiempo en español).
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Daniel (otra vez c.p.) se muestra intrigado por otro "sí" muy diferente que se antepone en las preguntas: "¿Sí me pasas la salsa, por favor?" y que en este caso no alude a la respuesta, sino que implica, a decir de Daniel, que ya hicieron la pregunta antes, con lo que (lo cito): "el "sí" se vuelve una especie de insistencia, quita toda la amabilidad".
No puedo evitar acordarme de una de mis vecinas teñidas de rubio en la unidad de Infonavit La Cantera (para los fóraneos, imagínense una unidad habitacional de interés social habitada por clasemedieros venidos a menos pero aspirando a más):
-Niño, ¿sí te pido de favosh que no patines aquí posh favosh?
(Cara anonadada del niño al que no dejan patinar en un espacio público)
-¿Por qué no?
-Porque lo digo yo, ¿sí? de favosh.
La hipótesis es, pues, que el "sí" en las preguntas es descortés. Yo digo que sí. Y que no. Por ejemplo, en Morelia, o al menos en el habla de mi cuñada y toda su familia, -que suma aproximadamente las 3/4 partes de la ciudad-, la manera normal de pedir algo es empezar la pregunta con "sí". Así que en casa de mi cuñada me dicen: "Violetita, sí me pasas una tortillita, por favorcito?" Al principio a mí también me parecía que me había perdido la primera vez que me habían hecho la pregunta, pero después entendí que es sólo la forma de hablar de ahí.
Más misterios: si el "sí" implica insistencia, qué es lo que implica el "no" en "¿No me pasas la salsita, por favor?" No tengo una respuesta, pero mientras tanto, podemos poner a trabajar nuestro:
Segundo Practi-tip ociolingüístico del día de hoy
Empiece todas sus preguntas con "sí", en cualquier contexto y en cualquier lugar. Esté atento a las reacciones reprobatorias:
En la escuela:
-Oiga Miss Conchita, ¿sí repite lo que acaba de decir, por favor?
En la Iglesia:
-Buenas Padre Eulogio, ¿sí me toma la confesión por favor?
Si la "r" final es sibilante, puntos extras. O sea, pronúnciela casi como "sh", como le hacía mi vecina:
El estudiante a su asesor:
-Doctor Moreno, ¿sí me da una carta de recomendación para el CONACYT, posh favosh?
En una conferencia de neurofísicos:
-Disculpe, Profesosh von Heusingskrasten: ¿sí proyecta de nuevo la plantilla 17, posh favosh?
Si tiene más preguntas sobre cómo implementar estos practi-tips ociolingüísticos, si tiene una respuesta a la pregunta ¿Por qué diablos contestamos todas las preguntas que nos hacen?, o si tiene preguntas y quiere poner a prueba mi capacidad de no contestarlas, ¿sí le pido de favor que use los tablas de comentarios a continuación, posh favosh?. Y gracias por venir.
February 08, 2009
Palabras de segunda mano
Hay palabras que usé o escuché durante toda mi infancia y que hasta le fecha no sé cómo se escriben o de dónde vienen o qué significan. Muchas de ellas las perdí con los años, no sé si porque son del dominio exclusivo de los niños de primaria, o porque se fueron a la dimensión desconocida donde viven las cosas de los ochentas que no regresaron con el boom comercial. Algunas otras, estoy segura de que se las tomé prestadas a mis hermanos, así que para cuando yo las usaba ya iban camino al ático, junto con las plataformas y la peluca de Ringo Star que usaba mi mamá en 1974. Y para algunas más, el olvido fue tan definitivo, que a pesar de los esfuerzos no lograron colarse en esta lista.
Una de ellas es las trais. Afortunadamente nunca tuve que escribirlo, pero el solo hecho de pronunciar esa palabra me causaba incomodidad. Como tenía obvia relación con "traer", siempre pensé que debería decirse "las traes". Pero uno no por escuincle es menos hipersensible a la hipercorrección y "las traes" suena horrible. Así que ni modo, "las trais". Por cierto, ¿qué es eso que uno trae cuando "las trai"? Si alguien sabe por favor dígamelo.
Con las trais viene pido, y la señal de amor y paz que le acompaña. El pido es irrevocable, y es casi casi un derecho humano. Cuando le da a uno el ataque de asma, o perdió los mangos con chile en la corretiza, o por alguna otra razón ya no puede seguir corriendo, no hace falta más que enseñar los dedos índice y medio, hacer la señal de "peace and love" y decir "pido". Y tienen que ser las dos cosas al mismo tiempo. Nadie decía "pido" sin hacer la señal. Ni vale de nada hacer la señal sin decir "pido". Obvio, "pido" era la forma corta de "pido paz". Pero nadie decía tampoco "pido paz". Sólo decía "pido" y la paz le era automáticamente concedida.
A la de tres se quemaba algo que se llamaba bas. Nunca más he vuelto a escuchar la palabra "bas". Cuando era chica, pensaba que "bas" era en realidad "base". Y en cierto modo lo sigo creyendo, pero la bas es diferente, es exclusiva de las escondidillas. Nadie dice, por ejemplo "Los bomberos estaban en su bas cuando se incendió el mercado", o "Ese pesero está haciendo bas". Que por cierto, sólo nosotros llamamos "escondidillas" a ese juego, porque hasta donde sé, otros las llaman "escondidas" o sólo "escondite". Como este blog presume de tener una audiencia de dialectos muy diversos, aquí aprovecho para pedirle a los hablantes de otros españoles que me digan cómo se llama en su país el juego ese en el que te escondes y te buscan, y sobre todo, si también le llaman "bas" a la bas.
Pero no todo era jugar. También había que hacer cosas serias, sobre todo en la secundaria, donde aprendí el verbo encachar. Al principio me sonaba horrible, pero después entendí que es un verbo insustituible y que comprime en tres sílabas un significado que, si se quisiera expresar de otra manera, tendría que decirse mediante una frase larguísima, como "acto de hablarle bien a un amigo acerca de otra persona, con fines de celestinaje". El que encacha, pues, no es más que un alcahuete que le chismea al compañero: "Le gustas a fulanita". En la secundaria, el papel del encachador es crucial, pues le evita a uno la vergüenza de lanzarse con el riesgo de un posible rechazo. Gracias a la labor del encachador, uno va a la segura, o si es niña, simplemente espera. Cuando dejé de reistirme a usar esa palabra conseguí mi primer novio. Recuerdo que todo empezó como una apuesta y los términos del acuerdo eran: "Si pierdo te encacho a Horacio, pero si gano me encachas a tu hermano". A la semana mi amiga ya era mi cuñada y se acabó la amistad.
En mi casa usábamos algunas palabras que nunca supe si venían de Michoacán o de la década pasada, porque en la escuela nadie me entendía cuando las usaba. Las usaban mis hermanos, y yo con ellos. Una de ellas era école, o en su forma larga école cua. Nunca supe cómo se escribía eso, y seguramente era una frase grubi setentera que empezó a usar alguno que oía música en italiano. Luego estaba otra más misteriosa: chasgan. "Chasgan" es una interjección y se se usa cuando te chasganeas algo, que es cuando le arrebatas algo a alguien, te lo agandallas, agencias, apropias, o como se le llame en español estándar. Por ejemplo: "¡Chasgan lápiz!" y te quedas con el lápiz que al grito de "chasgan" recogiste velozmente de la mesa. A veces el objeto de chasganeada se puede dejar impronunciado y se infiere del contexto, por ser la cosa que uno se apropia ante la mirada sorprendida del (antiguo) dueño.
Le estaba contando a Ana que es muy común, como sabemos, que se hagan nuevas palabras compuestos juntando un verbo con su objeto: por ejemplo: matasanos, lamebotas, limpiaalfombras, pisapapeles, muerdealmohadas y demás. Unos amigos usaban un verbo de su propia fabricación: "patitachitear", que es la acción de patear tachitos por la calle ("tachitos": botecitos). También usaban "cantuchiflear", de significado transparente. Pero mi palabra compuesta favorita de todos los tiempos no la inventó alguien que conozca, y ya estaba allí cuando yo llegúe a la primaria: perroconfundir: confundir a alguien con alguien desagradable como un perro. Así decían en mi primaria. Por ejemplo: -Cuando te vi llegar, pensé que eras Sutanita. -¿Sutanita? ¡No me perroconfundas! Perroconfundir no es confundir a un perro, sino a una persona, y tomarla por alguien que no es y que además no le cae bien. Desde que salí de la secundaria y hasta hoy, no volví a escuchar esa palabra.
Practi-tip ociolingüístico de hoy:
Desempolve sus palabras de la secundaria y úselas todo el día durante una semana en el trabajo. Por ejemplo, cuando vaya a tomar un descanso, anúncielo haciendo la paz y diciendo "pido". O presione a la gente que usa durante horas la fotocopiadora con una amenaza como "a la de tres se quema la bas". Revivirá las memorias más recónditas de sus interlocutores.
A continuación se abre el mercado de pulgas. Puede usar los cuadros de comentarios como puestito para compartir sus palabras pasadas de moda, vintage, retro, valiosas o chafísimas a discreción.
Una de ellas es las trais. Afortunadamente nunca tuve que escribirlo, pero el solo hecho de pronunciar esa palabra me causaba incomodidad. Como tenía obvia relación con "traer", siempre pensé que debería decirse "las traes". Pero uno no por escuincle es menos hipersensible a la hipercorrección y "las traes" suena horrible. Así que ni modo, "las trais". Por cierto, ¿qué es eso que uno trae cuando "las trai"? Si alguien sabe por favor dígamelo.
Con las trais viene pido, y la señal de amor y paz que le acompaña. El pido es irrevocable, y es casi casi un derecho humano. Cuando le da a uno el ataque de asma, o perdió los mangos con chile en la corretiza, o por alguna otra razón ya no puede seguir corriendo, no hace falta más que enseñar los dedos índice y medio, hacer la señal de "peace and love" y decir "pido". Y tienen que ser las dos cosas al mismo tiempo. Nadie decía "pido" sin hacer la señal. Ni vale de nada hacer la señal sin decir "pido". Obvio, "pido" era la forma corta de "pido paz". Pero nadie decía tampoco "pido paz". Sólo decía "pido" y la paz le era automáticamente concedida.
A la de tres se quemaba algo que se llamaba bas. Nunca más he vuelto a escuchar la palabra "bas". Cuando era chica, pensaba que "bas" era en realidad "base". Y en cierto modo lo sigo creyendo, pero la bas es diferente, es exclusiva de las escondidillas. Nadie dice, por ejemplo "Los bomberos estaban en su bas cuando se incendió el mercado", o "Ese pesero está haciendo bas". Que por cierto, sólo nosotros llamamos "escondidillas" a ese juego, porque hasta donde sé, otros las llaman "escondidas" o sólo "escondite". Como este blog presume de tener una audiencia de dialectos muy diversos, aquí aprovecho para pedirle a los hablantes de otros españoles que me digan cómo se llama en su país el juego ese en el que te escondes y te buscan, y sobre todo, si también le llaman "bas" a la bas.
Pero no todo era jugar. También había que hacer cosas serias, sobre todo en la secundaria, donde aprendí el verbo encachar. Al principio me sonaba horrible, pero después entendí que es un verbo insustituible y que comprime en tres sílabas un significado que, si se quisiera expresar de otra manera, tendría que decirse mediante una frase larguísima, como "acto de hablarle bien a un amigo acerca de otra persona, con fines de celestinaje". El que encacha, pues, no es más que un alcahuete que le chismea al compañero: "Le gustas a fulanita". En la secundaria, el papel del encachador es crucial, pues le evita a uno la vergüenza de lanzarse con el riesgo de un posible rechazo. Gracias a la labor del encachador, uno va a la segura, o si es niña, simplemente espera. Cuando dejé de reistirme a usar esa palabra conseguí mi primer novio. Recuerdo que todo empezó como una apuesta y los términos del acuerdo eran: "Si pierdo te encacho a Horacio, pero si gano me encachas a tu hermano". A la semana mi amiga ya era mi cuñada y se acabó la amistad.
En mi casa usábamos algunas palabras que nunca supe si venían de Michoacán o de la década pasada, porque en la escuela nadie me entendía cuando las usaba. Las usaban mis hermanos, y yo con ellos. Una de ellas era école, o en su forma larga école cua. Nunca supe cómo se escribía eso, y seguramente era una frase grubi setentera que empezó a usar alguno que oía música en italiano. Luego estaba otra más misteriosa: chasgan. "Chasgan" es una interjección y se se usa cuando te chasganeas algo, que es cuando le arrebatas algo a alguien, te lo agandallas, agencias, apropias, o como se le llame en español estándar. Por ejemplo: "¡Chasgan lápiz!" y te quedas con el lápiz que al grito de "chasgan" recogiste velozmente de la mesa. A veces el objeto de chasganeada se puede dejar impronunciado y se infiere del contexto, por ser la cosa que uno se apropia ante la mirada sorprendida del (antiguo) dueño.
Le estaba contando a Ana que es muy común, como sabemos, que se hagan nuevas palabras compuestos juntando un verbo con su objeto: por ejemplo: matasanos, lamebotas, limpiaalfombras, pisapapeles, muerdealmohadas y demás. Unos amigos usaban un verbo de su propia fabricación: "patitachitear", que es la acción de patear tachitos por la calle ("tachitos": botecitos). También usaban "cantuchiflear", de significado transparente. Pero mi palabra compuesta favorita de todos los tiempos no la inventó alguien que conozca, y ya estaba allí cuando yo llegúe a la primaria: perroconfundir: confundir a alguien con alguien desagradable como un perro. Así decían en mi primaria. Por ejemplo: -Cuando te vi llegar, pensé que eras Sutanita. -¿Sutanita? ¡No me perroconfundas! Perroconfundir no es confundir a un perro, sino a una persona, y tomarla por alguien que no es y que además no le cae bien. Desde que salí de la secundaria y hasta hoy, no volví a escuchar esa palabra.
Practi-tip ociolingüístico de hoy:
Desempolve sus palabras de la secundaria y úselas todo el día durante una semana en el trabajo. Por ejemplo, cuando vaya a tomar un descanso, anúncielo haciendo la paz y diciendo "pido". O presione a la gente que usa durante horas la fotocopiadora con una amenaza como "a la de tres se quema la bas". Revivirá las memorias más recónditas de sus interlocutores.
A continuación se abre el mercado de pulgas. Puede usar los cuadros de comentarios como puestito para compartir sus palabras pasadas de moda, vintage, retro, valiosas o chafísimas a discreción.
February 01, 2009
Esto es demasiado menos poco
Pues que el otro día me escribió Axel con una gran idea:
> Finalmente, si todavía aceptas sugerencias de temas para tu blog, por
> favor escribe algo acerca del adverbio "demasiado" y sus relaciones
> lógico-semánticas con "mucho", "muy", "poco" y "suficiente."
Después de pensarlo varios días, llegué a la siguiente conclusión:
Querido Axel:
La relación entre las palabras que mencionas será de todo, menos lógica. El español tiene una tendencia incorregible a acumular adverbios de cantidad en el lado “positivo” (los que señalan cantidad en exceso), con demérito de las expresiones que tienen significado “negativo”. En este post propongo algunas estrategias para equilibrar la balanza adverbial de nuestro idioma.
Primero, es obvio que “mucho” y “poco” son términos opuestos, porque “poco” implica “no mucho” y “mucho” implica “no poco”.
Comí mucho.
Comí poco.
Luego viene el adverbio “muy”, que es parecido a “mucho”, porque los dos empiezan con “mu” y tienen sentido así como de “en gran cantidad”:
Este guiso está muy sabroso.
Pero a diferencia de “mucho”, “muy” nunca va al final de la oración. Por eso no se dice “Comí muy”. “Muy” casi siempre va detrás de un adjetivo: "muy rojo"; "muy bueno"; "muy sabroso". Pero también puede ir detrás del mismo "muy":
Ese idiota se cree el muy muy.
Y aquí vienen las delicias de nuestro español de todos los días, el que según algunos no deberíamos usar pero que usamos igual sin importarnos un carajo que se espante la Reina Sofía:
Este guiso está mucho muy sabroso.
Aquí las opiniones se dividen entre gente que dice “mucho muy” (como yo) y gente a quien le suena horrible (como mi mamá). Pero hasta donde sé, así como existe el par muy / mucho, no existe algo como poy / poco. Así que propongo el siguiente:
Practitip ociolingüístico # 1:
A fin de mantener la cuota de adverbios del español equilibrada entre adverbios que señalan “en gran cantidad” y los que expresan “en pequeña cantidad”, propongo que se emplee el intensificador “poy”:
Este guiso está muy sabroso.
Este guiso está poy sabroso. (= este guiso está muy poco sabroso)
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Luego entra a la escena el “demasiado”. “Demasiado” quiere decir, literalmente, “de más”. ¿Por qué entonces, no nos hace corto circuito el cerebro cuando decimos que algo es “demasiado poco”?
Me serviste poco arroz.
Me serviste demasiado poco arroz.
Si “poco” es “menos de lo suficiente” entonces “Me serviste demasiado poco” quiere decir literalmente “me serviste menos de lo suficiente de más”. Esto sin mencionar ejemplos como este que saqué de google:
Las ventas bajaron 40%. Demasiado menos que el trimestre anterior.
Cuando pienso en lo que tengo que hacer para entender el significado de esa oración me duele la cabeza. Por lo tanto, propongo el siguiente
Practitip ocio-lingüístico #2:
Para reducir el esfuerzo (no por inconsciente menos extenuante) al que sometemos las neuronas tratando de calcular el significado de “demasiado poco” = “de más - de menos”, use la nueva palabra “demenosiado”:
Me serviste demenosiado arroz.
-----
Los lectores de otros dialectos me dirán si en su español sucede lo mismo, pero aquí entra una intrigante característica del español mexicano:
A Juan sírvele más poquito que a mí.
El viernes vino mucha gente, pero ayer vino más poquita.
El "más poquito" me recuerda a Témoris, porque a él le ponía de mal humor que lo usáramos. Decía que "más poquito" se dice "menos". Pero no estoy de acuerdo. En efecto, "más poco" suena horrible, porque se puede decir perfectamente "menos". Pero "más poquito" es otra bestia. Es como "menos" pero no tan "menos"; quiere decir algo así como "menitos".
Me gustaría que un programador me enseñara el algoritmo mediante el cual una máquina puede calcular el significado de “más poquito” a partir de las palabras “más”, “poco” y, por si fuera poco, el diminutivo -ito, tan socorrido en nuestro español mexicanito. Lo que nos lleva al
Practitip ociolingüístico #3:
Use el diminutivo con “mucho”, y no sólo con “poquito”:
¿Quiere los chicharrones con salsa?
-Sí, muchita por favor.
Practitip ociolingüístico #4:
Sustituya las palabras “más poco” por “menos mucho”:
A Juan sírvele menos mucho que a mí.
El viernes vino mucha gente, pero ayer vino menos mucha.
Por cierto que le debo un postcito a los diminutivos mexicanos, pero será a la próxima. Por lo pronto, no olvide anotar la primera cosa que le venga a la mente en los cuadritos de aquí abajo designados para comentarios y sugerencias.
> Finalmente, si todavía aceptas sugerencias de temas para tu blog, por
> favor escribe algo acerca del adverbio "demasiado" y sus relaciones
> lógico-semánticas con "mucho", "muy", "poco" y "suficiente."
Después de pensarlo varios días, llegué a la siguiente conclusión:
Querido Axel:
La relación entre las palabras que mencionas será de todo, menos lógica. El español tiene una tendencia incorregible a acumular adverbios de cantidad en el lado “positivo” (los que señalan cantidad en exceso), con demérito de las expresiones que tienen significado “negativo”. En este post propongo algunas estrategias para equilibrar la balanza adverbial de nuestro idioma.
Primero, es obvio que “mucho” y “poco” son términos opuestos, porque “poco” implica “no mucho” y “mucho” implica “no poco”.
Comí mucho.
Comí poco.
Luego viene el adverbio “muy”, que es parecido a “mucho”, porque los dos empiezan con “mu” y tienen sentido así como de “en gran cantidad”:
Este guiso está muy sabroso.
Pero a diferencia de “mucho”, “muy” nunca va al final de la oración. Por eso no se dice “Comí muy”. “Muy” casi siempre va detrás de un adjetivo: "muy rojo"; "muy bueno"; "muy sabroso". Pero también puede ir detrás del mismo "muy":
Ese idiota se cree el muy muy.
Y aquí vienen las delicias de nuestro español de todos los días, el que según algunos no deberíamos usar pero que usamos igual sin importarnos un carajo que se espante la Reina Sofía:
Este guiso está mucho muy sabroso.
Aquí las opiniones se dividen entre gente que dice “mucho muy” (como yo) y gente a quien le suena horrible (como mi mamá). Pero hasta donde sé, así como existe el par muy / mucho, no existe algo como poy / poco. Así que propongo el siguiente:
Practitip ociolingüístico # 1:
A fin de mantener la cuota de adverbios del español equilibrada entre adverbios que señalan “en gran cantidad” y los que expresan “en pequeña cantidad”, propongo que se emplee el intensificador “poy”:
Este guiso está muy sabroso.
Este guiso está poy sabroso. (= este guiso está muy poco sabroso)
-----
Luego entra a la escena el “demasiado”. “Demasiado” quiere decir, literalmente, “de más”. ¿Por qué entonces, no nos hace corto circuito el cerebro cuando decimos que algo es “demasiado poco”?
Me serviste poco arroz.
Me serviste demasiado poco arroz.
Si “poco” es “menos de lo suficiente” entonces “Me serviste demasiado poco” quiere decir literalmente “me serviste menos de lo suficiente de más”. Esto sin mencionar ejemplos como este que saqué de google:
Las ventas bajaron 40%. Demasiado menos que el trimestre anterior.
Cuando pienso en lo que tengo que hacer para entender el significado de esa oración me duele la cabeza. Por lo tanto, propongo el siguiente
Practitip ocio-lingüístico #2:
Para reducir el esfuerzo (no por inconsciente menos extenuante) al que sometemos las neuronas tratando de calcular el significado de “demasiado poco” = “de más - de menos”, use la nueva palabra “demenosiado”:
Me serviste demenosiado arroz.
-----
Los lectores de otros dialectos me dirán si en su español sucede lo mismo, pero aquí entra una intrigante característica del español mexicano:
A Juan sírvele más poquito que a mí.
El viernes vino mucha gente, pero ayer vino más poquita.
El "más poquito" me recuerda a Témoris, porque a él le ponía de mal humor que lo usáramos. Decía que "más poquito" se dice "menos". Pero no estoy de acuerdo. En efecto, "más poco" suena horrible, porque se puede decir perfectamente "menos". Pero "más poquito" es otra bestia. Es como "menos" pero no tan "menos"; quiere decir algo así como "menitos".
Me gustaría que un programador me enseñara el algoritmo mediante el cual una máquina puede calcular el significado de “más poquito” a partir de las palabras “más”, “poco” y, por si fuera poco, el diminutivo -ito, tan socorrido en nuestro español mexicanito. Lo que nos lleva al
Practitip ociolingüístico #3:
Use el diminutivo con “mucho”, y no sólo con “poquito”:
¿Quiere los chicharrones con salsa?
-Sí, muchita por favor.
Practitip ociolingüístico #4:
Sustituya las palabras “más poco” por “menos mucho”:
A Juan sírvele menos mucho que a mí.
El viernes vino mucha gente, pero ayer vino menos mucha.
Por cierto que le debo un postcito a los diminutivos mexicanos, pero será a la próxima. Por lo pronto, no olvide anotar la primera cosa que le venga a la mente en los cuadritos de aquí abajo designados para comentarios y sugerencias.
January 28, 2009
Todo no basta
Aristóteles, o quien sea que haya formalizado la silogística, usaba mucho la palabra "todo" (o como se haya dicho, en la lengua que haya hablado), que poco más o menos quiere decir "todos". Así aprendimos nosotros los siguientes "versitos" (como llamaba un alumno mío a las premisas y la conclusión de un silogismo):
Todo hombre es mortal.
Sócrates es un hombre.
Por lo tanto, Sócrates es mortal.
El razonamiento es impecable. Pero es más impecable el razonamiento de Anita cuando dice que en español común, el hablante de a pie (o de a pesero, o de a metro) no dice cosas como "todo hombre", "todo perro" o "toda máquina", mas que en contadísimas ocasiones y todas ellas casi siempre en clase de Lógica. Lo que decimos en la vida real son cosas como "todos los hombres", "todos los perros" o "todas las máquinas". Por ejemplo, decimos:
"Me comí todas las galletas que estaban en tu cajita"
y no decimos:
"Me comí toda galleta que estaba en tu cajita". Decimos:
"Todos los mexicanos son unos impuntuales"
y no decimos:
"Todo mexicano es un impuntual"
.....
Pero a todo esto... ¿qué es "todo"? ¿Por qué hay "todo" y "todos"? Si todo es todo, ¿por qué tener un "todos" con '-s' y un "todo" sin '-s'? ¿Será "todo" el singular de "todos"? Eso es ridículo, porque "todo" siempre implica que hay más de uno. Entonces, ¿no deberían ser iguales "todo" y "todos"? ¿Hay muchos "todos"? ¿Por qué el español tenía que ser una lengua tan redundante como para tener dos todos? ¿Qué no bastaba con "todo"?
.......
¿Quiere usted hablar como Maestro de Lógica de la Facultad de Filosofía y Letras? ¿Le gustaría darle un toque de diálogo socrático a sus coversaciones? ¡No lo piense más! póngase su saco de pana con coderas, y ponga en práctica el siguiente:
Practi-tip Ociolingüístico del día de hoy:
-Sustituya todas toda ocurrencia de "todos" por "todo", así:
Antes: Todas las aves vuelan.
Ahora: Toda ave vuela.
Antes: Odio todas la películas de Lynch.
Ahora: Odio toda pelicula de Lynch.
Antes: Todos los reos derribaron la barda.
Ahora: Todo reo derribó la barda.
variación:
Antes: Entre todos los reos derribaron la barda
Ahora: Entre todo reo derribó la barda
Antes: Todos los clientes se amontonaron.
Ahora: Todo cliente se amontonó.
Antes: Juanita anduvo con todos los de la prepa.
Ahora: Juanita anduvo con todo de la prepa.
Antes: Todos tus argumentos son malos.
Ahora: Todo tu argumento es malo.
variación:
Antes: Todos tus parientes son malos.
Ahora: Todo tu pariente es malo.
Antes: Todos ustedes se van mucho al carajo.
Ahora: Todo ustedes se va mucho al carajo.
!!!
..(¿Todo usted se va mucho al carajo??)
Seguimos aceptando toda sugerencia de practitip ociolingüístico en el buzón que para efectos viene abajo de este post. ¡Hasta el próximo!
Todo hombre es mortal.
Sócrates es un hombre.
Por lo tanto, Sócrates es mortal.
El razonamiento es impecable. Pero es más impecable el razonamiento de Anita cuando dice que en español común, el hablante de a pie (o de a pesero, o de a metro) no dice cosas como "todo hombre", "todo perro" o "toda máquina", mas que en contadísimas ocasiones y todas ellas casi siempre en clase de Lógica. Lo que decimos en la vida real son cosas como "todos los hombres", "todos los perros" o "todas las máquinas". Por ejemplo, decimos:
"Me comí todas las galletas que estaban en tu cajita"
y no decimos:
"Me comí toda galleta que estaba en tu cajita". Decimos:
"Todos los mexicanos son unos impuntuales"
y no decimos:
"Todo mexicano es un impuntual"
.....
Pero a todo esto... ¿qué es "todo"? ¿Por qué hay "todo" y "todos"? Si todo es todo, ¿por qué tener un "todos" con '-s' y un "todo" sin '-s'? ¿Será "todo" el singular de "todos"? Eso es ridículo, porque "todo" siempre implica que hay más de uno. Entonces, ¿no deberían ser iguales "todo" y "todos"? ¿Hay muchos "todos"? ¿Por qué el español tenía que ser una lengua tan redundante como para tener dos todos? ¿Qué no bastaba con "todo"?
.......
¿Quiere usted hablar como Maestro de Lógica de la Facultad de Filosofía y Letras? ¿Le gustaría darle un toque de diálogo socrático a sus coversaciones? ¡No lo piense más! póngase su saco de pana con coderas, y ponga en práctica el siguiente:
Practi-tip Ociolingüístico del día de hoy:
-Sustituya todas toda ocurrencia de "todos" por "todo", así:
Antes: Todas las aves vuelan.
Ahora: Toda ave vuela.
Antes: Odio todas la películas de Lynch.
Ahora: Odio toda pelicula de Lynch.
Antes: Todos los reos derribaron la barda.
Ahora: Todo reo derribó la barda.
variación:
Antes: Entre todos los reos derribaron la barda
Ahora: Entre todo reo derribó la barda
Antes: Todos los clientes se amontonaron.
Ahora: Todo cliente se amontonó.
Antes: Juanita anduvo con todos los de la prepa.
Ahora: Juanita anduvo con todo de la prepa.
Antes: Todos tus argumentos son malos.
Ahora: Todo tu argumento es malo.
variación:
Antes: Todos tus parientes son malos.
Ahora: Todo tu pariente es malo.
Antes: Todos ustedes se van mucho al carajo.
Ahora: Todo ustedes se va mucho al carajo.
!!!
..(¿Todo usted se va mucho al carajo??)
Seguimos aceptando toda sugerencia de practitip ociolingüístico en el buzón que para efectos viene abajo de este post. ¡Hasta el próximo!
January 20, 2009
Eleanor se pone las botitas
Me lo recordó Ezequiel, por aquello de "put your boots on":
Robin
La soledad es muy fiel pero muy posesiva. Sobre todo por el nadie con quien hablar. Hace meses que le doy vueltas y vueltas a una decisión que no puedo tomar. Hoy fui con Robin. No es el Robin de Batman y Robin. Robin es una judía que no me entiende. Dice que si tengo ganas de lastimarme a mí o a alguien más, llame al 911. -¿Y qué les digo? -me quedo pensando, pero no le pregunto nada, porque Robin nunca tiene respuestas para mí. Todo lo que hace es resumirme en una línea lo que le cuento en una hora: -Estás en una situación desesperada y sin solución; -Eso que te hicieron fue muy humillante -etc. Lo hizo todavía mejor hoy:
-Damned if you do it, damned if you don't.
-Bueno.. -le contesto yo -eso suena...
-Hopeless -se apresura ella a completar. Y sonríe satisfecha de haberme confirmado la desesperanza. No sé si ese sea su trabajo, pero de cualquier manera le pago, me sueno los mocos y me salgo de ahí. Gracias Robin. Nos vemos la semana que entra.
-Damned if you do it, damned if you don't.
-Bueno.. -le contesto yo -eso suena...
-Hopeless -se apresura ella a completar. Y sonríe satisfecha de haberme confirmado la desesperanza. No sé si ese sea su trabajo, pero de cualquier manera le pago, me sueno los mocos y me salgo de ahí. Gracias Robin. Nos vemos la semana que entra.
December 05, 2008
Todos y todas hablando así y asá
Hace muchos años, un ocho de marzo por la tarde, unas feministas de pelo muy largo y sin cepillar fueron a dar una conferencia a la ENAH sobre algo propio de la fecha. De las múltiples horas que debió durar la mesa, me quedaron dos oraciones bien grabadas. Una me gustó mucho y me pareció el único enunciado sensato que les oi decir en toda la tarde. Era algo así como "El feminismo no sólo se trata de mejorar la condición de las mujeres, sino las de todos, porque los hombres tampoco están bien". Sí, me parece que la equidad empieza por reconocer que la desigualdad nos afecta a todos por igual. La otra oración se me grabó porque después y antes de ese día la oí repetir hasta la náusea: "El español es una lengua machista". Cuando la mujer empezó a usar el plural "estudiantas" me salí del auditorio.
Eso ocurrió hace tantos, pero tantos años, que en ese entonces acusar a una lengua de sexista era un enunciado contestatario. Duplicar los sustantivos (niños y niñas, trabajador y trabajadora, estudiantes y estudiantas (!)) exaltaba la supremacía de la consistencia ideológica sobre la consistencia gramatical. Es decir, fue muchos años antes de que la clase política, empezando con Zedillo, usara los dobles sustantivos en sus discursos proselitistas.
La pregunta sobre si se puede considerar que un idioma es sexista es muy gastada. La discusión sobre si tratar de 'arreglar' un problema gramatical tendrá alguna repercusión en las prácticas sociales de quienes hablan ese idioma está también trilladísima y pasada de moda. La respuesta a las dos interrogantes, como ya todos sabemos, es "no" y "no", respectivamente.
Hoy sabemos que el género gramatical no tiene nada que ver con el género social, y para muestra, bastan veinte botones: las lenguas bantúes llegan a tener hasta veinte géneros gramaticales, sin por ello tener veinte roles sociales asociados uno a cada uno de ellos. A la inversa, hay culturas donde la lengua no tiene marcas de género (el inglés, para no ir más lejos, o el chino) y los papeles asociados a los hombres y a las mujeres son cualquier cosa menos equitativos. Fin de la discusión.
Practi-tip ociolingüístico de hoy:
Por decoro, por no perder el estilo, o al menos para que no lo confundan con candidato a presidente municipal en campaña o con delegada del DIF, nunca, por el amor de Dios, nunca use dobles sustantivos. Corre usted el riesgo de oirse tan bizarro como los siguientes ejemplos de la vida real:
-----------------------------------
ATENCION: esto NO es una dramatización. Las siguientes son oraciones reales, escritas por hablantes reales, y traidos hasta sus pantallas por la magia del copy-paste. Ninguna de ellas ha sido alterada (ni siquiera los signos de puntuación han sido editados).
------------------------------------
(1) La tía bloggera:
holaaaaaaaaaaa!!!!!!!!!!! sobrino ¡¡¡¡¡¡feliz dia del niño y de la niña a todos y todas !!!!!!!!!!!!!!!!!!
¿Feliz día de la niña y del niño, sobrino? Si mi sobrino es niño, ¿qué carajos tengo que estar aclarando que también es día de la niña? ¿No se vaya a ofender quién? ¿El niño? Como si le importara. Quizás la autora de este despilfarro oracional es una tía hiper progresista que cree en el "género fluctuante" (en el que yo sí creo, dicho sea de paso, pero que una vez más, no tiene nada que ver con el género gramatical) y piensa que su sobrino queer puede elegir su género a discreción: puede que hoy elija ser niño, y en unas semanas decida usar tutú.
Pero además de dar información inútil, el afán de corrección política de la tia bloggera la lleva a un callejón sin salida: feliz día a todos... ¿y todas?. ¿Qué no "todos" por definición son todos? Supongamos que organiza usted una despedida de soltero para su mejor amigo (lo cual ya es mal gusto de por sí, pero ese es un tema aparte). Todos sus amigos varones están invitados, pero las mujeres no lo están. ¿Acaso diría "pueden venir todos pero todas no"? O "pueden venir todos pero no algunas". No creo. Cuando uno dice "todos" ya se jodió, y son todos. Por eso decir "todos y todas" no sólo es chocante: es ilógico. Qué bueno que en los panteones antiguos no tienen internet, porque Aristóteles se revolcaría en su tumba si leyera a la tia bloggera.
(2) La ONG progre:
Este día también sirve para llamar la atención sobre las vidas de los niños y niñas africanos.
Esta oración se refiere también al día del niño y de la niña, que es el festejo que más ha sufrido los embates del doble sustantivo. Porque casualmente, no hay día de la secretaria y del secretario ni día del compadre y de la comadre, o día del cartero y de la cartera. Uno dirá que porque son roles típicamente ejercidos por gente de un solo género. Pero ¿porqué no se rebautiza Sambalentín como "día de los novios y de las novias"?. Porque, de acuerdo con la lógica (¿dije "lógica"?) del doble sustantivo, "el día de los novios", así como está, tiene que ser un festejo exclusivo de parejas masculinas homosexuales.
En este ejemplo se refleja el miedo que tiene esta ONG de que le reclamen el haber llamado la atención sobre las vidas de los niños africanos y ni acordarse siquiera de las pobrecitas niñas africanas. Para evitarse reproches, el que redacta el comunicado recurre al viejo truco del doble sustantivo. Pero, un momento: "niños y niñas africanOs"? por qué no "niños y niñas africanos y africanas"? ¿O al final sólo se incluye a las niñas africanos, olvidándose, como siempre, de las niñas africanas?
(3) El luchador social sindicalista:
Los trabajadores y trabajadoras no son tontos.
...ni tontas, hay que aclarar, ni tontas. Porque así como está esta oración, pareciera que los trabajadores no son tontos, y las trabajadoras no son tontos tampoco. Con lo cual, ¿tontas sí son? Si ya empezamos a duplicar el sustantivo, hay que ser consistentes en toda la oración: también se duplican los adjetivos, cuantificadores, posesivos, etc.
Por ejemplo, si tengo dos sobrinos, una niña y un niño, tendría que decir: "Qúe bueno que trajiste a tus sobrinos. Yo también traje al mío y a la mía". La oración del luchador social, pues, a riesgo de que le saque risas al patrón y a los mismísimos trabajadores, quedaría así: "Los trabajadores y trabajadoras no son tontos ni tontas".
----------
En conclusión, la motivación detrás de esta aberración lingüística del doble sustantivo consiste en identificar una asimetría gramatical (el hecho de que la forma de los plurales y los sustantivos genéricos tengan la terminación "o" que corresponde al masculino) con una asimetría ideológica (el dominio del género masculino sobre el femenino en la interacción social).
Afortunadamente, la lengua tiene vida propia y no está sujeta a los caprichos o extravagancias de sus hablantes. Así que si usted ha intentado ser políticamente correcto mediante el uso del doble sustantivo, desístase. Su recurso no sólo no va a cambiar en nada la desigualdad social de género, ni mucho menos las reglas de concordancia gramatical, sino que lo van a hacer quedar en ridículo, y el mensaje nunca llegará a su audiencia. Sus interlocutores pasarán mucho tiempo tratando de procesar oraciones demasiado largas, (redundantes en el mejor de los casos, paradójicas en otros), y tratando de averiguar mentalmente por qué se complica usted tanto la vida para decir algo tan sencillo. Además, pensándolo bien: si duplicar los sustantivos para hacer explícitos los dos géneros fuera mínimamente efectivo y racional, Fox y Martita nunca lo hubieran usado, para empezar.
Eso ocurrió hace tantos, pero tantos años, que en ese entonces acusar a una lengua de sexista era un enunciado contestatario. Duplicar los sustantivos (niños y niñas, trabajador y trabajadora, estudiantes y estudiantas (!)) exaltaba la supremacía de la consistencia ideológica sobre la consistencia gramatical. Es decir, fue muchos años antes de que la clase política, empezando con Zedillo, usara los dobles sustantivos en sus discursos proselitistas.
La pregunta sobre si se puede considerar que un idioma es sexista es muy gastada. La discusión sobre si tratar de 'arreglar' un problema gramatical tendrá alguna repercusión en las prácticas sociales de quienes hablan ese idioma está también trilladísima y pasada de moda. La respuesta a las dos interrogantes, como ya todos sabemos, es "no" y "no", respectivamente.
Hoy sabemos que el género gramatical no tiene nada que ver con el género social, y para muestra, bastan veinte botones: las lenguas bantúes llegan a tener hasta veinte géneros gramaticales, sin por ello tener veinte roles sociales asociados uno a cada uno de ellos. A la inversa, hay culturas donde la lengua no tiene marcas de género (el inglés, para no ir más lejos, o el chino) y los papeles asociados a los hombres y a las mujeres son cualquier cosa menos equitativos. Fin de la discusión.
Practi-tip ociolingüístico de hoy:
Por decoro, por no perder el estilo, o al menos para que no lo confundan con candidato a presidente municipal en campaña o con delegada del DIF, nunca, por el amor de Dios, nunca use dobles sustantivos. Corre usted el riesgo de oirse tan bizarro como los siguientes ejemplos de la vida real:
-----------------------------------
ATENCION: esto NO es una dramatización. Las siguientes son oraciones reales, escritas por hablantes reales, y traidos hasta sus pantallas por la magia del copy-paste. Ninguna de ellas ha sido alterada (ni siquiera los signos de puntuación han sido editados).
------------------------------------
(1) La tía bloggera:
holaaaaaaaaaaa!!!!!!!!!!! sobrino ¡¡¡¡¡¡feliz dia del niño y de la niña a todos y todas !!!!!!!!!!!!!!!!!!
¿Feliz día de la niña y del niño, sobrino? Si mi sobrino es niño, ¿qué carajos tengo que estar aclarando que también es día de la niña? ¿No se vaya a ofender quién? ¿El niño? Como si le importara. Quizás la autora de este despilfarro oracional es una tía hiper progresista que cree en el "género fluctuante" (en el que yo sí creo, dicho sea de paso, pero que una vez más, no tiene nada que ver con el género gramatical) y piensa que su sobrino queer puede elegir su género a discreción: puede que hoy elija ser niño, y en unas semanas decida usar tutú.
Pero además de dar información inútil, el afán de corrección política de la tia bloggera la lleva a un callejón sin salida: feliz día a todos... ¿y todas?. ¿Qué no "todos" por definición son todos? Supongamos que organiza usted una despedida de soltero para su mejor amigo (lo cual ya es mal gusto de por sí, pero ese es un tema aparte). Todos sus amigos varones están invitados, pero las mujeres no lo están. ¿Acaso diría "pueden venir todos pero todas no"? O "pueden venir todos pero no algunas". No creo. Cuando uno dice "todos" ya se jodió, y son todos. Por eso decir "todos y todas" no sólo es chocante: es ilógico. Qué bueno que en los panteones antiguos no tienen internet, porque Aristóteles se revolcaría en su tumba si leyera a la tia bloggera.
(2) La ONG progre:
Este día también sirve para llamar la atención sobre las vidas de los niños y niñas africanos.
Esta oración se refiere también al día del niño y de la niña, que es el festejo que más ha sufrido los embates del doble sustantivo. Porque casualmente, no hay día de la secretaria y del secretario ni día del compadre y de la comadre, o día del cartero y de la cartera. Uno dirá que porque son roles típicamente ejercidos por gente de un solo género. Pero ¿porqué no se rebautiza Sambalentín como "día de los novios y de las novias"?. Porque, de acuerdo con la lógica (¿dije "lógica"?) del doble sustantivo, "el día de los novios", así como está, tiene que ser un festejo exclusivo de parejas masculinas homosexuales.
En este ejemplo se refleja el miedo que tiene esta ONG de que le reclamen el haber llamado la atención sobre las vidas de los niños africanos y ni acordarse siquiera de las pobrecitas niñas africanas. Para evitarse reproches, el que redacta el comunicado recurre al viejo truco del doble sustantivo. Pero, un momento: "niños y niñas africanOs"? por qué no "niños y niñas africanos y africanas"? ¿O al final sólo se incluye a las niñas africanos, olvidándose, como siempre, de las niñas africanas?
(3) El luchador social sindicalista:
Los trabajadores y trabajadoras no son tontos.
...ni tontas, hay que aclarar, ni tontas. Porque así como está esta oración, pareciera que los trabajadores no son tontos, y las trabajadoras no son tontos tampoco. Con lo cual, ¿tontas sí son? Si ya empezamos a duplicar el sustantivo, hay que ser consistentes en toda la oración: también se duplican los adjetivos, cuantificadores, posesivos, etc.
Por ejemplo, si tengo dos sobrinos, una niña y un niño, tendría que decir: "Qúe bueno que trajiste a tus sobrinos. Yo también traje al mío y a la mía". La oración del luchador social, pues, a riesgo de que le saque risas al patrón y a los mismísimos trabajadores, quedaría así: "Los trabajadores y trabajadoras no son tontos ni tontas".
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En conclusión, la motivación detrás de esta aberración lingüística del doble sustantivo consiste en identificar una asimetría gramatical (el hecho de que la forma de los plurales y los sustantivos genéricos tengan la terminación "o" que corresponde al masculino) con una asimetría ideológica (el dominio del género masculino sobre el femenino en la interacción social).
Afortunadamente, la lengua tiene vida propia y no está sujeta a los caprichos o extravagancias de sus hablantes. Así que si usted ha intentado ser políticamente correcto mediante el uso del doble sustantivo, desístase. Su recurso no sólo no va a cambiar en nada la desigualdad social de género, ni mucho menos las reglas de concordancia gramatical, sino que lo van a hacer quedar en ridículo, y el mensaje nunca llegará a su audiencia. Sus interlocutores pasarán mucho tiempo tratando de procesar oraciones demasiado largas, (redundantes en el mejor de los casos, paradójicas en otros), y tratando de averiguar mentalmente por qué se complica usted tanto la vida para decir algo tan sencillo. Además, pensándolo bien: si duplicar los sustantivos para hacer explícitos los dos géneros fuera mínimamente efectivo y racional, Fox y Martita nunca lo hubieran usado, para empezar.
November 29, 2008
Nuestros tocayos en Filipinas
Hace unos días escribí sobre las palabras del inglés que se cuelan en español y cómo algunos las ven con malos ojos. El punto era que los prejuicios contra las palabras extranjeras en una lengua son simplemente prejuicios: sentires políticos, meras opiniones, y no tienen nada de científico en su base.
Una prueba de que la fobia ante las palabras de origen extranjero, como toda fobia chauvinista, es una fobia irracional, es que no todas las palabras extranjeras presentan ante el prejuiciado la misma amenaza. Por ejemplo, todo el mundo ha tenido aguna vez un deja vú y mi abuela guardaba su necesér en el secretér. Es más, uno pide sus huevos a la mexicana sin jamás darse cuenta de que el uso de "a la" es una manera de hablar a la francesa que se adaptó al español sólo recientemente. Y, excepto los que insisten en llamar "jardín de niños" a un local parecido a un manicomio con personas de menor tamaño y que generalmente no tiene jardín, nadie usualmente blande su Diccionario de Autoridades cuando alguien dice que su niño ya va al kinder. Es claro que el origen francés o alemán de ciertas palabras usadas en español no es tan intimidante como el origen anglosajón de otras. O mejor dicho, el origen angosajón y gringo de otras palabras. Porque el inglés británico tampoco se presta a tanta crítica. Es muy común encontrar, sobre todo el los pueblos del sur de México, que al baño lo anuncian como "WC" (o mas comúnmente "WC $3"). Mi tío le decía "el wáter". Los gringos no lo llaman water closet, sino que se refieren a el con un préstamo del francés: toilet. Cómo se aferró un término británico a los excusados de las costas de Guerrero y los pueblos de Michoacán, no lo sé. Pero a nadie parece molestarle.
La amenaza bárbara contra la cual hay que defender, limpiar, pulir y fijar nuestro esplendoroso idioma español, parafraseando el lema de la Real Academia, no es, pues, cualquier lengua extranjera. Tampoco cualquier lengua. Por ejemplo, a nadie jamás se le ha ocurrido que en México se cambien los nombres de las tlapalerías por el de "pinturerías" (como sí les llaman en el Sur de América porque ahí no tuvieron nahuatl que les prestara la palabra "tlapalli"). La lengua que nos prestó el aguacate y el chocolate quedó suficientemente avasallada por nuestro portentoso e imperial español, así que las rebabas que queden de nahuatl en nuestra lengua son joyitas pintorescas sin importancia. No cualquier barbarismo desvirtúa, contamina o empobrece nuestra lengua: sólo los barbarismos que vienen de la lengua mayoritaria del vecino poderosísimo del norte, ante el que nos sentimos chiquitos y amenazados. Pareciera que expulsando los préstamos gringos conjuramos la maldición de un posible caballo de troya lingüístico y la inminente aniquilación de nuestra cultura. Como si todos fuéramos a terminar hablando inglés sólo por escanear documentos.
Habría que ver, dice Larisa, si del español se han colado préstamos en el inglés de los vecinos. La respuesta es que sí, pero no al mismo grado. Finalmente en la correlación de fuerzas español mexicano-inglés gringo la lengua mayoritaria es la de ellos. El tipo de cambio lingüístico es aproximadamente igual que el del peso frente al dólar: 13 a 1. O sea que por cada vez que un gringo pronuncia guacamole y taco, un mexicano usa unos ventiséis champú, jomles, chow, etc. Mi colega Danny, que sabe todo sobre español de Nueva York (de Nueva Yol, como le llaman sus hablantes) jura que en inglés es cada vez más común no pronunciar los sujetos (onda Really liked it en lugar de I really liked it), gracias a la influencia de estos hispanohablantes (quienes, a cambio, dicen cosas como Yo me gusta bastante).
En las Filipinas hay una ciudad que se llama Zamboanga, en la isla de Mindanao, donde se habla un idioma que se llama Chavacano o Zamboangueño, o Chavacano de Zamboanga. Este idioma nació como una mezcla entre el español y las lenguas locales (Cebú, Tagalo, Tausug, etc.) en el siglo XVII, cuando los españoles construyeron aquí un fuerte contra los moros. En Mindanao se comen tamales. "Mercado" se dice chianguis, chingona es una prostituta, y chingon pues lo mismo pero en masculino. Zacate se dice zacate y tocayo se dice tocayo. Uwang es el aullido del perro. No sé de dónde viene esta última, como no sé de dónde vienen todas esas otras palabras como sabulag, 'esparcido', o tiplak, 'dar un susto'. Evidentemente, un gran porcentaje del léxico Chavacano es de base española, y de esta porción, muchas palabras son de origen nahuatl. Dicen que esas palabras viajaron en la Nao de China desde Acapulco. Otros dicen que en la construcción del fuerte los españoles llevaron 300 soldados mexicanos, que seguro llegaron allá con sus español todo contaminado de indigenismos y llegaron a desvirtuar las purísimas lenguas de Mindanao. Como en Mindanao no había Real Academia del Tausug o del Tagalo, los locales no se escandalizaron al empezar a usar palabras como zacate o sabroso, sino que al contrario, el hecho de que usar estas palabras sin mucho prejuicio facilitara la comunicación entre personas de orígenes tan diversos culminó en la creación de una nueva lengua. Gracias a eso ahora puede uno viajar tan lejos como Filipinas y sentirse un poquito en casa. Supongo.
Una prueba de que la fobia ante las palabras de origen extranjero, como toda fobia chauvinista, es una fobia irracional, es que no todas las palabras extranjeras presentan ante el prejuiciado la misma amenaza. Por ejemplo, todo el mundo ha tenido aguna vez un deja vú y mi abuela guardaba su necesér en el secretér. Es más, uno pide sus huevos a la mexicana sin jamás darse cuenta de que el uso de "a la" es una manera de hablar a la francesa que se adaptó al español sólo recientemente. Y, excepto los que insisten en llamar "jardín de niños" a un local parecido a un manicomio con personas de menor tamaño y que generalmente no tiene jardín, nadie usualmente blande su Diccionario de Autoridades cuando alguien dice que su niño ya va al kinder. Es claro que el origen francés o alemán de ciertas palabras usadas en español no es tan intimidante como el origen anglosajón de otras. O mejor dicho, el origen angosajón y gringo de otras palabras. Porque el inglés británico tampoco se presta a tanta crítica. Es muy común encontrar, sobre todo el los pueblos del sur de México, que al baño lo anuncian como "WC" (o mas comúnmente "WC $3"). Mi tío le decía "el wáter". Los gringos no lo llaman water closet, sino que se refieren a el con un préstamo del francés: toilet. Cómo se aferró un término británico a los excusados de las costas de Guerrero y los pueblos de Michoacán, no lo sé. Pero a nadie parece molestarle.
La amenaza bárbara contra la cual hay que defender, limpiar, pulir y fijar nuestro esplendoroso idioma español, parafraseando el lema de la Real Academia, no es, pues, cualquier lengua extranjera. Tampoco cualquier lengua. Por ejemplo, a nadie jamás se le ha ocurrido que en México se cambien los nombres de las tlapalerías por el de "pinturerías" (como sí les llaman en el Sur de América porque ahí no tuvieron nahuatl que les prestara la palabra "tlapalli"). La lengua que nos prestó el aguacate y el chocolate quedó suficientemente avasallada por nuestro portentoso e imperial español, así que las rebabas que queden de nahuatl en nuestra lengua son joyitas pintorescas sin importancia. No cualquier barbarismo desvirtúa, contamina o empobrece nuestra lengua: sólo los barbarismos que vienen de la lengua mayoritaria del vecino poderosísimo del norte, ante el que nos sentimos chiquitos y amenazados. Pareciera que expulsando los préstamos gringos conjuramos la maldición de un posible caballo de troya lingüístico y la inminente aniquilación de nuestra cultura. Como si todos fuéramos a terminar hablando inglés sólo por escanear documentos.
Habría que ver, dice Larisa, si del español se han colado préstamos en el inglés de los vecinos. La respuesta es que sí, pero no al mismo grado. Finalmente en la correlación de fuerzas español mexicano-inglés gringo la lengua mayoritaria es la de ellos. El tipo de cambio lingüístico es aproximadamente igual que el del peso frente al dólar: 13 a 1. O sea que por cada vez que un gringo pronuncia guacamole y taco, un mexicano usa unos ventiséis champú, jomles, chow, etc. Mi colega Danny, que sabe todo sobre español de Nueva York (de Nueva Yol, como le llaman sus hablantes) jura que en inglés es cada vez más común no pronunciar los sujetos (onda Really liked it en lugar de I really liked it), gracias a la influencia de estos hispanohablantes (quienes, a cambio, dicen cosas como Yo me gusta bastante).
En las Filipinas hay una ciudad que se llama Zamboanga, en la isla de Mindanao, donde se habla un idioma que se llama Chavacano o Zamboangueño, o Chavacano de Zamboanga. Este idioma nació como una mezcla entre el español y las lenguas locales (Cebú, Tagalo, Tausug, etc.) en el siglo XVII, cuando los españoles construyeron aquí un fuerte contra los moros. En Mindanao se comen tamales. "Mercado" se dice chianguis, chingona es una prostituta, y chingon pues lo mismo pero en masculino. Zacate se dice zacate y tocayo se dice tocayo. Uwang es el aullido del perro. No sé de dónde viene esta última, como no sé de dónde vienen todas esas otras palabras como sabulag, 'esparcido', o tiplak, 'dar un susto'. Evidentemente, un gran porcentaje del léxico Chavacano es de base española, y de esta porción, muchas palabras son de origen nahuatl. Dicen que esas palabras viajaron en la Nao de China desde Acapulco. Otros dicen que en la construcción del fuerte los españoles llevaron 300 soldados mexicanos, que seguro llegaron allá con sus español todo contaminado de indigenismos y llegaron a desvirtuar las purísimas lenguas de Mindanao. Como en Mindanao no había Real Academia del Tausug o del Tagalo, los locales no se escandalizaron al empezar a usar palabras como zacate o sabroso, sino que al contrario, el hecho de que usar estas palabras sin mucho prejuicio facilitara la comunicación entre personas de orígenes tan diversos culminó en la creación de una nueva lengua. Gracias a eso ahora puede uno viajar tan lejos como Filipinas y sentirse un poquito en casa. Supongo.
November 25, 2008
Querido blog:
Yo nunca tuve un diario. Eso sí, intenté comenzar muchos diarios. Muchas veces tomé la resolución de escribir disciplinadamente en un cuadernito todos los días. Y empezaba, según una fórmula que aprendí no sé en dónde: "Querido diario:" Luego llenaba páginas y páginas con una sarta de nimiedades, porque creía que mi obligación era detallarle a mi querido diario -al cual dicho sea de paso, no le tenía el más mínimo cariño- lo que había hecho en el día, cosas como: "Hoy me levanté a las seis, me lavé los dientes, me puse el uniforme; ah no, primero me bañé..."
Lo más aburrido del diario era que nadie lo iba a leer jamás. Ni yo misma. Ni mi madre aunque se lo encontrara accidentalmente dejado a propósito sobre mi cama. Era parte de escribir un diario el guardarlo bajo el colchón o incluso bajo llave, como si contuviera los más atroces secretos de la adolescencia. Se imagina uno que los diarios de las adolescentes están llenos de narraciones eróticas en primera persona o de terribles confesiones sobre los cálculos egoístas detrás de una aparente amistad, o que se desentraña en ellos la madeja existencial de esa etapa liminal de la vida humana. Pero no. Los diarios de las adolescentes están llenos de cosas triviales y tan repetitivas que terminan siendo increíblemente parecidos al guión de El Día de la Marmota.
Cuando fui más grande, siempre que viajé empecé un diario. Entonces no me sentía obligada a escribir todos los días, sino sólo cada vez que el tiempo me lo permitía. Además, mi cuaderno de viaje era buena compañía cuando andaba sola. El problema fue que el alcohol resultó ser la mejor compañía de mi cuaderno de viaje. Al final ellos dos se acabaron entendiendo y cada vez que traté en la sobriedad o en la resaca de repasar lo que había escrito, todo eran garabatos incomprensibles, y el cuadernito terminaba con textura de chicharrón y oblea de pasar tanto tiempo remojado en cerveza.
Tiempo después descubrí la magia del correo electrónico y la función "blind copy". Entonces llené las bandejas de mis amigos con correos colectivos. Generalmente eran propaganda política sentimentalista. Uno de ellos se fue forwardeando y forwardeando hasta que me llegó de regreso, enviado por alguien que a su vez lo había recibido de no sé quién más. Un día lo encontré publicado en famoso blog de referencia obligada en las elecciones del 2006. Ahí venía mi escrito desplegado bajo el decoroso nombre de Anónimo. El que lo posteó lo había recibido cuando la firma original ya se había perdido. Aunque también se perdió en el camino el flamante título que le había puesto ("Gelatinas de nuez"), me llenó de una alegría desconocida y muy parecida al orgullo ver cómo había llegado hasta allá casi intacto mi avioncito de papel.
Para entonces yo me vanagloriaba silenciosamente de ese descubrimiento: "Mi género es el email". Me gustaba el email porque uno selecciona a su audiencia (pace el fenómeno incontrolable del forward); aunque bien no sabe quiénes terminarán leyendo, o mejor aún, contestando, y quiénes lo clasificarán como correo no deseado sin otorgarle siquiera el beneficio de la duda. Pero el email es intrusivo, y en algún momento me llegó a aterrar la idea de que mis amigos asociaran mi nombre con el horrible "sentimiento de espam" -i.e. el rechazo automático que sentía uno en los ochentas al recibir la correpondencia de Readers Digest donde dice que se ganó uno (el derecho a concursar para ganar un boleto para la rifa de) una casa en Acapulco-. Así que decidí abandonar también el rudimentario método del mail colectivo.
Por lo tanto, necesité un lugar más para hacer públicas las estupideces que se me iban ocurriendo en el tiempo de ocio, que para mí es todo el tiempo en que vivo a conciencia. Entonces conocí el blog de Larisa y pues lo que hace la mano hace la tras, lo que hace Larisa lo hago yo, y así es como salí con esto de ponerse las botitas. Los que no somos escritores de profesión escribimos por una sola razón: pasamos mucho tiempo solos. La vida, que es maravillosa, sucede frente a nosotros sin que nadie más lo atestigüe. Tenemos tiempo de sobra para revivir recuerdos, "verlos en cinito", como le dice David. Muchas veces al día me dan ganas de decirle a alguien "¿Viste? ahí va un pedazo de mundo" o "Mira: está regresando febrero de 1994". Pero al lado mío rara vez hay alguien. Y cuando lo hay estoy más ocupada en vivir que en ver la vida pasar. Por eso escribo, Oscar. Por si algún día te detienes por aquí.
Lo más aburrido del diario era que nadie lo iba a leer jamás. Ni yo misma. Ni mi madre aunque se lo encontrara accidentalmente dejado a propósito sobre mi cama. Era parte de escribir un diario el guardarlo bajo el colchón o incluso bajo llave, como si contuviera los más atroces secretos de la adolescencia. Se imagina uno que los diarios de las adolescentes están llenos de narraciones eróticas en primera persona o de terribles confesiones sobre los cálculos egoístas detrás de una aparente amistad, o que se desentraña en ellos la madeja existencial de esa etapa liminal de la vida humana. Pero no. Los diarios de las adolescentes están llenos de cosas triviales y tan repetitivas que terminan siendo increíblemente parecidos al guión de El Día de la Marmota.
Cuando fui más grande, siempre que viajé empecé un diario. Entonces no me sentía obligada a escribir todos los días, sino sólo cada vez que el tiempo me lo permitía. Además, mi cuaderno de viaje era buena compañía cuando andaba sola. El problema fue que el alcohol resultó ser la mejor compañía de mi cuaderno de viaje. Al final ellos dos se acabaron entendiendo y cada vez que traté en la sobriedad o en la resaca de repasar lo que había escrito, todo eran garabatos incomprensibles, y el cuadernito terminaba con textura de chicharrón y oblea de pasar tanto tiempo remojado en cerveza.
Tiempo después descubrí la magia del correo electrónico y la función "blind copy". Entonces llené las bandejas de mis amigos con correos colectivos. Generalmente eran propaganda política sentimentalista. Uno de ellos se fue forwardeando y forwardeando hasta que me llegó de regreso, enviado por alguien que a su vez lo había recibido de no sé quién más. Un día lo encontré publicado en famoso blog de referencia obligada en las elecciones del 2006. Ahí venía mi escrito desplegado bajo el decoroso nombre de Anónimo. El que lo posteó lo había recibido cuando la firma original ya se había perdido. Aunque también se perdió en el camino el flamante título que le había puesto ("Gelatinas de nuez"), me llenó de una alegría desconocida y muy parecida al orgullo ver cómo había llegado hasta allá casi intacto mi avioncito de papel.
Para entonces yo me vanagloriaba silenciosamente de ese descubrimiento: "Mi género es el email". Me gustaba el email porque uno selecciona a su audiencia (pace el fenómeno incontrolable del forward); aunque bien no sabe quiénes terminarán leyendo, o mejor aún, contestando, y quiénes lo clasificarán como correo no deseado sin otorgarle siquiera el beneficio de la duda. Pero el email es intrusivo, y en algún momento me llegó a aterrar la idea de que mis amigos asociaran mi nombre con el horrible "sentimiento de espam" -i.e. el rechazo automático que sentía uno en los ochentas al recibir la correpondencia de Readers Digest donde dice que se ganó uno (el derecho a concursar para ganar un boleto para la rifa de) una casa en Acapulco-. Así que decidí abandonar también el rudimentario método del mail colectivo.
Por lo tanto, necesité un lugar más para hacer públicas las estupideces que se me iban ocurriendo en el tiempo de ocio, que para mí es todo el tiempo en que vivo a conciencia. Entonces conocí el blog de Larisa y pues lo que hace la mano hace la tras, lo que hace Larisa lo hago yo, y así es como salí con esto de ponerse las botitas. Los que no somos escritores de profesión escribimos por una sola razón: pasamos mucho tiempo solos. La vida, que es maravillosa, sucede frente a nosotros sin que nadie más lo atestigüe. Tenemos tiempo de sobra para revivir recuerdos, "verlos en cinito", como le dice David. Muchas veces al día me dan ganas de decirle a alguien "¿Viste? ahí va un pedazo de mundo" o "Mira: está regresando febrero de 1994". Pero al lado mío rara vez hay alguien. Y cuando lo hay estoy más ocupada en vivir que en ver la vida pasar. Por eso escribo, Oscar. Por si algún día te detienes por aquí.
November 18, 2008
Inmigrantes ilegales, no me ensucien mi español
El otro día me pidió Fernando, así nomás, que "posteara"(sic) "algo" (sic) sobre esos verbos como postear, bloggear, escanear, chatear, etc. Y a pesar de que seguro la Biblioteca del Vaticano tiene una sección especial dedicada a este fenómeno, aquí va mi humilde aportación seguida de su practi-tip ociolingüístico.
A mucha gente le debe parecer, porque así lo he oido, que el uso de estos gringuismos contamina nuestro idioma. Hay quienes piensan que son verbos del inglés, a los que nomás conjugamos en español, ahi si acaso agregándoles una "e" cuando la palabreja comienza en una secuencia de consonantes incómoda (como le hacemos al eslípin y desde hace mil años los cuates del Cid le hacían a la escuela).
Estos verbos mojados cruzan el Río Grande en sentido contrario con todo y prole: escanear viene con el escaner y el escaneo; chatear llegó con todo y chat. Y bloggear trajo consigo al blog. Pero la verdá es que nos chocan los sustantivos que terminan en consonantes que no sea 'n' o 's', así que de ser posible, quítesela: 'bló'. Al chat se le puede decir 'chad', como un vecino que al pueblo de Zacatepec decidió rebautizarlo Zacateped, y decía "Verdá que vives en Zacateped?"
Pero me estoy desviando del tema. Hace años, mi amigo Pablo, que "trabaja con computadoras" (para mí toda la gente que trabaja frente a una máquina hace algo misterioso y complicado, así que no sé distinguir entre un programador, un computólogo, un ingeniero en informática y un simple gamer yonki), me decía que los españoles, en su obsesión por no "contaminar" la mal llamada Lengua de Cervantes, traducían todos los términos informáticos hasta el colmo del ridículo: ordenador por computadora, ratón por maus, y (aquí viene el comentario controvertido cuya veracidad no me consta) a Windows le dicen Ventanas y Microsoft es Microsuave. Me imagino que en esa misma línea, mi 'gamer yonki' se llamaría 'videojugador drogodependiente'.
Hay que reconocer que el intento de los españolcentristas recalcitrantes por mantener su lengua madre inalterada y sin mancha ha rendido sus frutos: nadie les entiende.
Pero las clases medias y medio educadas, sobre todo en Latinoamérica, han sido menos conservadoras. Por eso hemos recibido sin trabas a tantos y tantos refugiados léxicos del norte, incluso desde antes del boom informático. Ruy se la pasa horas y horas rendereando, yo bloggeando y el Brother debraya con sus posters. Larisa aplicó a un doctorado, Lucero de vez en cuando me eskaipea y Brujo se queja de que no puede multitaskear.
Intermedio:
Ejercicio Españolocentrista
Póngase su camiseta del Real Madrid y rinda honor a la Corona y sus Caballeros de la Real Academia, traduciendo al "español correcto" las seis últimas oraciones del párrafo anterior sin usar raíces mojadas.
(Pista: Si no lo consigue en menos de veinte minutos y sin usar el diccionario, quizás sea porque esas oraciones, de hecho, ya están en español. Y no podrían ser más correctas).
Por eso, más que practi-tip, esta tarde los dejo con la lista que le voy a enviar a los Reyes (pero no a Juan Carlos y Sofía, obvio, sino a los otros, los del grupo étnicamente diverso que le roba los zapatos a los niños pobres en Enero):
Lista de palabras (verbos y sus derivados) que me URGE que se incorporen al español
- Procrastinar
Ejemplo: No terminé el trabajo porque me la pasé procrastinando en facebook.
- Afordar
Ejemplo:
Sabes bien que esa colegiatura no la podemos afordar.
Mejor ejemplo aún:
Esa colegiatura es inafordable.
- Textear
Ejemplo:
Estuve llamando a Lucero, pero no contesta. La voy a textear, mejor.
- Shufflear
Ejemplos:
Si no sabes qué música poner, nomás shufflea.
Hoy sí me gusta cómo está shuffleando mi ipod.
Y esta que no es verbo pero que cómo me hace falta:
- Opinionado.
Ejemplo:
La cosas que escribo en este blog no son tratados científicos. Sólo son despotricos de una ociosa opinionada.
Lista de palabras que ya se pueden llevar, gracias:
- Wokman
- (Peor:) Diskman
- Cidí (nos gustó más el Cedé)
- Dívídí (igualmente, nos quedamos con Dévedé)
- Disket (¡por el amor de Dios!. ¡Llévensela! Sólo mi mamá la usa y ni sabe para qué).
Y así, palabras van, palabras vienen. Algunas vienen de paso, se quedan un tiempo, la gente las deja de usar, y se olvidan. Otras se quedan para siempre. La lengua que recibe esas palabras, técnicamente llamadas 'préstamos', cambia un poquito a partir de ellos, pero nunca radicalmente. Dicho de otra manera, los préstamos nunca han matado una lengua, por muchos que sean.
Me parece que a veces le tenemos a las palabras de origen extranjero la misma fobia irracional que algunos le tienen a las personas de origen extranjero. Y defendemos la 'pureza' de la lengua igual que un neonazi defendería la 'pureza' de su raza: con la ingenuidad de quien no se da cuenta que las lenguas nunca han sido 'puras' y que su existencia es posible precisamente gracias al contacto y al cambio constante. Vemos a los alienígenas con malos ojos, pero bien que los explotamos, y a la hora de hacer el trabajo sucio no hay quien lo haga mejor. O simplemente no hay quien lo haga (¿alguien tiene un mejor nombre para internet? ¿"entrerred"?). Y al cabo de unos años, las palabras inmigrantes, que antes eran ilegales, obtienen su ciudadanía y después ya nadie se acuerda de que el líder, el clip y el folder, el mitin y el jonrón, también llegaron alguna vez a vivir en nuestra lengua como ciudadanos de segunda clase.
A mucha gente le debe parecer, porque así lo he oido, que el uso de estos gringuismos contamina nuestro idioma. Hay quienes piensan que son verbos del inglés, a los que nomás conjugamos en español, ahi si acaso agregándoles una "e" cuando la palabreja comienza en una secuencia de consonantes incómoda (como le hacemos al eslípin y desde hace mil años los cuates del Cid le hacían a la escuela).
Estos verbos mojados cruzan el Río Grande en sentido contrario con todo y prole: escanear viene con el escaner y el escaneo; chatear llegó con todo y chat. Y bloggear trajo consigo al blog. Pero la verdá es que nos chocan los sustantivos que terminan en consonantes que no sea 'n' o 's', así que de ser posible, quítesela: 'bló'. Al chat se le puede decir 'chad', como un vecino que al pueblo de Zacatepec decidió rebautizarlo Zacateped, y decía "Verdá que vives en Zacateped?"
Pero me estoy desviando del tema. Hace años, mi amigo Pablo, que "trabaja con computadoras" (para mí toda la gente que trabaja frente a una máquina hace algo misterioso y complicado, así que no sé distinguir entre un programador, un computólogo, un ingeniero en informática y un simple gamer yonki), me decía que los españoles, en su obsesión por no "contaminar" la mal llamada Lengua de Cervantes, traducían todos los términos informáticos hasta el colmo del ridículo: ordenador por computadora, ratón por maus, y (aquí viene el comentario controvertido cuya veracidad no me consta) a Windows le dicen Ventanas y Microsoft es Microsuave. Me imagino que en esa misma línea, mi 'gamer yonki' se llamaría 'videojugador drogodependiente'.
Hay que reconocer que el intento de los españolcentristas recalcitrantes por mantener su lengua madre inalterada y sin mancha ha rendido sus frutos: nadie les entiende.
Pero las clases medias y medio educadas, sobre todo en Latinoamérica, han sido menos conservadoras. Por eso hemos recibido sin trabas a tantos y tantos refugiados léxicos del norte, incluso desde antes del boom informático. Ruy se la pasa horas y horas rendereando, yo bloggeando y el Brother debraya con sus posters. Larisa aplicó a un doctorado, Lucero de vez en cuando me eskaipea y Brujo se queja de que no puede multitaskear.
Intermedio:
Ejercicio Españolocentrista
Póngase su camiseta del Real Madrid y rinda honor a la Corona y sus Caballeros de la Real Academia, traduciendo al "español correcto" las seis últimas oraciones del párrafo anterior sin usar raíces mojadas.
(Pista: Si no lo consigue en menos de veinte minutos y sin usar el diccionario, quizás sea porque esas oraciones, de hecho, ya están en español. Y no podrían ser más correctas).
Por eso, más que practi-tip, esta tarde los dejo con la lista que le voy a enviar a los Reyes (pero no a Juan Carlos y Sofía, obvio, sino a los otros, los del grupo étnicamente diverso que le roba los zapatos a los niños pobres en Enero):
Lista de palabras (verbos y sus derivados) que me URGE que se incorporen al español
- Procrastinar
Ejemplo: No terminé el trabajo porque me la pasé procrastinando en facebook.
- Afordar
Ejemplo:
Sabes bien que esa colegiatura no la podemos afordar.
Mejor ejemplo aún:
Esa colegiatura es inafordable.
- Textear
Ejemplo:
Estuve llamando a Lucero, pero no contesta. La voy a textear, mejor.
- Shufflear
Ejemplos:
Si no sabes qué música poner, nomás shufflea.
Hoy sí me gusta cómo está shuffleando mi ipod.
Y esta que no es verbo pero que cómo me hace falta:
- Opinionado.
Ejemplo:
La cosas que escribo en este blog no son tratados científicos. Sólo son despotricos de una ociosa opinionada.
Lista de palabras que ya se pueden llevar, gracias:
- Wokman
- (Peor:) Diskman
- Cidí (nos gustó más el Cedé)
- Dívídí (igualmente, nos quedamos con Dévedé)
- Disket (¡por el amor de Dios!. ¡Llévensela! Sólo mi mamá la usa y ni sabe para qué).
Y así, palabras van, palabras vienen. Algunas vienen de paso, se quedan un tiempo, la gente las deja de usar, y se olvidan. Otras se quedan para siempre. La lengua que recibe esas palabras, técnicamente llamadas 'préstamos', cambia un poquito a partir de ellos, pero nunca radicalmente. Dicho de otra manera, los préstamos nunca han matado una lengua, por muchos que sean.
Me parece que a veces le tenemos a las palabras de origen extranjero la misma fobia irracional que algunos le tienen a las personas de origen extranjero. Y defendemos la 'pureza' de la lengua igual que un neonazi defendería la 'pureza' de su raza: con la ingenuidad de quien no se da cuenta que las lenguas nunca han sido 'puras' y que su existencia es posible precisamente gracias al contacto y al cambio constante. Vemos a los alienígenas con malos ojos, pero bien que los explotamos, y a la hora de hacer el trabajo sucio no hay quien lo haga mejor. O simplemente no hay quien lo haga (¿alguien tiene un mejor nombre para internet? ¿"entrerred"?). Y al cabo de unos años, las palabras inmigrantes, que antes eran ilegales, obtienen su ciudadanía y después ya nadie se acuerda de que el líder, el clip y el folder, el mitin y el jonrón, también llegaron alguna vez a vivir en nuestra lengua como ciudadanos de segunda clase.
November 16, 2008
Aquí nomás, sólo un post sobre 'solamente'...
Alguien me preguntó un día cómo se dice en español "Only Mary got the job". Y lo primero que se me ocurrió, como a todo el que tuvo que aprender inglés en una escuela, es que "only" en español se dice sólo (o solamente, que para mí son exactamente iguales, sílabas más, sílabas menos).
Una vez le preguntaron a Ana algo similar, y ella no dudó en traducir "only" como nomás. Así: "Nomás a María le dieron la chamba".
Anita tiene toda la razón del mundo. Fuera del español escrito, los mexicanos no usamos sólo, o solamente. Solamente usamos nomás:
(1) Para llegar la Central de Autobuses, nomás tienes que cruzar el puente.
(2) Estela nomás comió frijoles.
Claro que (1) y (2) no aparecerían así en un medio escrito. En su lugar, recurriríamos a las correspondientes (3) y (4):
(3) Para llegar la Central de Autobuses, sólo tienes que cruzar el puente.
(4) Estela sólo comió frijoles.
Mis reflexiones ociolingüísticas sobre esta equivalencia me llevan a plantear el siguiente:
Practi-tip lingüístico #5
- Intercambie el uso escrito de sólo por el pintoresco nomás, como hago a continuación con estos fragmentos extraidos de algún lugar por google:
Antes:
(5) Sólo en la última década se identificó a la obesidad como un problema de salud pública.
Ahora:
(6) Nomás en la última década se identificó a la obesidad como un problema de salud pública.
Antes:
(7) Sólo los mandatarios de Italia y España acudieron a la cumbre.
Ahora:
(8) Nomás los mandatarios de Italia y España acudieron a la cumbre.
El uso de nomás en lugar de sólo le añadirá un refrescante toque coloquial a su árido estilo periodístico; además de que le imprime al texto una cadencia de "cantadito".
- Lo verdaderamente interesante empieza cuando se hace el cambio a la inversa. En su conversación informal, sustituya nomás por sólo o solamente. Dele un aire solemne a sus cariñosos intercambios familiares:
Antes:
(9) Ándale chamaco, eeh? Nomás te veo jugando con esa botella y te voy a dar!
Ahora:
(10) Ándele chamaco, eeh? Solamente te veo jugando con esa botella y te voy a dar!
Antes:
(11) Yo le ruego y le ruego, pero nomás no da su brazo a torcer.
Ahora:
(12) Yo le ruego y le ruego, pero sólo no da su brazo a torcer.
Antes:
- Qué haciendo? -Ps, nada, ya ves. Aquí nomás.
Ahora:
-Qué haciendo? -Pss, nada, ya ves. Aquí solamente.
Antes:
-Mañana te pago. -Ándale, nomás no, eh?
Ahora:
-Mañana te pago. -Ándale, sólo no eh?
Antes:
-Porqué pellizcas a tu hermanito??! -Nomás....
Ahora:
-Porqué pellizcas a tu hermanito??! -Sólo....
Espero que este practitip ociolingüístico le sea tan útil como los anteriores. Si tiene idea de otros usos emergentes, urgentes o turgentes de "nomás", y "solamente", o si quiere pasar a saludar nomás por nomás, sólo deje su comentario, que es bienvenido como siempre.
Una vez le preguntaron a Ana algo similar, y ella no dudó en traducir "only" como nomás. Así: "Nomás a María le dieron la chamba".
Anita tiene toda la razón del mundo. Fuera del español escrito, los mexicanos no usamos sólo, o solamente. Solamente usamos nomás:
(1) Para llegar la Central de Autobuses, nomás tienes que cruzar el puente.
(2) Estela nomás comió frijoles.
Claro que (1) y (2) no aparecerían así en un medio escrito. En su lugar, recurriríamos a las correspondientes (3) y (4):
(3) Para llegar la Central de Autobuses, sólo tienes que cruzar el puente.
(4) Estela sólo comió frijoles.
Mis reflexiones ociolingüísticas sobre esta equivalencia me llevan a plantear el siguiente:
Practi-tip lingüístico #5
- Intercambie el uso escrito de sólo por el pintoresco nomás, como hago a continuación con estos fragmentos extraidos de algún lugar por google:
Antes:
(5) Sólo en la última década se identificó a la obesidad como un problema de salud pública.
Ahora:
(6) Nomás en la última década se identificó a la obesidad como un problema de salud pública.
Antes:
(7) Sólo los mandatarios de Italia y España acudieron a la cumbre.
Ahora:
(8) Nomás los mandatarios de Italia y España acudieron a la cumbre.
El uso de nomás en lugar de sólo le añadirá un refrescante toque coloquial a su árido estilo periodístico; además de que le imprime al texto una cadencia de "cantadito".
- Lo verdaderamente interesante empieza cuando se hace el cambio a la inversa. En su conversación informal, sustituya nomás por sólo o solamente. Dele un aire solemne a sus cariñosos intercambios familiares:
Antes:
(9) Ándale chamaco, eeh? Nomás te veo jugando con esa botella y te voy a dar!
Ahora:
(10) Ándele chamaco, eeh? Solamente te veo jugando con esa botella y te voy a dar!
Antes:
(11) Yo le ruego y le ruego, pero nomás no da su brazo a torcer.
Ahora:
(12) Yo le ruego y le ruego, pero sólo no da su brazo a torcer.
Antes:
- Qué haciendo? -Ps, nada, ya ves. Aquí nomás.
Ahora:
-Qué haciendo? -Pss, nada, ya ves. Aquí solamente.
Antes:
-Mañana te pago. -Ándale, nomás no, eh?
Ahora:
-Mañana te pago. -Ándale, sólo no eh?
Antes:
-Porqué pellizcas a tu hermanito??! -Nomás....
Ahora:
-Porqué pellizcas a tu hermanito??! -Sólo....
Espero que este practitip ociolingüístico le sea tan útil como los anteriores. Si tiene idea de otros usos emergentes, urgentes o turgentes de "nomás", y "solamente", o si quiere pasar a saludar nomás por nomás, sólo deje su comentario, que es bienvenido como siempre.
November 13, 2008
Que devuelvan las entradas

I
Me acuerdo que la primera (y última) vez que mis papás me llevaron al cine no me llevaron a ver los Aristógatos o Starwars, sino que, valiéndoles un carajo mi opinión, o más bien porque no tenían con quién dejarme, fuimos a ver el Doctor Zhivago.
Yo debí tener unos cinco años, y no he tenido desde entonces experiencia más aburrida, más desesperante, ni horas más áridas. Para tratar de sobrevivir la función me hacía bolita en el asiento, me dormía, despertaba, me volvía a dormir; pero la película seguía ahí, lenta e incomprensible. Tampoco entendía qué había hecho mal o porqué me castigaban de esa manera.
Recuerdo una escena: el doctor Zhivago ve a la distancia su mujer (después supe que se llamaba Lara), que se perdió al parecer en la guerra o no sé cómo en algún momento en que yo estaba durmiendo. La sigue, la llama, y ella no hace caso. Cuando le toca el hombro y la mujer voltea, no es Lara sino otra persona, una desconocida. Ese momento me conmovió muchísimo. Luego me volví a dormir y durante las siguientes -calculo que unas cincuenta- horas, la película continuó y continuó hasta la eternidad. En algún momento me convencí de que simplemente no terminaría nunca, al grado que no recuerdo si alguna vez salimos del cine o si todavía seguimos ahí.
Obviamente, en cuanto tuve uso de razón, edad suficiente para apreciar la trama y capacidad de tomar mis propias decisiones, decidí nunca volver a ver esa película, ni tolerar ninguna otra que dure más de dos horas. Además me rijo por un principio: si no me engancha en los primeros veinte minutos, me largo.
II
Hoy desperté convencida de que mañana se acaba el mundo, y si no se acaba, da igual. No es que sea especialmente un mal día, es simplemente que la vida parece una película larga, predecible y aburrida. Y sin música. Me duermo y despierto y me vuelvo a dormir y nada cambia: catástrofe continua. El diario lleno de las mismas noticias grises de siempre. Siguen ganando los malos. No hay final a la vista. Me quiero salir del cine.
Dicen que esta certeza sin resignación se llama desesperanza.
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