October 30, 2008

Hay días

Yo me acuerdo que empecé este blog primero conjurando contra San Valentín y luego desahogándome de una rabia premenstrual que después se convirtió en postmenstrual y luego en semipermanente y acabó con un auto-internamiento de semanas en mi propia recámara, durante las cuales salí de mi cama tan pocas veces como fue necesario, reduje los baños a uno cada tercer día y comí más chocolates que en mi vida entera. Durante ese tiempo, también, escribí prolíficamente en un intento por aferrarme al hilacho de sano juicio que me quedaba cuando no estaba leyendo a chorros a García Lorca y a Pizarnik, haciendo cálculos sobre el costo de la repatriación de restos, o de alguna otra forma revolcándome en miseria autoinfligida. Agradezco a las agencias funerarias y sus precios incosteables por haberme disuadido de tomar decisiones extremas, a Alex por haberme provisto de todas las endorfinas Hersheys con las que sobreviví, a la fiel Larry por soplarse los posts más aburridos de la blogósfera, a la autista de mi ex-rummeit por jamás haberse asomado a preguntarme cómo estaba. Pero sobre todo le agradezco a la ciencia médica el haberme regresado a los niveles normales de serotonina. La solución a todo, quién iba a decirlo, no está en el arte, ni en el amor ni en el dinero, sino en las pastillas.

Los meses que siguieron la vida fue entre normal y felicísima y he sobrevivido cuatro mudanzas, una invasión de chinches, una crisis financiera personal, un enamoramiento grave, empleo y desempleo, una tesina con todo y defensa, un rompimiento con un buen amigo, varios adioses y casi todo de buen humor. Casi todo de buen humor, menos lo que no lo merecía (como la defensa de la tesina enmedio de la última mudanza, cubierta de piquetes y sin haber recibido mi primer cheque del semestre). Y los días que no fueron buenos se han compensado con creces por otros momentos que han sido inmerecidamente maravillosos.

Pero hay días y días. Hoy fue uno de los primeros en muchos meses en que me siento incomprensiblemente triste. Sin mucho motivo y por lo mismo sin mucho remedio. Me quedé dormida viendo la tele. Desperté a las siete de la noche pensando que eran las siete de la mañana. Eso, siempre que pasa, tiene el efecto inevitable de ponerme muy nostálgica. Las razones son largas de contar y las dejo para otro día. Me desperté pues en modo poético, no tan Pessoa pero sí me podría haber echado un Vallejo o un Gelman. En lugar de eso me encontré el último poema de Alejandro Aura. Es lo más conmovedor que he leído en mucho tiempo. Me recordó cuando recibí la noticia de la muerte de Cristiana y escarbé en busca de su último correo, uno que había escrito meses atrás. Lo más triste del mundo debe ser vivir condenado. Lo segundo más triste es leer la despedida de los que ya se fueron. Cómo nos van a extrañar, dicen, ellos que nos dejan y que no pueden dejar de dejarnos. Nos lo dicen llenos de miedo aunque traten de ocultarlo, porque ellos tampoco saben a dónde van. Lo tercero más triste es ver cómo disfrutan el día en que pueden salir a la calle o comer pizza o ver a unos amigos. Así como en esos días fríos y nublados cuando buscamos la banca a la que le da el único rayito de sol que sale entre las nubes espesas. Ya sabemos que se va a cubrir de gris de nuevo, pero ese circulito de luz no se puede desperdiciar mientras dure. Así viven sus pocos días los que saben la fecha de su partida. Así los vivimos todos.

Lo triste es lo definitivo. Lo segundo más triste son las despedidas definitivas. Lo tercero más triste es saber que se tiene uno que despedir y para siempre.

October 26, 2008

Siempre no siempre es siempre

Soy lingüista y últimamente siento una terrible necesidad, como lo ha notado bien Larisa, de justificar mi profesión. Así que para no sentir que pierdo tiempo escribiendo en este blog, y para no sentir tampoco que descuido el blog perdiendo el tiempo con lingüistas, me he decidido a combinar las dos cosas en una sola entrada, así pierdo el tiempo una vez y no dos. La vez pasada inserté un practi-tip sobre el uso de "nunca", "jamás" y "jamás nunca". Ahora nuestra atención se vuelca a su contraparte, siempre:

Imagínese que es usted un hablante nativo de cualquier otra lengua que no sea español (inglés, chinanteco, o hindi, pongamos por caso). Y ahora imagínese que está tomando clases de español y entre muchas otras cosas le enseñan el significado de la palabra "siempre". "Siempre" quiere decir algo así como "todas las veces", "en todas las ocasiones", "todo el tiempo". Así por ejemplo: "Siempre que voy al cine me quedo dormida" = "Todas las veces que voy al cine me quedo dormida"; "Siempre quise ser diputado" = "Todo el tiempo quise ser diputado".

Bien, ahora suponga usted que viene de vacaciones a México a estrenar su nuevo conocimiento de la mal (pero muy mal) llamada "Lengua de Cervantes". Para asegurar inmersión total en el uso cotidiano de la lengua, se hospeda usted con una familia de amigos de la colonia Portales. Y al principio todo va bien, van a pasear al zócalo y el jefe de la familia le dice:
-"Siempre viajamos en metro".
Traduce usted mentalmente la oración anterior por su correlato que en inglés, chinanteco o hindi quiera decir "Todo el tiempo viajamos en metro". La regla funciona perfectamente.

Conforme avanza el día, las cosas se ponen más complicadas. La señora de la casa decide cambiar el medio de transporte:
-"Mejor vamos a tomar un taxi, siempre y cuando no pase el pesero".
Contínua usted traduciendo conforme a la regla: "Mejor vamos a tomar un taxi, todas las veces y cuando no pase el pesero". Empiezan los problemas. La oración resultante no parece tener mucho sentido en su propia lengua.

La situación se pone aún peor cuando la niña de la familia le dice:
-"Siempre sí nos vamos en taxi".
¿"Todas las veces sí nos vamos en taxi"?; "¿Todo el tiempo sí nos vamos en taxi?"

O de plano le dan la información contraria:
-"Uuy, no. Siempre no nos vamos en taxi".
¿"Todas las veces no nos vamos en taxi"? ¿"Todo el tiempo no nos vamos en taxi?"? O sea, ¿"Nunca nos vamos en taxi"?

¿Qué quiere decir "siempre"? ¿Por qué "siempre" es tan complicado? De dónde sale ese uso mexicanísimo de "siempre no" generalmente precedido por "que dice mi mamá", e.g. "Que dice mi mamá que siempre no le va a pagar esta semana, que se de una vuelta la semana que entra".

"Siempre no", ¿no es una contradicción? ¿Por qué no quiere decir "nunca"? ¿Cómo se dice en otras lenguas?: ¿"(My mother says that) she is always not going to pay"? ¿"sempre non"? ¿"tojours ne... pas"? ¿Quién fué el primero que dijo siempre no, y qué tenía en la cabeza cuando dijo eso?

Practi-tip lingüístico de hoy:
(1) Siempre que vaya a usar la secuencia "siempre no", invierta el orden por "no siempre":
Antes:
Siempre no vamos a ir a Disneylandia, porque está carísimo el dólar.
Ahora:
No siempre vamos a ir a Disneylandia, porque está carísimo el dólar.

(2) Sorprenda a sus amigos usando la secuencia "siempre no" para referirse a un hecho que no sucedió pero que de cualquier manera nadie se esperaba que sucediera. Ejemplo:
Así de la nada, en una fiesta, arroje una oración como "Siempre no puse ninguna bomba en San Lázaro". Lo cual es estrictamente cierto: no puso usted (ni yo, ni nadie, que yo sepa) ninguna bomba en San Lázaro. Pero el "siempre" antepuesto a "no" le da a su oración ese saborcillo desconcertante que será un buen entretenimiento para sus conversaciones.

Si tiene usted sugerencias sobre nuevos o viejos usos asistemáticos, antiestéticos, contraintuitivos o analgésicos de la palabra "siempre" o de cualquier otra cuyo significado le sea un misterio, no dude en contactar al consejo editorial de este blog.

Hasta el próximo practi-tip lingüístico!

October 22, 2008

el fantasma en abrigo de lana

Hace siete años vi la primera de las tres escenas que más me han impactado en la vida. Siempre me prometí escribir sobre ella pero tenía miedo (y tengo aún) de no poder describir fielmente el desconcierto de vivirla. Pero hoy me vino a la mente porque como un presagio oscuro regresó a mis ojos por segunda vez.

Era agosto, era invierno y era Buenos Aires. A un lado mío iba caminando Oscar, y del otro lado otra persona que ya nunca más vino al caso. No recuerdo exactamente dónde adábamos, pero recuerdo que íbamos a un lugar cerca del Abasto, y ya estábamos por llegar. A lo lejos, en la puerta de un restaurante, esperaban tres hombres maduros, de entre cuarenta y cincuenta años, con abrigos de lana de muy buen corte. Uno de ellos llevaba un abrigo verde oscuro, que no es un color muy común, pero sí muy elegante y por eso lo recuerdo bien. Estaban extrañamente parados en la orilla de la banqueta, un poco demasiado lejos de la puerta del restaurante para ser comensales en lista de espera, y eso fue lo segundo que me llamó la atención. Estaríamos a unos veinte metros de ellos cuando salió del restaurante un garrotero con una bolsa negra de basura. La colocó junto a los tres hombres en la banqueta. En cuanto el garrotero se dio la vuelta, el del abrigo verde tomó dignamente la bolsa y los tres se alejaron a unos cuantos metros de la entrada discretamente dando pasos cortitos. Colocaron de nuevo la bolsa de basura en el suelo y con sumo cuidado empezaron a hurgar buscando comida. Sus modos lentos y su vestimenta muy limpia revelaban que eran nuevos en el oficio de vivir de los desperdicios. Oscar, yo y la otra persona que no viene al caso seguíamos caminando rumbo a ellos y en el momento en el que abrían la bolsa pasamos a su lado. Todo esto que me toma tanto tiempo narrar, en la realidad sucedió en una secuencia rápida, inesperada e incomprensible. Oscar y yo nos volteamos a ver uno al otro y no supimos qué decirnos. Buscábamos en el otro alguna explicación. Luego Oscar dijo lo que me estaba temiendo: "No entendí". Seguimos caminando en silencio. Nunca más tocamos el tema.

Durante muchos meses rumié esa escena tratando de encontrarle sentido, pero la explicación llegó por sí misma en diciembre de 2001. Lo que vimos Oscar y yo fue el fantasma silencioso y cotidiano de la recesión meses antes de que se anunciara la caída estrepitosa de la economía argentina. Para agosto de ese año, el desempleo ya llegaba casi al veinte por ciento, hecho del que por supuesto nosotros, turistas inafectados, no teníamos ni idea. En mayo del siguiente año el desempleo alcanzaba a uno de cada cuatro argentinos.

Esto es Nueva York y aquí todos hemos recogido alguna vez algo de la basura. Yo, por ejemplo, una mesita con chinches y una revista de modas, Lucero unos zapatos de niño que tuvo el descaro de llevarle de regalo a un sobrino, Paola un banco de rafia espantoso al que nos referíamos como "Tavolino", y así... Además lo hace uno con un cierto orgullo, con ganas de presumirle a alguien "mira nadamás qué tesoro me conseguí y sin pagar un sólo centavo". Pero hurgar en busca de comida o de cosas que vender es un oficio propio de la gente que vive en la calle, que de por sí no es poca (por cierto, este flog buenísimo es un registro maravilloso de esa otra parte de la ciudad, no tan sex-and-the-city, con personajes intensamente más humanos e interesantes que Carry y Miranda). Asi que ver a alguien merodeando una bolsa de desperdicios no es por supuesto cosa del otro mundo.

A pesar de las escandalosas imágenes de los brokers de Wall Street histéricos y desconsolados, las gráficas de los índices en picada y los titulares sensacionalistas de los periódicos, hasta ahora la vida común y corriente ha estado transcurriendo envuelta en miedo, pero aparentemente en normalidad. Pero hoy vi cerca de mi casa una escena que estoy segura de que nadie en mucho tiempo había visto en el país más rico del mundo: un hombre maduro, de entre cuarenta y cincuenta años, con abrigo de lana de buen corte y pinta de clase media, inclinándose tímidamente sobre el bote de basura de una casa particular en busca de comida. Esta vez Oscar no venía conmigo pero ya no había quien pusiera cara de 'no entendí'. Lo pude reconocer a la primera: era el fantasma cotidiano de la recesión, apareciéndose discretamente como acostumbra, para anunciar oficialmente la catástrofe.

borrarse del mapa

Primero empecé por añadir amigos, luego por borrar amigos y luego por borrarme a mí misma. Después de siete meses de intensa actividad, he desactivado mi cuenta en facebook en un arranque de ermitañismo (¿existe esa palabra?) y sentido de la realidad. Sólo por variar, quiero ver qué se siente vivir en el lugar donde uno vive, trabaja y toma el metro todos los días, y no a 3,500 kilómetros de ahí. Vamos a ver. Por lo pronto, los primeros cinco minutos se sienten como cuando después de media hora se baja uno de la caminadora y los pies apenas se acostumbran a que sentir que el piso no se mueve. Es extraña la vida cuando es normal.

October 18, 2008

yo produzco ocio, y usted ¿qué produce? ¿deuda?

Cuando mi hermana salió de la prepa, mi abuela, que trabajó como maestra rural durante cincuenta años ganando un sueldo miserable, la obligó a hacer la promesa más injusta que yo he visto a alguien hacer en una familia que se jacta de progresista. Así, en abierto chantaje le dijo, mientras le sostenía la mano y la miraba con ojos lastimeros: "Mi última voluntad es que nunca, nunca vayas a estudiar antropología. Prométemelo". Mi pobre hermana no tuvo más remedio que aceptar a medias la voluntad de mi abuela (que, dicho sea de paso, no fue ni de cerca la última), así que entró a la ENAH, terminó el propedéutico y se salió de ahí a estudiar derecho. La historia de las múltiples carreras truncas de mi hermana es larga y no es lo que me ocupa en esta entrada. Lo que me ocupa es esa manera de pensar que representaba tan bien mi abuela, según la cual hay profesiones con las que "se muere uno de hambre" y profesiones con las que no. Para no "morirse de hambre" hay que estudiar derecho, administración de empresas, ciencias de la computación (sic), y mercadotecnia. Incluso alguna ingeniería (ingeniería en sistemas, por ejemplo, pero no ingeniería agropecuaria, por supuesto). Los que de plano están irremediablemente inclinados a las humanidades pueden estudiar psicología, pero sólo si se dedican después a la psicología corporativa (también sic, las corporaciones no tienen psique, los que tienen psique y por cierto muy retorcida son los CEOs). O ya, si se tienen de plano dotes artísticas difíciles de disimular, arquitectura o diseño gráfico. Pero nada más.

El extraño en el bar (o en el metro, o en la fiesta de unos abogados que conocí por accidente), que como su nombre lo dice es un extraño diferente cada vez, siempre hace las mismas preguntas que no entiendo, y en el mismo orden:

(1) "Lingüística. Mmm, qué interesante. Y en qué lengua?". (Antes era "¿Cuántas lenguas hablas?", pero al parecer ya se ha insistido suficiente en que los lingüistas no somos intérpretes y por lo tanto no tenemos obligación de hablar fluidamente ninguna lengua, incluida la materna). A pesar de que he oído esta pregunta incontables veces, confieso que me sigue aturdiendo. Nunca sé qué contestar, así que mi reflejo inmediato es echar la cabeza para atrás, abrir los ojos muy grandes y pedir que me la repitan: "¿Cómo que de qué lengua?" En ese momento el interlocutor generaliza en silencio sobre la falta de sagacidad de los lingüistas. Pero es que en serio hasta la fecha no me puedo quitar la idea de que esa pregunta es capciosa.

(2) "Sí, o sea, ¿lingüística del inglés, del español...?" me inquiere con harta paciencia. Aquí seguro frunzo el ceño cada vez más y trato de entender que en el imaginario popular el lingüista pasó de ser "la persona que sabe muchas lenguas" a ser "la persona que sabe sólo una lengua, pero muy, muy bien".

Así que si en esos días estoy de culto a Chomsky, respondo encantadoramente: "Ninguna lengua en particular. Los lingüistas nos dedicamos a estudiar las reglas que conforman la Gramática Universal. Aunque usted no lo crea, todas las lenguas del mundo tienen una base común que bla bla bla". Pero generalmente opto por una respuesta completamente falsa, amarillista y taquillera: "Me especializo en P'urhépecha. Una lengua de Michoacán que no tiene parentesco con ninguna lengua en América pero que casualmente tiene muchas similitudes con el Húngaro y el Turco". A la gente le encanta encontrar parentescos impensados, así que la novedosa asociación "Michoacán-Hungría-Turquía" les suena de interés. Y cuando lo que quiero es cortar la conversación de tajo simplemente digo "Lingüística del Español". Aunque eso, por supuesto, no exista.

Independientemente de la respuesta que dé a (2), la conversación en algún punto va a parar a la siguiente (y última) pregunta de la serie:

(3) "Mmmm qué interesante. ¿Y eso para qué sirve?" Knock-out. Tengo una respuesta tajante, también falsa, para esta pregunta, pero no la voy a repetir aquí. Si quiero hacerme la interesante, lo cual pasa muy a menudo, termino poniéndome a mí misma en la situación donde me alejo de mi cómoda arena y termino hablando de temas de los que no sé absolutamente nada. Por ejemplo, se me ha ocurrido decir que los lingüistas buscamos las reglas que se pueden hacer instrucciones para hacer hablar una máquina. Las personas que piensan que Inteligencia Artificial es lo que está detrás de la voz sintetizada y gangosa que dice en el banco "Pa.sea.la.ca.ja...cua.tro", saltan de inmediato a la conclusión de que los lingüistas salen sobrando porque las máquinas de hecho ya hablan. Los que saben que esto no es posible concluyen que el lingüista debe ser un pobre ñoño que estudia un doctorado en el MIT para servirle se achichintle a uno más listo que estudió una carrera corta de programador analista en la Universidad Insurgentes campus Metro Chabacano.

He estado mucho tiempo pensando en una respuesta a (3) que ni sea falsa, ni tampoco verdadera e incomprensible, y al mismo tiempo que devuelva la ofensa de poner en duda la utilidad de nuestra profesión. Y todo esto sin tener necesidad de mencionar a las huestes oscuras que venden sus servicios al Departamento de Defensa de Estados Unidos. Porque aunque esos sean los que hacen dinero, de ninguna manera representan al gremio.

Ahora que se ha caido el teatrito de mover al mundo con dinero sin respaldo, las profesiones "productivas" se han devaluado ante la mirada pública como lo que son: hacedoras de dinero ficticio. Y es que las "profesiones productivas" son por definición las profesiones bien remuneradas, y las profesiones bien remuneradas son las profesiones productivas, en un círculo vicioso común de la lógica capitalista. El hombre productivo no es el que produce conocimiento -ése es un ocioso-, ni el que produce dinero con trabajo -ése es un lumpen-, sino el que produce dinero con dinero -ése es un "ganador"-. Pero ahora que se ha desvelado (por enésima ocasión, como si no hubiera sido obvio desde antes) el gran timo neo-liberal, resulta que producir cientos de miles de dólares al año en este planeta no tiene más valor que producir cientos de miles de panchólares. Bueno, quizá la analogía es injusta: los panchólares al menos tienen respaldo de chocomilk, los dólares, respaldo de deuda, o sea, de nada. La vida nunca se pareció más a un juego de turista. La próxima vez que un abogado o un empresario me pregunten qué tiene de productivo ser lingüista, o antropólogo, o psicólogo social, pienso contestarle que la única diferencia entre él y el resto es que él tiene la capacidad de endeudarse por más billetitos de colores del Banco Anáhuac (ese que tiene el sello de un niño en un burrito), que a su vez están respaldados por grandes depósitos de menos billetitos del Banco de la Felicidad, que a su vez... Y que al final es más productivo emplear el tiempo preguntándose qué nos distingue de un chango, o porqué se parecen el P'urhépecha y el Húngaro, o porqué en el Istmo de Tehuantepec el trabajo se divide de manera diferente que en Nueva Guinea, o cómo llegaron a Teotihuacan esas piezas de concha del Perú, que dedicar la vida a matarse en una oficina para coleccionar billetes Mi Alegría.

October 15, 2008

yo por eso no cocino

No sé quién fue, pero probablemente fue mi hermano Abel el que acuñó el término. Cada vez que me ve comer arroz frío recién sacado del refri, pone cara de espanto, insiste en que lo caliente en el micro y ante mi necedad termina diciendo en tono de reproche: "No cabe duda de que comes como soltera".

Soy soltera, por lo tanto cocino menos de una vez al mes. Y no es que no me guste cocinar, al contrario, me encanta, pero no puedo hacerlo muy a menudo. Qué más daría yo porque en las mañanas, en lugar de tomarme tranquilamente mi café recién hechecito con pan tostado y mermelada de naranja, me pasara el desayuno sin masticar y dedicara los veinte minutos que me quedan a picar verduras a la velocidad de la luz para prepararme un suculento lunch que comería bajo la placentera luz de halógeno de mi oficina. O que los domingos, en lugar de echarme a ver películas ochenteras tontas y reírme a carcajadas con mi rummi, pudiera yo pasar varias horas en la cocina perfumándome los dedos a ajo y cebolla preparando cazuelas de guisados deliciosos para disfrutar entre semana, a la hora de la cena, frente a la tele y sin mi rummi, viendo noticias deprimentes. Me encanta cocinar, y cocino de maravilla, pero lamentablemente no puedo hacerlo con la frecuencia con la que quisiera.

Tampoco es falta de tiempo. Tiempo desperdicio muchísimo, como si lo regalaran, en cosas menos placenteras y menos importantes que cocinar. No: es el maldito capitalismo el que me aparta de la estufa.

Y es que para cocinar, pues hay que comprar los ingredientes: primer filtro. Y para cocinar siendo soltero, hay que comprar los ingredientes en cantidades razonables: segundo filtro. "Cantidad razonable" es un concepto extraño al capitalismo, que en su lugar confía en la abstrusa noción de "Value". "Value" bien no sabría definirlo, pero es un término relacional, una proporción entre cantidad y precio (calidad creo que no entra en juego), que se puede resumir en la máxima "mientras menos compre usted, más paga". Si uno compra mucho, y paga mucho, entonces eso que uno compra tiene (¿o da?) Value, porque pudo bien haber comprado poco, y pagado mucho, en cuyo caso no habría (¿o ganaría?) Value.

Bueno, a mí me encanta cocinar, como ya lo dije, pero sobre todo me encanta cocinar con poro. Da mejor sabor que la cebolla, no hace basura y no apesta los dedos. Tampoco hace llorar. "El poro es la nueva cebolla" ("Leeks are the New Onion", por decirlo en fórmula hipster).

Hoy no fui a la escuela por causas ajenas a mi voluntad pero muy bien recibidas por ella, así que decidí cocinar como Dios manda: verduras con carne y poro. Pero en el super de la esquina, que es un minisuper, haga usted de cuenta El Sardinero del Upper East Side (o sea, no es Costco ni la Central de Abasto), resulta que no venden poros más que en paquetes de cuatro o cinco tallos, y yo sólo necesito uno. Le pregunto al dependiente si no tienen paquetes más chicos o si no puedo comprar sólo la mitad de lo que está en el paquete, y por supuesto, reacciona ofendidísimo. No: sólo se puede comprar poro si está usted dispuesto, bien a cocinar para el Ejército de Salvación, o bien para menos de tres personas y tirar los cuatro dólares que sobran a la basura. Yo antes que ver comida pudriéndose en el refri, prefiero ir directo con la cartera al baño, aventar los billetes al excusado y jalarle. Al menos después no tengo que limpiar el cajón de las verduras.

Total que no, bajo el régimen capitalista no hay verdura para cocineros solteros, al menos no para solteros con principios tan férreos y presupuesto tan estrecho como los míos. Yo por eso no cocino y viva el sandwich de jamón.

October 05, 2008

requisitos de admisión: prueba del malvavisco

Hay un tal señor Walter Mischel que hace tiempo inventó la famosa Prueba del Malvavisco. En mi pueblo a los malvaviscos les decimos "bombones", pero prefiero aquí no dar lugar a malos entendidos llamando a la prueba de Mischel "Prueba del Bombón". Así que le dejo el nombre en español estándar. La prueba consiste en poner unos niños de cuatro años frente a un malvavisco y decirles que tienen dos opciones: comérselo en ese momento o esperar unos minutos para recibir un malvavisco más, y con ello comerse dos bombones dos. Lo interesante es que el estudio continúa varios años después, cuando estos niños salieron de la prepa. Los resultados indican que los niños que se aguantaron tantito, y por lo tanto obtuvieron dos malvaviscos, al pasar de los años sacaron más altas calificaciones, y eran más populares en la escuela, en comparación con los avorazados que no pudieron esperar y se tragaron el bombón no bien les terminaron de dar las instrucciones. Luego este otro sujeto hizo muchísimo dinero incorporando los resultados de la prueba científica en su teoría de autosuperación e inteligencia emocional. La irrefutable conclusión: reprimir la búsqueda del placer inmediato en favor de la gratificación diferida es el secreto del éxito social y personal, y está en relación directa con la capacidad de alcanzar las metas que uno se imponga. El que se aguanta, gana, pues. Los perdedores no se aguantan y por eso pierden.

El malvavisco en la Educación Superior
En la puerta de mi escuela no hay, pero debería haber, un letrero que diga: "Muchos serán los convocados pero pocos serán los elegidos". Estoy pensando que en los procesos de admisión para instituciones de educación superior se deberían exigir los resultados de la Prueba del Malvavisco. La convocatoria, por ejemplo, de la UNAM, rezaría: "Requisitos: -Acta de nacimiento original; -Certificado de Bachillerato con promedio mínimo de 8.0; - Copia notariada de los resultados de PM (Prueba del Malvavisco)". Siendo consecuentes, la prueba del malvavisco debería ser aplicada de manera obligatoria a todos los niños al cumplir los cuatro años. Con este simple diagnóstico, nos ahorraríamos miles de millones en estudiantes desertores, procrastinadores, fósiles, indecisos y perdedores en general. No tendríamos problemas de drogadicción en las escuelas, porque los niños que llamaré "Clase Bombón I" (o sea, los que esperaron al segundo bombón) obviamente no van a ceder al placer inmediato de inhalar cocaína si en lugar de ello pueden acceder al placer, menos inmediato, pero más seguro y a largo plazo redituable, del éxito académico.

El malvavisco en la sociedad actual
Y llevando los resultados de la Prueba del Malvavisco de la superación personal a la teoría social, el estudio de Mischel sustentaría bien la división de los ciudadanos en dos grandes clases. Los "under-achievers" corresponden a la Clase Bombón II, los que se tragaron el malvavisco sin esperar a una mayor recompensa. Los pacientes y visionarios son Clase Bombón I. La gente que entra a empujones en el metro, los que se meten en la cola del banco, los que se salen del bar sin pagar son indudablemente Clase Bombón II. Los líderes empresariales y los que cosechando sus esfuerzos se ganaron un hueso en gobierno son Clase Bombón I. Mariguanos de Las Islas, intelectuales de Los Arcos, apostadores, poetas que editan sus propios libros y los venden en cafés de Coyoacán, estudiantes de tres licenciaturas todas ellas sin terminar, homosexuales que prefieren el placer carnal inmediato antes que la dicha de la reproducción, desempleados y despedidos, víctimas del recorte de personal, compradores compulsivos, seguro se comieron el bombón antes de tiempo. Señoras de perro lanudo, CEOs de transnacionales, banqueros evasores de impuestos, dueños de maquiladoras explotadoras de trabajadores sin derechos laborales, atletas de alto rendimiento, Ivy-leaguers y Cuellos Blancos en general, son los que esperaron el segundo bombón. La lucha de clases, ese concepto trasnochado, es reemplazada por un concepto más explicativo: la lucha interna entre el placer inmediato y la satisfacción diferida.

A donde quería llegar: el malvavisco en mi vida personal

A mí nunca me hicieron la prueba del malvavisco, pero ni falta que hacía. Para empezar, nunca me gustaron mucho los bombones como no estuvieran asados en la chimenea, así que de poco hubiera servido la prueba para desenmascarar al voraz monstruo alcohólico, glotón y despilfarrador que vive dentro de mí. Siempre saqué buenas calificaciones y fui la más ñoña de mi escuela, lo que me hizo sumamente impopular (al menos así me gustaba pensarlo, la verdad es que por ser impopular no me quedó más remedio que ser muy ñoña). Aquí quiero aclarar que en los últimos años hay una tendencia a usar la palabra "ñoño" con una especie de falsa modestia que ha terminado convirtiendo al término en un halago más que en un insulto, pero en otra entrada hablaré sobre este fenómeno. Yo uso el término en su sentido peyorativo original: el ñoño es un retraído social, que sale todos los meses en el cuadro de honor y se come su sandwich solo en el recreo.

Bueno, pues cuadro de honor y todo, no puedo recordar una sola ocasión en la que haya pospuesto un placer inmediato por un placer mayor a largo plazo. Es la fecha en que no puedo tomar un trago de cerveza sin acabar con el cartón. En mi casa nunca hay Chips Ahoy, no porque no las compre, sino porque no la arman en el camino del super a la alacena. Puedo largarme al cine la víspera de un examen perrisísimo con cada vez menor remordimiento de conciencia. Me gusta ponerlo así: no tolero los riesgos, y esperar es arriesgar. Posponer los placeres es decidir vivir al rato, sabiendo que no se tiene la vida comprada. Ahora que conozco la prueba de Mischel, entiendo porqué no tengo camioneta ni perro lanudo, ni trabajo fijo ni ahorros en el banco. Pero es que no puedo dejar de pensar: vaya decisión más estúpida, esperar dos malvaviscos inexistentes cuando se tiene uno seguro al alcance de la mano.

September 28, 2008

kumbia queers


La primera vez que las vi me enamoré de Pilar. Lalo me había dicho que íbamos a oir un grupo de argentinas que mezclaban "rock con música popular", valga la redundancia. Y aunque en términos generales la descripción era correcta, nunca me imaginé que el "rock" era punk rock y la "música popular" era cumbia villera, Madonna, Nancy Sinatra y más rock, Black Sabath, The Cure y todo lo que un niño ochentero puede revivir a los treinta con emoción. Y ritmo tropical.

Me enamoré porque habían puesto a bailar a mis amigos (ahí estaba Camilo saltando como en 1994, la Toks, que no podía faltar, Jimmy con su inseparable chela en la mano, tambaleándose con ritmo). Me encantaron porque los micrófonos no servían y ellas sin embargo se lanzaron a tocar, con la grandiosidad con la que Izthak Perlman tocó con tres cuerdas en el Lincoln Center, de Nueva York, según cuenta la leyenda, bajo el motto "el artista hace lo que puede con lo que le queda". Ni más ni menos hicieron las Kumbia Queers en el Pit de Cuernavaca. Después los micrófonos funcionaron y lo celebraron como si se hubieran ganado la lotería. Me gustan porque son el mejor contraejemplo a la visión imperante "sólo hay una manera de hacer bien las cosas". Son lo opuesto de quienes juzgan que cada cosa pertenece a un solo género (musical o social). Son lo contrario del orden, y aun así super organizadas. Son la muestra de que la creatividad impera sobre la tan alabada "productividad". Son lo contrario del trabajo de nueve a cinco, y sin embargo super chambeadoras, son el reverso de todo.

Hacía calor, largaron las playeras al carajo, enseñaron los brasieres, tocaron y se desgajaron de alegría en el escenario, yo volví a tener dieciocho años durante esas horas y en el centro de todo, brillante con su guitarra roja tapizada de estickers estaba Pilar, queer poderosísima y sin duda la más atractiva que he visto. No le pude quitar los ojos de encima en toda la noche.

Al final de ese primer concierto, envalentonada con las chelas que se tomó Jimmy (porque yo no tomo), me acerqué a Pilar sorteando las marejadas de fans que se arremolinaban alrededor de ella pidiendo autógrafos. En realidad eran sólo tres, pero los nervios del momento me hacían sentirla inalcanzable. Desde entonces me dediqué a conseguir su disco, a ver sus fotos, a pescar el próximo concierto al que pudiera ir, a tragarme los nervios y la pena y pararme enfrente ella al final o antes del concierto y decirle "yo soy la que te mandó un correo / dió su teléfono / abrazó en el pasagüero / sonrió en el alicia / ama la remera que tiene y que tú estampaste/ cantó todas tus rolas hoy". Pilar siempre va a contestar, amable y confundida "che, siii... recuerdo, vos me mandaste un correo / sos de Cuernavaca, cierto?". Miente. No se acuerda, pero no me lo quiere decir. Y por eso me gusta más.

Ayer las Kumbia Queers cerraron su gira en Nueva York. Yo, como le dije alguna vez a Pilar en el primer correo que le mandé, estaba ahí bailando en primera fila. Mientras estaba cantando y riéndome y saltando, pensaba: son muy buenas, pero ojalá que nunca se hagan famosísimas porque lo que las hace grandes es saber que al terminar el concierto se van a estar fumando un cigarro o tomando una chela en la banqueta, o atendiendo su puesto de discos y playeras, y uno se va con la certeza de que el próximo año, en un forito pequeño como El Pit o el Fontana, va a tener durante unas horas dieciocho años otra vez. O mejor aún: va a tener los años que tenga y va a saltar y bailar pensando que la vida es de colores con print de leopardo y cuero negro y que el mundo es más bello por el revés que al derecho.

Foto: pagina12.com.ar

September 27, 2008

la generación que no viajó


Andrea me estaba una vez platicando sobre cómo sus abuelos, Ricardo e Isabel, habían sido de las pocas personas de su generación que habían viajado a Europa, y no se diga a Medio Oriente. Hay que tomar en cuenta que todavía entonces el océano se cruzaba preferentemente en barco y no en avión. Seguramente este comentario era una nota al pie en algo mucho más interesante que me estaba contando, pero es una de esas cosas que dice Andrea que recuerdo con frecuencia.

Mi querido amigo Nico, del que hace años no tengo no tengo noticia, es un antropólogo clásico de los que ya no quedan. Vive oficialmente en Buenos Aires y regularmente en Maputo, Mozambique. Como el Coloso de Rodas, tiene un pie en cada continente, y a veces me lo imagino haciendo esfuerzos por cruzar las piernas porque siempre quiso llevar Buenos Aires a África y traer a Africa a Sudamérica. Al menos así era hasta la última vez que lo vi. En alguna de sus cartas escritas a mano (porque Nico mandaba cartas escritas a mano, era un clásico, les digo) me decía: "Nuestra generación se va a definir como la generación que viajó. Y nuestros nietos dirán: '¡Esos viejos sí que vivieron la Historia!'". En efecto. Yo no hubiera conocido a Nico si no hubiera sido porque en mi generación, a diferencia de la de los abuelos de Andrea, viajar era mucho más común y accesible que antes.

Cuando era joven me gustaba viajar para conocer gente. Ahora conozco gente sin viajar. A veces coincide el viaje más o menos largo de alguien con mi paso más o menos permanente por algún lugar. Me pregunto cuál será la definición de la siguiente generación con respecto a su movilidad espacial. Mi apuesta es que los viajes poco a poco serán cosa del pasado. Desde que nos prestaron el Aleph de Borges, para ver el mundo no hace falta dejar el sillón. Y si a eso se agregan todas las medidas, esas sí, terroristas, de las aerolíneas que se esfuerzan por hacer de los vuelos un viacrucis, probablemente la próxima generación no será muy diferente de aquella en la que Isabel y Ricardo eran una excepción.

September 24, 2008

sesiones de orientación vocacional

Por fin hay un asiento libre. Aprovecho que estoy sentada para leer un artículo en el corto trayecto que me queda. Lo saco de la bolsa: este no es, este es el vocabulario de Quechua. Este es, ahora sí: "The binding theory". Y a leer: "Una DRS está incrustada en en un modelo µ ssi para toda función de interpretación ƒ que asigne a cada expresión de L..." Siento un golpecito en el hombro. El pasajero de al lado mío tiene una pregunta:
-Excuse me, is that linguistics?.
-Sí señor, es lingüística. Cómo supo? -respondo yo.
-Oy, recuerdo haber tomado esa materia en la universidad. Es dificilísimo. Qué estudias , la maestría?.
Se me llena la boca con las siguientes tres sílabas:
-Pi-eich-di.
Como si dijeran algo.

Y regreso a mi artículo y a mi ipod: mbsnm µ∫†≠∫¥s... Pero el vecino me da otro toquecito en el hombro:
-Mi amigo estudió el doctorado en Lingüística y Ciencia Cognitiva en Rutgers.
-Ah, mire usté..
-Siete años, le llevó terminar.
-Pues qué rápido -pienso en voz baja.
-Pues es en promedio lo que le toma a todo el mundo -digo en voz alta.
-Y usted qué hace?
-Soy abogado
-Ahh
Y la respuesta me invita a sumir los ojos de nuevo en mi lectura: mbsnsmm ∫∑ßpq....

-Oiga, le puedo preguntar algo?
Como siempre que oigo esas palabras, hago cruces y pido un deseo: "Por favor Dios mío, que sepa yo la respuesta". Pero no tengo suerte:
-Todo eso -dice mientras agita la mano suavemente sobre mi artículo, -a quién le importa?

Si tuviera el don de la franqueza, diría: "La verdad, señor, quiénsabe. Lo mismo me pregunto yo todas las mañanas mientras tomo clase, todas las tardes mientras trabajo y todas las noches cuando regreso a mi casa con la sensación de que he perdido el día. Y cada vez entiendo menos qué es lo que hacemos cuando hacemos esto, y a quién le puede importar que mbsnsmm ∫∑ßpq". Si hubiera sido cínica, hubiera dicho: "A casi nadie, pero dígame usted, eso de hacer leyes, a quién le importa como no sea a los pocos cuantos que pagan para que se las hagan a su medida y conveniencia?".

Pero como no soy cínica ni franca, di mi respuesta estándar para los necios que piensan que el suyo sí es un trabajo productivo:
-A nadie le importa, realmente. Pero nos divertimos. (Risas fingidas).

Es la mejor respuesta para cortar de tajo una conversación improductiva sobre la productividad de nuestra ocupación. También es una respuesta falsa. Yo, al menos, no me divierto sabiendo que mbsnsmm ∫∑ßpq ssi µ∫†≠¢œ∫¥©. Y como al resto de los mortales, tampoco me importa.

September 10, 2008

A esta ciudad le falta una capa de pintura.

September 04, 2008

bucólica del metro

No hay lugar más inmundo que las ciudades. Lo que es como decir, no hay lugar más inmundo que el mundo -sobre todo para la gente llamada "de mundo", que se define por la incapacidad de vivir en cualquier ambiente que no sea decididamente urbano.

En esa planta alta del infierno que llaman estación de metro, la suciedad se vive con resignación. Se agarra uno fuertemente del tubo resbaloso de grasa humana, o se sienta en las bancas tapizadas con manchas negras de chicles masticados, rodeado de óxido y orines. Cierra los ojos ante las corrientes de aire caliente que sopla por los túneles como el aliento de una bestia inorgánica. Salen de las paredes, de las escaleras y de los elevadores, olores tan nauseabundos e intensos que el olfato no los puede creer. Y se acostumbra. Y después de un titubeo muy breve, me siento en el suelo a leer mi libro y esperar, con la piel pegajosa de un sudor que ya no sé si es mío. Sólo suspiro y me revuelco sin moverme en toda la suciedad que viene a mí, que me envuelve como el cochambre a las ollas en el trastero.

August 24, 2008

corazón de hule espuma, poroso...

Últimamente ando con una esponja mojada en el pecho, un artefacto ligero y pesado a la vez. De cuando en cuando, la realidad me exprime con su manita fría el corazón y se me mojan los ojos un poquito. Un hilo de agua helada me hace cosquillas en el vientre. Entonces me queda una ligereza incómoda, una ausencia porosa y seca, como si me faltara una costilla o un pulmón o algo. Al cabo de un rato de olvidar, o de recordar lo que debiera haber olvidado, se vuelve a humedecer la esponja, me llena todos los rincones del pecho; llega otra vez la mano, vuelve a exprimir...

la luz es de quien la paga

Introducción
Cuenta el saber popular que la época de Santa Anna era tan cruel que la gente tenía que pagar impuestos por la luz natural que entraba por sus ventanas. Más ventanas, más tenían que pagar. No es de extrañarse, porque Santa Anna encabeza la lista de hechos más excéntricos y surreales de la historia mexicana, desde ayudarle a Adams a inventar la goma de mascar hasta enterrar su pierna gangrenada con honores militares (sólo hacia el final del siglo veinte otros gobernantes lograron ponerse a la par de las extravagancias del caudillo inmortal de Zempoala, con hechos memorables como "La calavera del encanto": el cráneo que fue encontrado con ayuda de información directa de ultratumba provista por una agente secreta del más allá conocida como La Paca).



Parte primera y última
Pero estoy aquí para hablar de las ventanas. Me estoy mudando. Y me siento en tiempos de Santa Anna, en un país donde nunca gobernó Santa Anna (al menos no en esta mitad de arriba). En esta ciudad la renta se incrementa dependiendo de la cantidad de luz natural que entra al cuchitril. "Cuarto para persona sola, 2x4 metros, a 20 min. del metro, con ventilación pero sin ventanas: 750 (dólares, obvio)". Cada ventana aumenta 100 dólares a la renta; cada cuadra menos de distancia al metro, otros 100. ¿Lo quiere más grande? Es posible, pero sólo a dos horas de la ciudad, sin contar el tiempo de espera del metro.

El núcleo social ya no es la familia, sino una comunidad conformada por tres a cinco personas elegidas arbitrariamente sólo en razón de sus ingresos e historial crediticio, en un sistema conocido como "Rumeimato" (del inglés "room-mate" que es como se conoce a cada uno de los individuos que viven en esa simbiosis posmoderna donde se comparten espacios que antes se consideraban privados, como la propia casa). Me asusta darme cuenta de que no es broma lo que leí un día: "Todo neoyorquino ha considerado alguna vez rentar un departamento donde la tina de baño está en la cocina".

Epílogo
Encontré un departamento precioso en Sunset Park. Por precioso quiero decir: en un barrio latino, a dos cuadras de un parque con horizonte. Con varios locales de comida grasulienta en cada esquina. En un edificio viejo sobrepoblado de cucarachas. Con tres ventanas, de las que me cobran sólo una, las demás son gratis. Tiene entrada privada, lo que implica que cada vez que quiero ir al baño o la cocina he de cruzar el pasillo externo en pijama, decir "hola" a los vecinos y abrir los tres seguros de la puerta principal marcando el paso para no orinarme encima. Un roommate me cayó bien y por eso lo elegí. Al otro roommate ni siquiera lo conozco. En resumen, no sé con quién voy a vivir, pero ya tengo las llaves, ya dí el depósito, y por tres ventanas no puedo dejar de pensar que $620 es una ganga.

(Imagen: Ella Yang "Brooklyn Window" http://www.ellayangstudio.com/archive.htm)

todos los días es día de muertos



La diferencia entre los pueblos de Michoacán y los demás pueblos y ciudades que conozco es que en los primeros el cementerio está en el centro del pueblo. En el resto de los lugares está en las afueras, acaso devorado por la mancha urbana que crece a su alrededor, pero siempre conserva el cementerio su rasgo de orilla. La otra diferencia es que en los pueblos de Michoacán los panteones siempre tienen flores. Algunas más o menos recientes, pero las más viejas no tienen más de un año. En Michoacán los muertos están en el centro de lo que pasa diario: se los ve de ida o de regreso de la escuela, el día de mercado, el domingo de misa. Yo cuando me muera me quiero ir a vivir ahí.








(Imagen: Mike Quinn http://www.texasento.net/reunion.htm)

July 28, 2008

etología del soltero

Odia las vacaciones y el tiempo libre. Sobre todo porque no tiene con quién compartirlo. Dormir es una actividad social, piensa, así que duerme poco, sólo lo necesario. No le gusta la playa porque no soporta la inmensidad. Siempre se le ve en lugares donde hay gente, o no se le ve del todo. Disimula su soltería leyendo en público. Inventa historias sobre las razones de su última ruptura porque le avergüenza decir que simplemente no tolera estar tanto tiempo con la misma persona. Come de pie, quiere acabar rápido con el trámite de alimentarse porque comer en una mesa es también algo que se tiene que hacer acompañado. Le llama "comida casera" a la comida de fonda, porque no tiene casa ni para quién cocinar. Cuando le preguntan por su estado civil, el soltero marca el recuadro correspondiente y sonríe para sus adentros con un orgullito silencioso que nadie sabría comprender. Trabaja los domingos. Irremediablemente a las cinco de la tarde lo asalta un dolor en un estómago imaginario, una especie de tristeza o de miedo, no sabe bien de qué.

Uno pensaría que el soltero le hace honor a su nombre y está siempre solo, pero eso es falso. También pareciera que no tiene quien lo quiera, o que no quiere querer a nadie, pero eso casi nunca es verdad. El verdadero problema del soltero es que siempre quisiera ser un extraño. Está constantemente enamorado, sólo que de diferentes personas cada tanto, a veces de varias al mismo tiempo. No tiene pareja porque tener una implica renunciar a su deporte favorito: convertirse cada tres o cuatro meses en alguien nuevo para alguien más.

de profesión, extraño.

(Esta es una respuesta a una entradita de Larisa)

Yo viajo con maletas de rueditas. Odio las mochilas, los backpackeros, los hostales pulguientos. No concibo los viajes por el puro placer de vacacionar, ese es un lujo de la gente con pareja. Los solteros no encontramos tanto gusto en estar tirados en una hamaca sin nadie, o en sentarnos a ver el mar acompañados de nuestra propia sombra. No, si voy a algún lado, por favor, que no sea de vacaciones.

Me gusta el término "sedentario múltiple" de Larisa porque yo tampoco soy viajera: me baño diario y hablo con poca gente, me cepillo el pelo, jamás uso sandalias con calcetines. Tampoco soy turista porque por principio no voy a ningún lugar donde no tenga nada que hacer, y considero de terrible gusto regatear. Me gusta el transporte público, me gusta escuchar las conversaciones en las combis. La verdad tampoco me gusta moverme demasiado. Me gusta ir muchas veces al mismo lugar. Si pudiera elegir de nuevo una carrera, sería la persona de afuera que viene seguido al pueblo pero no habla con nadie. Saluda a todos pero nadie sabe quién es. Y ya ha estado alrededor suficiente tiempo para que la gente empiece a preguntarse. Entonces surgen las explicaciones: que si viene de Morelia a vender jafra, que si anda buscando marido, que es una prima lejana de los Ascencio o que seguro la mandaron de algún programa de gobierno. A mí nadamás me gusta sentarme a leer en la plaza, acariciar a los perros callejeros o darme unas vueltas por el panteón para que la gente que no tiene nada mejor que hacer se entretenga inventando algo.

July 27, 2008

antropología fractal


I
Elena me explicó en un café de Tlalpan los orígenes de la geometría fractal. Todo empieza con la pregunta de Mandelbrot sobre cuánto mide la costa de Inglaterra. ¿Y cuánto mide la costa de Inglaterra cuando es recorrida a pie por un humano? ¿Cuánto mide la costa de Inglaterra si en lugar de un humano la recorre una bacteria? ¿Cuánto mide, pues, la costa de Inglaterra?
Lo que me interesa no es el desarrollo posterior de la geometría fractal (de la que pueden leer más en este blog buenísimo que me recomendó Elena), sino cómo hace una analogía perfecta con la manera como conocemos lo humano.

II
Este es judío. A este otro lo educaron en una escuela católica. Aquella es bisexual. Yo me di cuenta de que era hispana el día que me vieron de lejos. Tenía que tachar un cuadro que decía "raza" y había varias opciones: afroamericano, asiático, caucásico, hispano. Me causa curiosidad que la raza en este caso se defina por el idioma materno. Cuando camino por la calle soy hispana y cuando entro a mi casa, donde no me espera nadie, tengo la misma cara pero ya no soy minoría. Me espera una lista de quehaceres como la de cualquier persona y voy tachándolos uno por uno mientras me como un pan con miel.


III
Lo desconcertante de la pregunta de Mandelbrot es que parece que todo fuera cierto. La costa de Inglaterra mide lo que mide desde el satélite, pero también mide la distancia que marcan los pasos de un humano y también lo que mide el recorrido casi infinito de una bacteria por los recovecos de cada piedra de la orilla. Todas las medidas son correctas, la longitud depende de la escala de medición.

Todo lo que ven en nosotros es lo que somos, y también somos como nos ven de cerca. Somos lo que tachamos en el cuadrito, por ofensiva que suene la simplificación: negro, blanco, café o amarillo. También somos lo que dice el pasaporte. Somos el idioma que hablamos, pero también las leperadas que decimos, las palabras que inventamos, el olor a sudor y el de ropa lavadita, el aliento a cebolla y a hierbabuena fresquita, el amigo buena onda y el patán que nunca llama por teléfono. La misma persona nos dice un día "nunca había conocido a nadie como tú", y tres meses después sólo recuerda de nosotros que "pinches viejas todas son iguales". Y en los dos momentos tiene razón.

Somos el hijo consentido, la oveja negra de la familia y uno cualquiera de entre varios hermanos. Somos iguales que el resto de los fumadores, si fumamos, e igual de intolerantes que los exfumadores si dejamos de fumar. Somos indistinguibles en la multitud o irremplazables en la intimidad. Nuestro tamaño depende de quien nos ve: la taquillera del metro, el auditor de Hacienda, el primo que nunca nos visita, los amigos de los jueves, o alguna de las poquísimas personas que son capaces de recorrernos en pasitos menudos de bacteria.

June 14, 2008

Manual de Campo

Primero hay que obtener aprobación del Comité Universitario sobre Actividades que Involucran Sujetos Humanos, que sancionará si el proyecto observa las normas de ética y se apega a las leyes federales y universitarias para la protección de los derechos de las personas. Una vez que se contacta al informante, darle a firmar la hoja de Consentimiento Informado, donde se le garantiza que la investigación no involucra riesgos y que en todo momento se protegerá su confidencialidad mediante el uso de un pseudónimo. Eso respecto a los formalismos. Para las entrevistas, empieza uno por diseñar el cuestionario. Claro que, para entonces, debe uno saber qué es lo que está buscando: cláusulas relativas. Escribe entonces varias preguntas, calculando que por lo general un juego de 50 oraciones toma aproximadamente una hora. Hay que agregar en este caso particular las pausas que añade tener que calmar al hijo de dos años de la informante cuando reclama atención a gritos. Preparar la grabadora, para lo cual ya fueron descargados los archivos de la sesión anterior y transcritos los cuestionarios correspondientes. Ahora sí, probando probando. Empieza la sesión: "Cómo dices 'Juan vio al señor que aventó la piedra'?", etc. Escribir las respuestas cuidadosamente, agregar ciertas variaciones al vuelo, preguntar por juicios de gramaticalidad.

Al término de la sesión, puntualmente pagar el precio acordado por el valioso tiempo de la informante. Pasa la señora de las obleas. Tronando obleas nos quedamos platicando en la banca de la plaza, en una sobremesa callejera. Entonces ella me cuenta porqué no pudo dormir: el papá del niño, después de dos años de ausencia, anoche le mandó un mensaje. Un machito sin trabajo que tiene más de cinco hijos regados de Puácuaro a Morelia. Ella todavía lo quiere, me dice, y se le entrecorta la voz y se le mojan los ojos. Aunque no se lo digo, le agradezco la confianza de que me cuente parte su historia. Lo retribuyo contándole mi historia de amor más triste, pero tengo que exagerarla porque junto a la de ella, la mía suena a chiste de Pepito. Y termino con frases de aliento, de las que tanto odiaba oir cuando mis amigos o mi familia no sabían qué otra cosa decirme: "vas a encontrar a alguien más que sí valga la pena, ya verás". Le pongo mil ejemplos de historias con presente feliz. Ya sé que no me cree. Yo tampoco me las creo. Cuando nos acabamos las obleas nos despedimos y le deseo que esté mejor, por no saber qué otra cosa le podría decir.

El día que la conocí, no pensé que en algún momento y sin darnos cuenta cruzaríamos la borrosa línea que separa lo estrictamente profesional de lo meramente humano. Ni en el manual de campo ni en el código de ética vienen las instrucciones sobre qué hacer si el corazón se arruga como hoja de papel cuando llegan momentos como este.

June 13, 2008

Paciencia

Esta entradita tiene dedicatoria: es para Larisa, como todas las de este blog, pero más explícitamente


Éramos siete, y estábamos desperdigadas por todo el campo. Una le hablaba a los caballos, la otra veía fijamente el arroyito, la mano metida en el agua cristalina. La de más allá hablaba sola. Por allá junto a una roca quedó el frasquito con miel y los pocos pajaritos que no nos comimos. Yo veía atentamente las figuras el el caparazón de un insecto. La otra se cepillaba el pelo, cantando, y otra más caminaba despacito y observaba el paisaje, sonriente, con las manos entrelazadas en la espalda, como si el campo abierto de Tepoztlán fuera una sala de el Louvre. Y una de las siete simplemente no estaba.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que notáramos su falta. Cada quien estaba prestando atención a lo suyo, pero con lo poco que nos quedaba de cordura sabíamos que una desaparición era un mal sino. Así que dejamos nuestros respectivos quehaceres y nos dedicamos a buscarla: en el arroyo, tras los árboles. En la base de un árbol econtramos sus zapatos. Y luego su voz nos llamó desde la altura "¿No quieren venir a mi casita?". Volteamos a la copa del árbol y sentada en una rama altísima nos esperaba la muy flaca, moviendo las piernas en péndulos alternados, como hacen los niños cuando les cuelgan los pies de la silla. Su casita se veía frondosa y fresca, así que ahí vamos, intentando trepar el tronco musgoso. No podíamos subir más de medio metro: resbalábamos con la gracia de los borrachos que suben el palo encebado en las ferias de pueblo. "Quítense los zapatos", nos aconsejó a gritos. Nos sacamos las botitas, los tenis o lo que fuera, pero fue inútil, seguíamos resbalando con el cuerpo untado al tronco húmedo. Después de que todas lo intentamos varias veces y fracasamos, me convencí de que María Luisa sólo pudo haber subido a esa rama volando.

Ya unos años antes se nos había perdido una noche en Zipolite, cuando la buscamos recorriendo la playa de punta a punta varias veces y preguntando por ella en cada fogata, en cada campamento. Nuestra inusual capacidad de buscarla tanto tiempo sin cansarnos me hizo valorar la potencia de la cocaína. A la mañana siguiente ahí estaba de vuelta, como si nada hubiera pasado. Le pedimos nomás que para la otra que se quisiera desaparecer nos avisara y se hizo la ofendida.

Una vez pasamos la noche juntas otra vez las siete, pero esa vez aunque ella estaba allí no la vimos ni nos hizo reír ni nada. Cosa extraña, esa noche llorábamos a ratos, como en efecto dominó, porque bastaba que una empezara para que se les salieran las lágrimas a las demás. Luego hablábamos de otra cosa o incluso hablábamos de ella como si no pudiera oirnos. Otro día fuimos a la fiesta de su hija pero ella no estuvo. Yo no dejé de sentir que en cualquier momento saldría con las gelatinas o con más tostadas para el pozole ese tan bueno que hace su abuela. Que como en otras ocasiones, sólo era cuestión de paciencia. Ya unas semanas antes me había llamado Sergio una noche para decirme que María Luisa se había perdido, esta vez en serio y para siempre en el fondo de un barranco. Pero yo por supuesto sigo sin creerle.

Historias prestadas

La historia de mi abuelo me recuerda mucho a otra que no me atrevo a contar en detalle porque no es mía. Mi amiga Elena, que es de Ayutla, Oaxaca, creció con sus abuelitos. Cuando vino al DF sintió mucho su falta, así que se inscribió al programa "Adopta un abuelo", en el que la gente se comide a pasar los domingos en un asilo haciéndole compañía a algún viejito solitario. Durante un par de meses estuvo yendo cada semana a platicar con uno de los ancianos, a escucharlo y leerle cuentos. Un domingo llegó Elena a ver a su abuelo adoptivo pero ya no lo encontró. (Dice mi papá que eso es la muerte: llegar a visitar a tu amigo y no encontrarlo). En la puerta del asilo se dió Elena la media vuelta, con sus libros en una bolsa de plástico, los ojos húmedos y la tristeza atragantada como una bolita dura en la tráquea. Así me lo contó ella: "Sentí mucho coraje por haberme hecho de un dolor que pude haber evitado. Yo de mi parte no vuelvo a tener otro abuelo".

June 12, 2008

Memorias de un álbum sin recuerdos

La primera oportunidad llegó el día de la primavera, cuando podíamos escoger ir disfrazadas de bailarinas o de princesas. Por supuesto, no lo tuve que pensar dos veces: bailarina. Mi mamá entonces me hizo el vestidito, me compró las zapatillas. Y después de ese día, los miércoles por la tarde, cuando llegaban las amigas de mi mamá a tomar el café, yo me ponía el vestido y sacaba alguno de mis discos de una colección de música clásica que venía con la enciclopedia para niños que me había comprado mi papá en Aurrerá. Ponía a Tchaikovsky o Schubert o lo que fuera y me ponía a bailar para mi público conformado por tres o cuatro maestras de secundaria que lo que más querían era chismear entre ellas pero que por amabilidad soportaban y aplaudían mi espectáculo improvisado. Siempre, al terminar, una de las amigas, Amelia, le decía a mi mamá: "Deberías llevarla a tomar clases a Bellas Artes". La respuesta de mi mamá, cada miércoles era "Sí, la voy a llevar mañana mismo". Pero ese jueves nunca llegó.

Un día el vestido ya no me quedaba y tampoco me quedaban ganas de hacer el ridículo enfrente de nadie y nunca más volví a bailar ni la música que ponían en las kermeses de la escuela, que es la que llamamos hoy "música de los ochenta". En ese tiempo era simplemente música y cada vez que empezaba a sonar a mí me temblaban las piernas y corría a esconderme, o me iba con algún pretexto a hacer otra cosa. Cada vez que en las fiestas me obligaban a bailar me daban terribles crisis de angustia, y tan escandalosas, que quien se había atrevido a jalarme de mi silla me volvía a poner en mi lugar, espantado como quien se sacude un insecto ponzoñoso.

Algunas veces me he preguntado cómo hubiera sido mi vida si hubiera aprendido danza clásica desde pequeña. No sé si sería mejor o peor. Probablemente ni siquiera sería muy diferente. No veo por ejemplo que mi vida sea menos afortunada que las de mis amigas a las que sí llevaron a tomar clases al INBA. Pero anoche, entre la mudanza -porque nos estamos cambiando de casa- encontró mi hermana un álbum. Tiene la portada roja y dice "Ballet". Está dedicado para mí, es un regalo de Lulú. Se lo regalaron a mis papás cuando era yo muy niña, con la intención de que pusieran en él las fotos de mis presentaciones, ensayos, clases, pequeños recitales. Debería tener las fotos con el tutú amarillo, las del infaltable leotardo negro, el salto fuera de foco, algunas de magníficos arabescos, todas para este momento ya descoloridas. Ahí deberían estar las fotos de mi presentación en el auditorio del Seguro Social de Cuernavaca, donde debí haber bailado para mi mamá un diez de mayo en que ella no pudo ir. Pero en lugar de eso, el álbum está vacío, irremediablemente vacío. Las bolsitas de celofán sobre el plástico blanco no guardan nada más que el lamento de haber dejado pasar el tiempo sin llenarlas. Hay una foto mía de cuando tenía un año y las orejas enormes, y eso es todo. Algunos recortes que después metió mi hermana con fotos de ella y de su hijo. El hecho de que mis padres hayan ocultado ese álbum en blanco por tanto tiempo me hace sentir traicionada. Me lleno de una rabia roja como la pasta del álbum inútil, y quiero llorar porque puedo imaginarme claramente las fotos que no están, que nunca se tomaron, que nunca pudieron ser tomadas porque los momentos que les corresponden no existieron, porque no hubo tutú amarillo, ni saltos, ni arabescos, ni barra, ni recital ni nada. Quiero llorar de pura tristeza porque de tanto decir "mañana" ese día nunca llegó.

June 11, 2008

Mi abuelo

Esa vez nos llevaron a México por la misma carretera por la que una vez mi hermano nos había llevado a Reino Aventura. Sólo que este viaje no era de placer: mi abuelo estaba hospitalizado.

Mi abuelo tenía una hija que era enfermera en el hospital militar, así que ahí lo internaron. Yo nunca antes lo había visto, porque después de que se separó de mi abuela se fue a vivir a Hermosillo y tuvo otra familia. Las únicas veces que había oído hablar de él era cuando mi abuela sacaba a relucir sus rencores de más de treinta años de antiguo. Mi mamá raramente lo mencionaba.

Hacía frío en México, como le llamamos los guayabos a la Ciudad de México. Yo tenía un suéter blanco que me servía para poca cosa. Como en el hospital no podían entrar niños tuve que esperar afuera. Ya estaba yo acostumbrada a los accesos limitadísimos y la discriminación constante que implica ser niño. Mi mamá y mi tía estaban en el cuarto con él. A mí mientras me cuidó alguien, pero no recuerdo quién.

Cuando salieron mi mamá y mi tía, después de siete horas (no sé realmente cuánto tiempo pasó, he perdido muchos detalles, y de niño es uno malo para calcular el tiempo), mi mamá vino con una idea genial. "¿Quieres conocer a tu abuelito?" Ps, la verdad me daba igual, pero haría cualquier cosa con tal de desaburrirme. Entonces me contó su plan maestro: "Te metes por este pasillo, ahorita que no hay enfermeras, doblas en la pared a la derecha y entras por..." Insisto en que no recuerdo los detalles. Yo sólo sé que seguí las instrucciones.

Así llegué subrepticiamente y con el corazón latiéndome muy fuerte –del miedo, no de la emoción- al cuarto de mi abuelo: una cámara de hospital dividida con cortinas plegadas y donde tenía como vecino de cama a otro viejito al que no le puse mucha atención. Me quedé parada frente a él y mi abuelo me sonrió y me llamó con la mano. Tenía una expresión tan dulce que se me olvidó el miedo a las enfermeras y el hecho de haber entrado de autocontrabando. Le dije, como parte de las instrucciones que me había dado mi mamá: "Hola abuelito, soy Violeta". Él me vió desde el fondo de sus lentes de pasta y me preguntó si era yo la hija de Gloria. No importó que yo lo negara, que no supiera quién es Gloria, mi abuelito siguió hablando de gente que yo no conocía. Me presentó muy orgulloso con su vecino catatónico como "Margarita", y yo ya no quise contradecirlo. Al fin y al cabo ya sabía yo que los viejitos son necios y dicen incoherencias, porque así había sido mi bisabuela también. Así que yo nadamás contestaba preguntas simples y cuando no entendía asentía y nomás. En un momento que recuerdo prístinamente, mi abuelo saca del cajón de su mesita de luz un manojo de paletas Charms y yo escojo una de naranja. Me cayó bien el viejo, pero después de un ratito me despedí porque no tenía ganas de quedarme y ya quería ver a mi mamá. Los niños no están mucho tiempo a gusto con desconocidos, y después de todo, no porque fuera mi abuelo dejaba de ser un desconocido.

Salí como pude otra vez por el laberinto blanco y a la entrada del pasillo como a la salida de un túnel metafísico me esperaba la silueta aureolada de mi tía Julia. "¿Viste a tu abuelito?" Y les enseñé la paleta. Algo mencionaron sobre diabetes, que no entendí. Unos días después supimos que mi abuelo se recuperó, salió del hospital y se regresó a Hermosillo. No tuvimos contacto con él durante mucho tiempo.

Unos cuatro o cinco años después, mi mamá recibió la mala noticia por teléfono. Ese día estaba seria, pensativa. No lloró ni una lágrima, pero me confesó que estaba triste. Yo no entendía porqué habría de estar tan triste si finalmente nunca había vivido con él y a decir de mi abuela, mi abuelo había tenido más defectos que virtudes. "No deja de ser mi papá", dijo categórica. Yo no sabía cómo consolar a mi mamá, porque aunque no veía que llorara -condición sinequanon del sufrimiento para un niño-, sí entendía lo que es querer uno a su padre. En un intento de empatía, quise mencionar los recuerdos bonitos que tenía de mi abuelo. Eran pocos -qué tanto podría quedar de esos diez minutos- pero vaya, inolvidables: la paletita de naranja, su sonrisa, su pelo blanco, blanco, en lo poco que le quedaba de cabellera. Sus lentes de pasta muy gruesos, muy negros: "¿Lentes? Mi papá nunca usó lentes. Si de algo siempre presumió fue de su vista".

De nada me valió discutir. Ella lo conocía mejor que yo y sabía de lo que hablaba: su papá no sólo tenía vista veinte-veinte, sino que nunca perdió la razón ni la memoria, y calvo tampoco era. Yo de cualquier manera me aferré al recuerdo de la persona equivocada y decidí nunca olvidar la imagen del viejo de las Charms. Después de todo, no porque fuera un desconocido dejaba de ser mi abuelo.

June 10, 2008

Temporada de hongos

Dice Enrique que hay dos temporadas de lluvias: una donde llueve fuerte una vez al día y otra donde llueve quedito sin parar durante semanas. A él le gusta más la primera, y yo coincido. Pero hoy estamos en la segunda.

No está mal, tampoco. Me recuerda cuando mi hermano Virgilio nos llevaba de paseo al campo. Una vez nos enseñó una cascada por Mil Cumbres, que se llamaba, o él llamaba, "El Abanico". Había que bajar una ladera empinada para llegar, resbalándonos entre el lodo rojizo, chapoteando en arroyitos, siguiendo el rumor del agua que se oía cada vez más cercano. A Virgilio se le ocurrió organizar un concurso de "a ver quién encuentra el hongo más grande". Y es que había hongos de todos colores y tamaños. Por supuesto, el concurso lo ganó él con un hongo que medía como cuarenta centímetros de alto. Nunca he visto uno más grande.

De regreso en la carretera un niño chapeado con una cubeta azul nos ofreció unos hongos amarillos y otros rojos, del color de sus mejillas. Mi abuela, que era una experta en esas criaturas de la sierra -los hongos, no los niños-, determinó que era imperdonable no comprarlos, pues se trataba de los míticos "pata de gallo" y guisados hacían un platillo de dioses. Tenían forma de coral y color de esponja.

Tenía razón mi abuela. Los pata de gallo los guisaron dos señoras que tenían una cocina de leña y se la pasaban peleando. Nosotros las veíamos discutir mientras esperábamos la comida y tomábamos café de olla al calor de su fogoncito. Hacía frío, teníamos los pantalones y las botitas enlodados. Desde la ventana veíamos la niebla envolviendo las montañas. Era uno de esos días en que no paraba de llover.

June 09, 2008

Blog de campo

Me levanto a las siete. Me doy un baño muy caliente. Me salgo a la plaza en el día nubladito, los adoquines están mojados. Los empedrados brillan. Me pido un café con leche mientras leo mi libro sobre frases nominales, al mismo tiempo que escucho la conversación de la mesa de al lado con el oído izquierdo porque en el derecho tengo un audífono de mi ipod verde de una sola canción. La canción es "Sleep to dream her" y me exaspera la banda de policía que toca los honores a la bandera porque no me deja ni escuchar la conversación ni oír la música, ni leer mi libro.

Así empieza el día en Pátzcuaro. Luego, regresar al hotel, comer una frutita, preparar cuestionarios, transcribir grabaciones y de nuevo tomo la combi y viajo una hora y media para ver a Micaela que es una santa y a su hijo Irépani que es un demonio poseído por un demonio todavía peor. Pero mi tolerancia a los niños se ha incrementado con la edad, y hasta me cae bien el escuincle. Lo dejo que aviente mi grabadora y todo. Micaela es la mejor informante que pude haber encontrado, nadie entiende mejor una pregunta, nadie es más clara en sus juicios.

En la combi de regreso escucho durante otra hora la misma canción. A las siete y algo salgo al mercado a comer una cosa. Un platillo nuevo cada día. Ayer fue tamal de carne, anteayer pozole batido y hoy uchepos con crema. Para el que no sabe qué son los uchepos, doña Toñita, que los vende, tiene una explicación en un cartel en su carrito. Pero hay que venir a Pátzcuaro a leerlo. El atole ha sido de guayaba y de tamarindo.

Hoy caminé de regreso al hotel y el sabor de los uchepos todavía me hacía sonreír. La noche era de un azul intenso con farolitos. El aire mojadito pero ligero. El frío más amable que he conocido. Yo como nací en un país católico, cuando soy así de feliz me siento culpable.

June 08, 2008

Todos los días cumplo años

Todos los días cumplo años, años de algo: del día en que perdí mi primer diente, del día en que me dejaron plantada en el cine Las Palmas, el día que me fumé mi primer cigarro en el estadio Centenario, el día en que me fumé el segundo seis años después y así sucesivamente. Hoy bien puede ser el aniversario de la primera vez que probé el helado de mamey. O de un hecho menos trascendente: mi primer embarazo.

Antes guardaba en una caja el boleto del autobús a Tepoztlán de aquella vez que fui con Pablo a visitar a Valentín, el ticket de Sanborns del día que me tomé un café con Fernando y luego vimos los ecualiptos sacudirse con el viento desde la terraza, la envoltura de la cocada que me regaló mi amigo secreto en diciembre de 1989... Un día los tiré todos porque eran tantos fetiches que no recordaba con qué motivo los había guardado. En cuanto fueron muchos dejaron de tener sentido, porque cada día no puede ser especial. Mi mamá tiene una caja parecida, pero con fotos, porque las imágenes se aferran más a la memoria que los simples papelitos. Una vez encontré una en blanco y negro de una niña en pantalones de mezclilla que no sabía que de grande iba a ser alcohólica. Iba de la mano de su papá caminando en una gruta. Decía "Recuerdo de Cacahuamilpa". Es del 8 de junio de 1984. Pero yo no recuerdo nada.

May 07, 2008

La mosca de las siete

En Cuernavaca no se puede dormir pasadas las siete de la mañana porque hay una mosca puntualita (que no sé si varía con la ocasión), que empieza a zumbarle a uno las alas cerca de la cara y no descansa hasta lograr su cometido: que después de varios intentos inútiles de cubrirse entero con las sábanas, salte uno, enojado, resignado y refunfuñando, a empezar el día a la fuerza y de mal humor. Cómo odio a esa mosca. Encabeza mi lista de razones para no volver.

Pero eso porque en Manhattan no había nada parecido. Hasta que empezó la primavera. Y con ella, empezaron a cantar los pajaritos bien temprano. Aquí quiero aclarar que yo soy persona del alba e hija del lechero, que no suelo dormir después de que despunta el sol, pero en los últimos meses causas ajenas a mi voluntad me han mantenido en la cama más tiempo del que yo quisiera. Empiezo a pensar que una de esas causas ajenas a mi voluntad es justamente el canto de uno de esos pajaritos. Es indescriptible, es el canto más deprimente que pueda emitir un ser vivo. Junto a su silbido, el ruido del camión de la basura suena a algarabía de carnaval y los quejidos de las palomas causan gracia. El de este pájaro es un canto agudo, descendiente, largo, repetitivo, angustioso, capaz de sacar de la cama a cualquiera con ganas de no oirlo más, o si uno se deja, capaz de hacerlo permanecer en cama durante semanas pensando que no hay razón para levantarse. Es el pájaro que podría haber vuelto loco a Ulises. Es un canto que da miedo de tan triste.

May 06, 2008

Nuevo tratado de la tristeza y los líquidos

Estos días tengo el ego líquido, desparramado. Me cuesta trabajo contenerlo, ponerlo en su lugar, definirle los límites. Creo que esos límites son la clave y la etimología de la palabra "estar contento". Finalmente uno está contento cuando está contenido, que es decir lo mismo porque los dos son participios de 'contener'. Y uno está contenido cuando se contiene, cuando no vive más allá de sí mismo, ni en el deseo ni en la nostalgia, ni vive la vida de los otros ni se mete donde no lo llaman. Pero yo no puedo, me rindo. Yo no sé por ejemplo, dónde empiezo yo y dónde termina Isala. A veces estoy en mi casa y tengo frío sólo de pensar en el frío de la calle, porque no sé bien si estoy afuera o estoy adentro. El otro día leí en algún lugar que la empatía es una bendición y una maldición al mismo tiempo.

Esta ciudad es una ciudad tristísima. Y el mundo es un lugar tristísimo mientras contenga una ciudad así. Esta ciudad es una mancha en el corazón, y no desaparece aunque me vaya. Yo me voy, y aquí se queda Isala. Yo me voy, pero me quedo.

April 30, 2008

con la lengua color miguelito

Hoy es el día que comemos sobras de la piñata de nuestros sobrinos (o hijos, según sea el caso), vemos qué hacemos con el betún que embarraron por todos lados y tenemos además la obligación de aguantarles sus leperadas porque si mal no recuerdo, hoy es el día de la mocosa y del mocoso, de la chamaca y del chamaco, del que todos tenemos dentro y de los que todos padecemos fuera. No todos somos niños, ni todos quisiéramos serlo, la verdad. Ya lo había sentenciado mi papá en aquella sabia máxima: "El peor enemigo del hombre es el niño".

Mañana en cambio es el día del adulto, porque uno deja de ser niño cuando empieza a vivir de su trabajo. Y puede ser que hasta nos importe.

Y si algún día tuvo nombre, ya lo debe haber olvidado

No podría decir que es mi vecina, porque no tiene casa, es más bien como si la vida la tuviera de rehén en algún lugar en este barrio: en la puerta del supercito, en la entrada del cajero automático.

No sé a dónde se mete cuando llueve. Casi siempre está sentada en un cajón, con las piernas envueltas en una cobija y dibujando. O leyendo. Es joven.

La veo con la curiosidad y el morbo que nos despiertan los vagabundos: repulsión y compasión, una cierta envidia (ESO es mandar el mundo a la mierda, no las mentadas de madre sin destinatario que yo profiero cada día), miedo e incluso una cierta atracción física, porque es guapa.

Es lo más parecido a la muerte que yo conozca. Me la recuerda mucho, porque aunque yo nunca me he muerto, cuando la veo y cuando pienso en mi propia muerte siento la misma tristeza.

Quisiera tomarle fotos o acariciarla o traerla a mi casa y hacerla mi amiga, o escucharla hablar, aunque no sé siquiera si tenga voz. Creo que me atrae por inalcanzable, porque vive en un pozo profundo, profundo.

El otro día me volteó a ver por primera vez. Y me clavó la mirada insistentemente. Yo me agarré de la mano de Alejandro porque sentía que me guiñaba la muerte. Y yo quería guiñarla también.

Hoy la ví en la mañana muy temprano en una esquina donde nunca la había encontrado antes, despertando entre cobijas y el aliento tibio de un hombre igual de abandonado y sucio que ella. Era una escena conmovedora y violenta. Conmovedora porque pareciera que nuestra propia naturaleza nos lleva a buscar la compañía de alguien igual de solitario. Violenta porque la violencia es lo contrario de la voluntad y yo estoy segura de que ella no tiene voluntad de nada. El hombre la tocaba pero ella estaba viendo hacia el vacío con los ojos vidriosos y perdidos. Me movió de ternura y celos.

Me gusta porque es un espantajo, un pedazo de estopa sucia, un bulto entre cartones, una pérdida de tiempo, una espera permanente, es el estado más puro de la vida urbana, despojado de todo, excepto su absoluta, su flagrante, su brutal humanidad.

April 26, 2008

Porqué la UNAM no es "Top"

Ayer pensé, y no pensé cuando escribí el post sobre MWU, que una diferencia muy grande entre MWU y, por ejemplo, la UNAM, es que la UNAM está a años luz de entrar en la lista de las "Top 10 del mundo": Top 10 en índice de suicidios...

April 24, 2008

"I never thought that you'd lose that light in your eyes"

Últimamente viajo mucho. Salgo poco de mi casa, pero viajo y viajo. El otro día bajé unas canciones de Division Bell y ahi vas de vuelta a visitar 1994, mis primeros días en la ENAH, mi amiga Esther, mi primera compañía en el chilango, chaparrita, chiapaneca y gran amiga, a quien vi por última vez en un puente peatonal y me dejó con el saludo en la boca porque no se acordaba de mí. En el lugar a donde volví estaba el lagartijero de la ENAH en primavera en primer plano. Mi vida en el 94 es un lugar extrañísimo: viajo de aventón todos los días, de México a Cuernavaca, paseo por el mercado de Sonora yo sola y mi alma, sigo una estricta dieta vegetariana, y defiendo pasionalmente la ideología del renacimiento mexica. Quizá el lugar más distante del mundo es aquel donde están las cosas que algún día hicimos y que ahora ni presos de la más fiera demencia volveríamos a hacer.

"Volver a los diecisiete después de vivir un siglo", así de poderoso es oír un disco viejo. Aunque Pink Floyd no tenga nada que ver con Violeta Parra.

April 17, 2008

El Académico Rey y el Rey del Barrio

Ayer hablábamos con Alex de la importancia de estudiar en MWU, que es, siglas más, siglas menos, la universidad donde estudio. "No es lo mismo que estudiar en NTU o en PYU (como sea que se llamen otras universidades)", dice él, porque "MWU es Top Five in the country" (Top Five de qué?, me pregunto yo, quién hace esos ratings?). "Porque en MWU está Geoffrey Stunt y Petra Fraasen" continúa él (nombres más, nombres menos: como nunca en este blog, todos los nombres han sido cambiados), "que son famosísimos, en cambio, quién, a ver quién enseña en PYU o en NTU?"

Tiene razón. Me quedo pensando. Sin duda MWU es una de las cinco universidades más importantes del país (de "este país", como le llaman los gringos a su país). Y no se diga de la Costa Este. Innegablemente es la universidad más importante del-ba-rrio. "Y eso en México sabes a quién le importa?", le pregunto. "A nadie", le contesto. Allá nadie sabe quién es Petra Fraasen y Geoffrey Stunt y Hugh G. Dick y quien sea que los haya parido. Hijos de vecino, son, como somos todos. El rey del barrio indudablemente depende del barrio en el que uno esté.

Porque usted lo pidió

Dado que mi público, que es Larisa, lo reclama, y que yo me debo a mi público, que es Larisa, hoy decidí salir del modo de ahorro de energía para escribir más un post. La verdad es que no había tenido mucho que escribir porque estos días la vida, la que se vive, está en retirada. En su lugar me dejó una lista de tareas que hacer cada día, a cuál más fastidiosa.

La hora excitante es la hora de dormir. Eso sí me gusta: embarcarme en mi cama mullidita y entrar en tregua hasta el día siguiente. Durante esas ocho o nueve horas de calma, pasan por mi ventana caballos con jinetes que flotan en el aire, Faba me habla por teléfono, me agarro a besos a mi colega Mike, y nado en un laguito sucio. Lucero y Maribel me visitan. Maribel usa un abriguito color púrpura con plumas que me hace reír mucho. Y las fotos son siempre pequeños videitos, se mueven.

Luego el día despunta, amanezco con una sonrisa en la boca que se desdibuja no bien despierto y me doy cuenta de que ahí está la realidad otra vez, con su "to-do list" sin tachar, la vida que se sobrevive.

"No hay luz al final del túnel", le digo. Y cínica me responde: "Pues no veas el túnel. Mira para otro lado".

April 10, 2008

Playlist de una sola canción


Me enamoré por primera vez a los catorce años y a partir de entonces cada cuatro o cinco meses de una persona diferente, la mayoría de las cuales jamás se han dado por enteradas. Una vez me enamoré de una bióloga que me dio aventón y a la que nunca logré siquiera verle la cara (iba yo sentada en el asiento de atrás), pero me quedé obsesionada con su chamarra de cuero desteñida y su lucidísimo sentido del humor. No sé cómo, pero até cabos, hice conexiones y conseguí su teléfono. Cuando una voz de mujer sin acento argentino contestó del otro lado de la línea, usé el gastado recurso de los cobardes y colgué. Nunca más volví a saber de ella.

Me he enamorado tantas veces que no recuerdo los nombres ni las causas en la mayoría de las ocasiones. Me he enamorado en persona, por internet, por tele y hasta por teléfono. Una vez me enamoré de un policía antinarcóticos. Otra vez me enamoré de un payaso con todo y maquillaje.

Cuando estaba chica escuchábamos música en discos de vinil y en algún momento la aguja empezaba a saltar y seguía dando vueltas por el mismo surco indefinidamente hasta que alguien se animaba a moverla de lugar. Pasaba a menudo con las canciones que escuchábamos más, que era la parte del disco más propensa a rayarse. Para mí que eso es el enamoramiento: un patrón de pensamiento obsesivo, un darle vuelta y vuelta a la misma idea, a la imagen parcial y unidimensional que tenemos de alguien. (Por supuesto no estoy hablando del amor, sino del mero enamoramiento. Del amor no tengo ninguna opinión, ni lo vivo tan a menudo).

La obsesión asociada al enamoramiento va en consonancia con mi afán de ponerle soundtrack a cada historia que me invento. Cada persona de mi lista de amores posibles e imposibles lleva asociada una única canción que oigo una y otra y otra vez durante un cierto tiempo. Creo que me desenamoro el día que la canción llega a hartarme de tanto que la he escuchado. Podría hacer una lista de las más sonadas en mi ipod, que van desde Leonard Cohen hasta Franco de Vita (si eso se acepta como los dos extremos de un posible rango), pero no tengo la suficiente cara dura para afrontar algo tan digno de cábula. Lo que sí es que la semana pasada estuvo sonando quinientas veces Romeo and Juliet de Dire Straits. Esta semana alguien me hizo favor de darle un golpecito a la aguja y ahora tengo el ipod en shuffle.

April 04, 2008

Buenos Días Tokio; Buenas Noches, Mimí


Mi hermano tiene dos días aquí. Mañana nos vamos a ver para desayunar. Estamos quedando de acuerdo por teléfono y le digo "Bueno, entonces mañana llego a tu hotel a las ocho".
-"A las ocho, o sea a las seis?" me dice.
-"Como que a las seis? No, a las ocho, o sea a las ocho" le digo yo.
-"Por eso, a las seis hora de Cuernavaca".
En ese momento me vienen a la mente los relojes de los aeropuertos y los centros de negocios, cada uno con su correspondiente letrero: Tokio, New York, London, Cuernavaca.
-"Pues qué no has cambiado tu reloj?" le pregunto.
-"No, yo no cambio ni madres, nos vemos a las seis acá. Click" cuelga.
El caso es que mañana tengo que estar ya no sé si a las seis en midtown o a las ocho en Los Arcos, posiblemente para ir a desayunar -o bien a cenar, dependiendo de la hora.

A todo esto, Mimí es una cuñada que tenía un novio reportero. El título de la entrada es un extracto de la vida real "como lo vio usted en tv", según me cuenta mi sobrino.

April 03, 2008

Time management: 8 consejos para alargar el tiempo

Todos sabemos que el tiempo es relativo. No sabemos porqué, ni sabemos qué es el tiempo, pero sabemos que es relativo, que depende. Tampoco sabemos de qué depende.

Para aquellos que creen y se repiten mantras como que están cortos de tiempo, que la vida es breve, que el tiempo se va como agua, que el tiempo no alcanza y que time is money, aquí van algunos consejos efectivos para que el tiempo se alargue. Garantizado que cada minuto multiplicará hasta diez veces su duración:

a) Poner agua a hervir y mirar atentamente la olla en espera del momento de ebullición. La versión más efectiva es mirar fijamente la mucca y destaparla intermitentemente para ver si ya sale el café.
b) Formarse en la fila para comprar el boleto del autobús que está por salir. Este es especialmente interesante porque inversamente al tiempo que le toma al pasajero de adelante comprar su boleto, el tiempo que falta para que salga el autobús corre increíblemente rápido.
c) Entrar a sacar dinero del cajero automático cuando se tienen ganas de orinar.
d) Subirse en una caminadora durante cuarenta minutos y fijar la vista en el cronómetro. (Pensándolo bien, ni siquiera es necesario ver el cronómetro).
e) Pedir aventón.
f) Esperar solo en una mesa a que nuestro único acompañante regrese del baño, o termine su conversación en el celular.
g) Gastarse todo el dinero de la quincena los primeros días de la quincena.
h) Quedarse de ver, en dos meses, en otro país, con alguien a quien tenga uno muchas ganas de ver.

La inmortalidad por un minuto

Ayer recibí un correo de un amigo mío, que antes de ser mi amigo fue mi alumno en la ENAH, y al mismo tiempo, pero otros días, mi compañero de clase, y por pocas cuadras mi vecino en Coyoacán y compañero de pesero los miércoles a las dos. Usualmente también esos días compartíamos la mesa a la hora de la comida. Luego desapareció y cuando reapareció yo ya me había largado del barrio.

Después de mucho tiempo de no verlo, recibir su correo ayer me llenó de gusto. En pocas palabras, decía algo así como "...estaba pensando en Borges y en la Lógica, y me acordé de tí, y casualmente en ese momento Rasheny me habla para decirme que estaba leyendo algo tuyo...".

Me latió el corazón fuertísimo. Dos colegas leyendo algo que yo había escrito. Me imaginé inmediatamente que el artículo de Elementos de Polaridad Negativa que escribí con el Txuss y que por supuesto nunca pubicamos, finalmente había alcanzado su merecida fama. O sería que ya la armé como el primer hit de las búsquedas de "subjuntivo español" en google? Creo que hasta imaginé mi nombre en la sección de Ciencia de la Jornada. Volé. Pero el mail continuaba: "...en tu blog y hasta ví unas fotos..."

Mi ego momentáneamente inflado bajó a la tierra de golpe. Claro, el blog. Ja. Ya decía yo que la fama académica no llega sola. Y hasta creo que me sonrojé un poco. La sensación de globo reventado fue suplantada suavemente por otra mucho más dulce: son hermosos los reencuentros, es lindo tener noticias buenas aunque no sean noticias: "todo es como las otras noches que ya he vivido: lucecitas, perros, marihuana, lingüística, barba... sentado con la guitarra..". Y es mucho, mucho más importante pasar de vez en cuando por la mente de un amigo que estar permanentemente citado en el artículo de un desconocido. Me acordé de Porchia: "porque estar acompañado no es estar con alguien, sino estar en alguien"...

April 01, 2008

Pastillas para no soñar

Me acordé de Sabina porque dice el médico que necesito unas pastillas. La medicina la necesitan los enfermos, pienso yo. Pues he de estar enferma, pienso otra vez yo. Al parecer la enfermedad consiste en que unos días la vida es linda, otros días la vida es equis y otros días la vida es una cortina pesada de hierro que se cierra y me deja a oscuras por un rato. O sea, la enfermedad consiste en que la vida tiene tonos y no es monocromática y a veces la amamos con rabia y con botitas, como dice Larisa, y a veces la amamos con dulzura; que algunas veces queremos conquistar el mundo mietras nos fumamos un paquete de cigarros al hilo y otras veces el mundo nos conquista y nos cae encima con todo su peso y no nos podemos levantar. Que al parecer la enfermedad se llama "estar vivo", y necesita uno tomarse la pastillita, no en ayunas, porque es fuerte para el estómago. La pastilla es para vivir normal, porque vivir así es vivir enfermo, dice el médico.

March 31, 2008

Mejor vamos a hablar del clima

Cuando Rodrigo se vino a vivir pal norte y hablábamos por teléfono durante horas, me acuerdo que uno de sus temas más recurrentes era el clima. Y lo medía en grados farenheit como si yo supiera hacer la conversión, y cuando me daba flojera o me daba pena preguntar "¿esos cuántos son?" simplemente contestaba "no, pus ha de estar cañón".

Siempre me intrigó porqué Rodrigo, de ser una de las personas con más cosas interesantes que platicar que yo conozco (porque sabe un montón de detalles dignos de la revista de Carl Sagan, porque sabe un montón de lingüística y porque, como a todos, le encanta el chisme), pasó a ser uno más de los eternos conversadores sobre clima. Después entendí que en su caso estaba plenamente justificado porque aislado en las montañas como estaba, su vida se volcó completamente hacia el esquí y el snowboard.

Hace más de un año que esa misma tendencia de hablar monotemáticamente sobre el clima (ni siquiera sobre el calentaiento global: nomás sobre el clima) se ha manifestado en mí. No que haya sido yo antes muy versada en temas (sólo me gusta el chisme), pero ahora no puedo evitar que mis conversaciones con la gente del otro lado del muro sean cosas como "Hoy está/no está nublado", "Hace calor: 8 grados" (yo sigo usando celsius), "Hay un arbolito con hojas verdes en mi barrio". Pobres de mis papás, de mis amigos, que han de pensar que los quiero matar de aburrimiento o que me hicieron una lobotomía. Y yo no tengo excusa: no esquío.

Pero bien visto, tiene sentido. Es una cultura que de por sí no es moralmente afecta al chisme, y conviviendo con personas que mis amigos no conocen, no puedo hablar de los más recientes acontecimientos en mi esfera social (y siendo ésta básicamente una esfera social conformada por ocho ñoños y seis profes, se hace menos interesante aún). Los acontecimientos políticos son totalmente predecibles (pierda o gane Obama), y la lingüística dura es aburrida y a nadie le interesa saber que lambdapelambdaequis-siysolosieltrenatropelloalperrito.

Tiene razón Larisa. O me vuelvo amante del arte o me resignaré a no tener otra cosa que decir más que: "otra vez tres grados y se siente como cero, y nublado, con vientos de 56km por hora. Con qué ánimos salir a correr?"

March 30, 2008

Hoy no me puedo levantar

No sé qué me pasa este domingo pero tengo menos energía que Nacho Cano cuando se inspiró para escribir esa famosa canción que es el himno a la cruda. No tengo cruda -ni lo quiera Dios- pero está la cosa que no me he podido levantar de la cama más que para ir a la cocina y al baño. Es la edad o ve tú a saber, pero vivir cinco días a la semana me desgasta por el resto de la vida...

March 29, 2008

El Andrógino de Aristófanes


Decía Platón que decía Aristófanes que los Andróginos eran seres con dos pares de brazos y dos pares de piernas, que fueron partidos a la mitad por Zeus luego de que cometieron la tontería de desafiar a los dioses (y que después de eso buscan su mitad, etc., y que ese es el origen del amor, etc., y lo que ya sabemos y que no es verdad).

Y nunca dijo Aristófanes ni dijo Platón, pero yo siempre me imaginé -desde la primera vez que leí El Banquete-, que estos seres eran verde y rosa, esféricos y adornados con motitas blancas. Quizás porque la idea de que tuvieran cuatro brazos y cuatro piernas y fueran hombre y mujer al mismo tiempo traía una asociación directa con mi concepción de "marciano", forjada con la poca imaginación que me pudo haber dejado el haber visto de niña tantas caricaturas. O será porque queda muy claro en El Banquete que Aristófanes era un payaso, y uno asocia imágenes ridículas con la idea de un payaso.

Como la primavera no llega ni llegará, fui a buscarla cual hizo Mahoma con la montaña. Y en el jardín botánico encontré esta planta, que se negó a revelar su nombre, pero para mí tenía exactamente la forma del Andrógino: verde, rosa, con motitas -aunque no es esférica-. Cada hoja tiene la forma de una mitad de hoja, y crece al lado de otra junto a la cual se puede ver como una hoja completa. Como sucede con los humanos, también, hay algunas que crecen sin compañera, y se ven simplemente como media hojita. Su hermosura consiste en estar completas en sí mismas, a pesar de que parezca que les falta una mitad.

March 18, 2008

Anatomía de la tristeza

Voy a sucumbir al lugar común de escribir sobre la nostalgia, por esta tendencia muy humana y muy absurda -perdón por la redundancia- de buscar la razón de lo que somos en lo que ya no tenemos.

Porque lo que uno extraña es un hueco en el esternón -dos dedos más arriba del lugar donde los griegos localizaban el alma- relleno de fibra de vidrio. Como una falsa piedra, como un tumor sintético. En el hueco estaría lo que no tengo: un jardín, dieciséis años, el impulso de salirme a mojar cuando está lloviendo y confianza, sobre todo, en todo, en todos, en el futuro y en mí. Quince años después, los suplanta esta prótesis rugosa e inflexible, una sensación permanente de domingo por la tarde -la peor de las cárceles: la duda- y el instinto de refugiarse del viento y del frío: caminar encorvado, dormir hecho bolita.

Nada mejor me espera. El tiempo me ha convertido en una tortuga que lleva el caparazón por dentro, duro, pero inútil.