December 06, 2009

Fin de temporada

Este dolor ya tiene sabor, olor y sonido propios. Huele a limpio, suena a Norah Jones y sabe a chocolate con tocino. Sólo le falta tener nombre. Se parece mucho a tí y me mira desde el puente, señalándome desde la distancia la banca donde ya no estamos sentados viendo pasar de noche a los ciclistas. Se encarga de hacerme olvidar que ese mismo puente es de otras historias: que lo caminé de ida y vuelta a carcajadas con Ivet, con Marcela en una primavera gris y rosa, o conmigo misma el año anterior, corriendo bajo una llovizna congelada de invierno.

Este dolor es como un hijo: cada día lo veo crecer más grande y más fuerte y me exige dedicación absoluta. A las siete en punto me despierta con un apretón en la boca del estómago. Es el primer pensamiento de la mañana y el último de la madrugada.

Lo recuerdo cuando era chiquito y sin embargo ya terrible: tenía tus ojos desde el primer momento, pero entonces se parecía al amanecer tibio desde tu ventana y uno hubiera pensado que no le hacía daño a nadie.

Todos los días le doy de comer. La idea imposible de que regreses o al menos eso quieras lo está poniendo gordito. Se alimenta de repasar las últimas conversaciones y de inventar discursos sin destinatario en segunda persona. Este dolor odia el presente, escucha la Waldstein obsesivamente y le pone tu nombre a todo lo que toca. Me dice: "aquí no está, aquí tampoco". Y me culpa.

Hace varios meses que vivo con él, o que él vive de mí, y confieso que me he acostumbrado. Pero ya no tengo tiempo para darle. Un día de estos voy a tener que ir al puente y dejarlo caer desde su banca al al río, donde se va a ahogar junto con tu nombre -que debe ser también el suyo. En eso pienso cuando otro dolor, chiquito, me empieza a pedir nostalgia.

3 comments:

Ana said...

Creo que que en general nos sobran posibilidades: posibilidades de cómo hacer un trabajo de la escuela, de cómo llegar a nuestros destinos, de cómo vestirnos por la mañana, de qué desayunar, de adonde imaginar que vivimos en 5 años, etcéteras. Normalmente un dolor es una forma de quitarnos la posibilidad de construir posibilidades en infinitas direcciones porque todo nuestro pensamiento posibilitatorio está dedicado a ese dolor. Y entonces aparece la sensación de obsesión y falta de libertad que estarnos cilindreando (esa palabra la aprendí de una conocida locutora de radio de poca reputación) en una sola dirección genera. Pero nunca dejamos de ser libres ni tampoco es que antes no generábamos "hubieras". Y mientras eso quede claro, entonces el dolor tiene sus cosas buenas. Mientras no se nos olvide que la libertad sigue ahí para le momento que la queramos recuperar, entonces bienvenidos sean los caminos limpios de posibilidades infinitas para hacer la vida diaria. Suena feo que uno nomás ande bien lúcida para dar un consejo o para escribir una tesis cuando hay un puto dolor de por medio, pero no será así siempre. En unos meses, que estarás mejor, lo que recordarás con más prominencia no será el oyo en el estómago, sino cómo tu tema de tesis empezó a nacer y las risotadas con Isis y su abrigo de oso polar y su pasión por los tacos de borrego mongol, o las 104 cuadras que caminamos en una noche de halowin.

Ana said...

oyo va con hache

Anonymous said...

mmmm, yo te quiero mucho amiga
llega pronto!