July 02, 2009

Más razones para odiar la infancia

Lo más horrible de las vacaciones no era ver la caribe azul de mi mamá haciéndose chiquita en la distancia, ni el chocolate espeso de mi abuela que me daba náuseas cuando me lo terminaba. Lo insoportable era el momento en que mi abuela dejaba de soportarme a mí e iba yo a parar a casa de mi tía Julia y su esposo Roberto, con la maletita roja colgada del brazo, mucho miedo y una pregunta que nunca me atreví a hacerle a nadie.

La casa de mi tía más que casa era un túnel del tiempo, y por eso puedo decir que yo tenía ocho años en 1956. Roberto tenía una nariz enorme y se fijaba el pelo hacia atrás con gomina. La tía Julia se hacía tubos todas las noches. Al entrar en la casa lo recibía a uno el aroma de pan remojado en leche agria, que era la comida del perico, y en la pared central de la sala que adornaban con carpetas de gancho, el abominable cuadro de unos perros jugando poker. En el comedor inmenso, junto a la vitrina que guardaba cientos de figuras de porcelana, humeaban unas tazas azul pastel con café capuchino. Era el modo de mi tía de darle la bienvenida a las visitas. La cálida acogida duraba poco, porque en cuanto percibía que estaba uno incómodo, la tía no disimulaba sino que se desvivía en reproches y regaños y entonces era todavía más difícil no desear largarse de ese lugar.

Pero yo no le decía nada y esperaba la hora de irme a dormir. Ya a salvo en la cama prestada, me imaginaba que estaba a trescientos kilómetros de ahí, en los últimos minutos oscuros antes del amanecer cuando cuando mi papá me preparaba un sandwich de queso en la waflera mientras nuestro cocker desmañanado iba despertando entre bostezos en el calor de la cocina. Entonces lloraba bajito y con cuidado de no despertar a nadie, porque mi mamá siempre me dijo que era de mala educación llorar en casa ajena.

4 comments:

Ana said...

Ay Viole què dolor! (aunque lo de la comida del perico me hizo reìr mucho)
Yo tuve eso no solo con la tìa y la abuela, sino las amigas de mi mamá, las mamas de mi amigas, las maestras en los campamentos, etcétera. De los 5 a los 13 fui una niña infeliz que se aterrorizaba con la llegada de la noche en casas ajenas porque sabía que me esperaba un pesado insomio al lado de un alguién profundamente dormido que me impedìría moverme cuantas veces el cuerpo me lo pidiera . Yo tambien tuve muchas veces la incòmoda sensaciòn de los mocos que no te dejan respiran cuando uno llora boca abajo. La ùltima vez que lo tuve (aunque el insomnio sigue ahi pero ahora tengo mi casa para hacer lo que se me de mi regalada gana) estaba en casa de un exnovio y le exigì que me llevara a mi cama en Rancho Colorado a las 5 de la mañana.

Violeta Vázquez-Rojas said...

no sé si los niños de entonces éramos más hogareños. mis sobrinos no parecen tener ningún problema en pasar la noche donde les agarre. será que las tías de ahora no usamos tubos ni tenemos perico (al menos no del mismo tipo de perico, pues).

el insomnio en casa ajena es más eterno que en la casa propia. buena idea tener exnovios con coche.

irene said...

me quede intrigada con tu pregunta

el oso hormiguero said...

es que de qué se van a asustar tus sobrinos si tu eres su tía favorita que se revuelca con ellos en el jardín y siempre acaba pior que ellos de chamagosa?

ningún niño le teme a otro niño